OPINIÓN: ¿Qué debemos asumir cuando hablamos del concepto de paz?

Latinoamérica y México, en particular, están acumulando una desproporcional participación en la violencia mundial.
Violencia del narco ha hecho de México el segundo país más mortífero del mundo
Juan Francisco Torres Landa

Nota del editor: Juan Francisco Torres Landa R. es Secretario General de México Unido Contra la Delincuencia. Síguelo en Twitter en @JuanFTorresLand. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(Expansión) – ¿Qué es la paz? ¿Qué debemos asumir cuando hablamos del concepto de paz hoy día? Partamos de una primera aseveración. Estamos muy lejos de encontrarnos en una situación que siquiera se parezca a la paz.

De hecho, estamos en un deshonroso segundo lugar a nivel mundial en materia de violencia conforme a un estudio, recientemente, publicado en Londres y que nos coloca solamente por debajo de Siria, y en peores condiciones que Afganistán e Irak.

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Eso que parece una exageración en realidad se convierte en una fuerte mirada al espejo y llamada de atención. En ese sentido, eventos como los vistos recientemente en Palmarito son un recordatorio puntual del tamaño del problema de violencia que enfrentamos. Y como ése hay muchos más que nos pintan de cuerpo entero, y no me refiero nada más a temas de delincuencia organizada y fuerzas armadas.

Más allá de dichas referencias que pueden pasar como hechos mediáticos, a mí me gustaría destacar precisamente que algo que no podemos seguir haciendo es asumir que lo que estamos viviendo en el país en materia de violencia es algo normal o con lo que debemos convivir cotidianamente. Nada de eso. Esta situación lacera es inaceptable.

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Latinoamérica y México, en particular, están acumulando una desproporcional participación en la violencia mundial. Las cifras no mienten. Algunos datos que figuran en un estudio, recientemente publicado por el Instituto Igarapé, son clave para entender las implicaciones y severidad del problema:

1. Cada 15 minutos ocurren 4 homicidios en Latinoamérica y así se acumulan sobre 400 al día.

2. Cada año mueren por violencia más de 144,000 personas y desde 2000 han perecido 2.6 millones de habitantes.

3. La tasa regional de homicidios, que actualmente está en 21 por cada 100K habitantes, puede crecer hasta 35 en 2030, lo que sería 7 veces más que el promedio mundial.

4. Siete países del área acumulan 34% de todas las muertes por violencia: Brasil, Colombia, El Salvador, Guatemala, Honduras, México y Venezuela.

5. La violencia está focalizada regionalmente: poco más de 120 ciudades latinoamericanas registran un promedio mayor a 25 muertes por cada 100K habitantes. Varias de esas ciudades están en México.

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6. El 90% de todas las víctimas de la violencia corresponde a hombres jóvenes, a los cuales no estamos ofreciendo oportunidades reales de llevar una vida plena y productiva.

7. Para la población en general y para los jóvenes en particular, las carencias de educación y trabajo dignos han tenido un impacto directo en el incremento de los niveles de violencia. La inmovilidad social es un padecimiento real y cruel.

8. La violencia contra las mujeres es igualmente muy grave. Cada día mueren en la región 12 mujeres por el simple hecho de ser mujeres.

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9. Los niveles de impunidad dan como resultado que prácticamente no se investiguen, resuelvan y sancionen más del 80/90% de los delitos, en particular homicidios, lo cual funciona como el perfecto alimento de repetición de las conductas depredadoras de la paz.

10. Los niveles de confianza en las instituciones van en picada libre, contando policías y jueces con aprobaciones menores al 30%.

11. Un 41% de todos los homicidios se comete con armas de fuego en el mundo; en Latinoamérica, ese porcentaje se va a 59%, y en Centroamérica a 73%.

12. Ciertamente ha habido un incremento en las actividades de cárteles y pandillas, pero lo más grave es que se ha dado un fenómeno de generalización de la violencia aún en la convivencia diaria, incluso en la más elemental esfera familiar.

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13. En este sentido, el Estado no solamente no ha sido un factor de contención o de pacificación, sino que ha jugado un papel relevante en el incremento de los niveles de violencia, si tomamos en cuenta las políticas de mano dura, incrementos de sanciones penales sin procesos transparentes y la militarización en la seguridad pública.

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14. Además de todo lo anterior, hay que decir y enfatizar que la violencia cuesta. El BID estima que la violencia y el crimen le cuestan a América Latina el 3.55% del PIB que se genera en la región.

15. La situación del sistema penitenciario nacional es simplemente explosiva y descorazonador. Tenemos niveles de hacinamiento de hasta casi 200%, esquemas de auto gobierno y centros operativos de delincuencia organizada desde su interior que demuestran el nulo control de las autoridades, y una nula capacidad de promover reinserción alguna.

16. Agreguemos a estos rubros la corrupción que invade todas las tareas públicas y privadas y la receta es desastrosa. Los niveles de abusos por parte de miembros de los tres poderes de la unión son visibles y ofensivos.

Los ejemplos han sido tan irracionales que finalmente se rompió el dique y algunos están, finalmente, siendo objeto de alguna investigación, pero poco se puede hacer cuando el mal ejemplo viene desde la cúspide de la pirámide.

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Ante esa dimensión de problemas, las preguntas se agolpan respecto a lo que tenemos que hacer para encontrar una ruta de salida que permita por un lado evitar seguir en esa debacle y destrucción, y que por el otro realmente se pueda presentar y concretar una expectativa de solución.

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Somos responsables, a nuestra escala y en nuestras posibilidades, de lo que pasa en la sociedad en la que nos desenvolvemos; por ello, es clave procurar cambiar el destino al que actualmente estamos dirigidos, y con el que no podemos coincidir porque es visiblemente contrario al de una comunidad sana.

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