OPINIÓN: Mi papá no era un personaje de un programa de televisión

En los años 70 y 80, la era dorada de las comedias de situación estadounidenses, parecía que las disputas familiares se discutían como si los padres fueran psiquiatras infantiles capacitados.
Memorias de un escritor  Ron Drucker era un hombre sensible y apasionado. Aunque no gritara, su estruendosa voz de barítono transmitía tal autoridad.  (Foto: David Drucker / Cortesía)
David M. Drucker

Nota del editor: David M. Drucker es corresponsal sénior de política del Washington Examiner y analista político de CNN. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — Las décadas de 1970 y 1980 fueron mis años formativos en los suburbios de Los Ángeles, California, y la era dorada de las comedias de situación de las televisoras estadounidenses.

En el mundo de la televisión, las disputas familiares (es decir, cuando los niños se portaban mal) se discutían racionalmente y se resolvían con amor, como si los padres fueran psiquiatras infantiles capacitados (hablo de usted, señor Keaton).

Pero en mi casa no era así.

Mi padre fue hijo de inmigrantes, nació en Chicago en 1933 y más tarde sirvió en el Ejército de Estados Unidos durante la guerra de Corea. Gritaba… y mucho.

Ron Drucker era un hombre sensible y apasionado. Aunque no gritara, su estruendosa voz de barítono transmitía tal autoridad que para mí, bien podía estar gritando.

No era fácil vivir con él, por decir lo menos. Yo no estaba de acuerdo con todo lo que hacía, ni me gustaba todo lo que hacía, así que nuestra relación podía ser contenciosa. Eso significa que conforme me hacía adulto, cuando él gritaba, yo también.

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Sin embargo, mi padre llevó una vida íntegra.

Me enseñó a valerme por mí mismo, me enseñó lo que era respetarme a mí mismo, me enseñó a nunca claudicar. Me enseñó a amar a una mujer y a cuidar de una familia. Me enseñó a ser padre amándome lo suficiente como para que no le importara que no me cayera bien porque sabía que me estaba enseñando a ser hombre.

Ron Drucker fue hijo de dos inmigrantes judíos pobres: mi abuela huyó de los pogromos en Polonia; mi abuelo (de quien llevo el nombre) llegó a Estados Unidos procedente de Montreal.

Cuando mi padre tenía 13 meses, viajaron dos días por tren hacia Los Ángeles y se establecieron en el barrio pobre y desordenado de Boyle Heights, enclave de judíos proletarios y luego hispanos. Allí criaron a mi padre. Mis abuelos lo amaban. Le dieron ropa y alimento. Sin embargo, no tenían la capacidad de mostrarle afecto, de cultivarlo ni de decirle que lo amaban. Por lo tanto, mi padre fue autodidacta porque en nuestra casa no nada más había gritos, como más tarde se me haría evidente.

Mi padre se casó con mi madre, Sari, en 1970, a los 36 años. Ella tenía 20. Yo nací un año más tarde; mi hermana Pamela llegó cuatro años después. Él era mayor que la mayoría de los esposos primerizos y los padres de la época. A lo largo de las siguientes dos décadas, conforme el divorcio y las familias divididas se volvían algo más aceptado y frecuente, mi hermana y yo crecimos en un hogar intacto, lleno de amor.

Nuestro padre nos decía todos los días que nos amaba y nos bañaba en la clase de atención que sospecho que él quería, pero que sus padres no le dieron.

Claro que lo que para él era amor para mí podía sonar como a un disco rayado de críticas intensas: No estás trabajando lo suficientemente duro. No te estás esforzando lo suficiente. No estás estudiando lo suficiente. ¿Qué demonios te pasa? (esta última es mi favorita).

Mi padre llegó desde abajo. Soñó con la vida que quería y trabajó increíblemente duro para obtenerla. Para él, eso significaba una casa linda en la playa en Malibú, abonos de temporada para los partidos de basquetbol y de futbol americano colegial y mucho efectivo en el bolsillo. Usaba tarjetas de crédito, pero el viejo no salía de casa sin un fajo de billetes de 100, como si fuera un mafioso.

Mi padre ganó mucho dinero en el negocio de los muebles para el hogar. Era un ejecutivo de ventas y comercialización muy innovador, emprendedor y fue su propio jefe durante gran parte de mi vida. La mayoría de las veces, se refería a sí mismo como un "vendedor".

Era un empresario consumado, así que le preocupaba que estuviera haciendo un voto de pobreza cuando decidí ser escritor; le habría enorgullecido que usara una historia sobre él para ganar unos cuantos dólares.

Entre todos los éxitos de mi padre, hubo algunos fracasos, pero perseveró. Recuerdo que hace unos años, mi padre estaba tratando de encontrar una nueva ruta hacia la prosperidad luego del colapso un negocio que poseía y administraba junto con mi madre y de la implosión económica consiguiente. Me contó que le habían ofrecido un trabajo con un salario razonablemente bueno que le habría brindado seguridad y que podía haber hecho hasta dormido. Tenía casi 60 años y una familia por la que preocuparse, además de que necesitaba dinero. Lo rechazó.

Mi padre tenía una visión y no era la vida que quería. Simplemente no estaba dispuesto a abandonar su sueño. Mi padre me dijo alguna vez que nunca juzgaba su vida según quién estuviera debajo de él en la pirámide de la vida, sino según quién estuviera sobre él.

Así vivió.

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Todo el tiempo me enseñó a ser hombre, esposo y padre. A veces me pregunto si de verdad nos entendíamos.

Al principio quería ser como él. En estos días, a algunos amigos y familiares les gusta decir que mi ropa, mi barba u otras cosas superficiales les recuerdan a él. Y eso me agrada. Sin embargo, lo que intento es emular su esencia: una verdadera historia estadounidense de éxito, un hombre que era excelente en la profesión que eligió y que crió a una familia con todo el amor del que un hombre era capaz.

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Murió en marzo de 2013, tras una batalla contra el alzhéimer. Este será mi quinto Día del Padre y el cuarto sin él. Amé a mi padre y lo extrañaré con todo el corazón por el resto de mi vida.

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