Cuando dejamos de forzar la concentración, entra en acción una red que trabaja en segundo plano. Es la misma que se activa en la ducha, al caminar sin prisa o al lavar los trastes. En ese modo interno se organizan las ideas que no aparecen bajo presión, ya que el cerebro necesita ese silencio para respirar y encontrar conexiones nuevas.
En México, el Centro de Ciencias del Comportamiento de la UNAM reveló que entre más aburrimiento experimenta una persona más recurre al celular para llenarlo. Esa reacción inmediata interrumpe el descanso y reduce la capacidad de concentración al día siguiente. El problema es que se vuelve un círculo donde menos pausa es igual a menos claridad.
Para Sosa Jhons, CEO de NOW ME APP, ese exceso de estímulos tiene un efecto directo en el rendimiento. “El cerebro necesita silencio. No es que se deba dejar de trabajar, más bien es soltar el ruido para que las ideas encuentren su lugar”, explica.
En los programas que lidera para empresas ha visto que quienes se permiten breves pausas piensan con más claridad y reaccionan con menos estrés. “El silencio no es perder tiempo, es cuando el cerebro acomoda las piezas”.
Esa pausa que Jhons describe también se percibe en la psicología organizacional. Yunue Cárdenas, CEO de Menthalising y especialista en gestión psicosocial, menciona que el aburrimiento cumple una función adaptativa.
“No es pereza, es una señal que indica que necesitamos reorientar la atención. Cuando dejamos espacio entre una tarea y otra, el pensamiento se renueva. Si todo el tiempo estamos ocupados, la mente se vuelve plana”. Cárdenas considera que los líderes que aceptan estos silencios fomentan culturas más creativas, menos agotadas y con mejor criterio.
Durante la pandemia quedó claro lo que implica ignorar estas pausas. Los días se mezclaron y las reuniones se hicieron interminables. La productividad se sostuvo, pero la innovación se apagó y la falta de silencio afectó la toma de decisiones, la empatía y la energía para crear.
En el ámbito del talento, Rodrigo Rivera del Arco, Director Ejecutivo de Productos Institucionales para Latinoamérica en ETS, observa el mismo patrón. “Nadie puede aprender sin pausa. Lo mismo ocurre con la creatividad. Necesitamos tiempo para que las ideas decanten”. Para él, las empresas que valoran esos espacios entienden que pensar también es producir y que la innovación no nace en la prisa.
Cada vez más compañías adoptan esta lógica al reducir reuniones innecesarias, dejar pequeños espacios entre una actividad y otra y promover bloques sin pantallas. No es descanso pasivo, es recuperar la atención y el pensamiento crítico.
Los especialistas consultados recomiendan acciones breves que caben en cualquier jornada laboral como caminar dos minutos sin audífonos, mirar por la ventana sin revisar mensajes, escribir a mano una idea que ronda la cabeza, respirar profundo antes de entrar a una reunión complicada. Son hábitos que bajan el ruido interno y permiten que el cerebro abra espacio para ideas nuevas.
“Un equipo descansado cumple, pero un equipo que se permite aburrirse crea”, apunta Yunue Cárdenas.