Los espacios inmersivos utilizan realidad virtual, realidad aumentada e instalaciones interactivas con luz, sonido y objetos físicos en entornos temáticos donde el público recorre una historia. En México, el fenómeno dejó de ser una moda itinerante para convertirse en una industria en formación, con un crecimiento exponencial.
En el país, el mercado de entretenimiento inmersivo cerró el año pasado con ingresos por 2,140.9 millones de dólares y crecerá siete veces para alcanzar 17,717.5 millones de dólares en 2033, según estimaciones de la consultora Grand View Research.
Además, en el reporte de la consultora Statista Market Insights sobre experiencias inmersivas coloca a México en el puesto dos en términos de ingresos y adopción, solo por detrás de Brasil.
El auge de estas experiencias dio un giro tras la pandemia de Covid-19. Después de 2020, los consumidores comenzaron a valorar más un recuerdo que un objeto y están dispuestos a pagar por ello. Incluso, el 70% de personas de la generación Z encuestadas por la consultora Mordor Intelligence declaró que sacrificaría compras en supermercados y tiendas departamentales para financiar salidas experienciales.
A ello se suma que la viralización en redes sociales multiplica el alcance del marketing a un costo mínimo. El modelo se vuelve rentable si se consideran también los aumentos en los costos de seguros y el cumplimiento de normas de seguridad en otras formas de entretenimiento, como los parques de diversiones.
La adaptación de los espacios también permite que, más allá de grandes instalaciones en recintos de gran escala, exista una oportunidad para detonar el mercado en sitios más pequeños, incluso dentro de centros comerciales.
Magdalia Martínez, productora de Mystika Inmersivo, experiencia basada en la obra del fotógrafo mexicano Pepe Soho, relata que fue un reto adaptar los espacios cuando la instalación se mudó de Tulum a la Ciudad de México hace cuatro años.