Con la generación 2026-2027, el programa acumula 8,500 beneficiarios: 3,000 en Coahuila, 3,000 en Sonora y 2,500 en Veracruz. Solo este año hubo 1,066 solicitudes en Sonora y 819 en Veracruz y 1457 en Coahuila, para 500 lugares en cada estado. Casi la mitad de quienes cursan este ciclo ya venía de generaciones previas del programa.
Para la directiva, no se trata de donativos: “La estrategia de responsabilidad social es parte de la estrategia de negocio”. Y los resultados son palpables: cada becario debe cursar el 100% de los talleres y gracias a ello, hay jóvenes que llegan a tener un grado de estudio más que sus padres, “un indicador muy claro de movilidad social”, afirma.
Entre los retos, nos explica que están el llegar a comunidades indígenas y rurales, donde el acceso es menor. Para ello, se apoyan en las instituciones educativas aliadas, que difunden la convocatoria. Otro desafío es la permanencia, sobre todo en preparatoria, donde ocurre la mayor deserción del país.
Y finalmente, la presión familiar, pues muchos jóvenes deben comenzar a aportar dinero en sus hogares desde temprana edad. “cuando el programa abarca todas estas cosas y logramos que las familias perciban el valor de que los jóvenes estudien, entonces construimos este soporte”, menciona Nina.
Nada de esto es un logro en solitario. “No hay nada que uno solo pueda lograr”, continúa. “Si no tuviéramos instituciones educativas interesadas […] si las autoridades no impulsaran el desarrollo […] o si los mismos padres de familia no estuvieran interesados, sería complicadísimo cumplir el objetivo”.
Para Nina, el saldo de este programa de excelencia no es solo educativo, económico o social, es personal: “realmente se cambian vidas. Es de las cosas más bonitas que he hecho en mi carrera”.