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Una explosión, tres años y ningún culpable: crónica desde Beirut

Los ciudadanos libaneses exigen una investigación internacional sobre los hechos que provocaron la devastación de la mitad de la capital y de la que aún no se recuperan del todo.
sáb 05 agosto 2023 07:45 AM
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Tres años después no hay un solo detenido por la explosión del puerto de Beirut.

BEIRUT, Líbano- La cita fue a las cuatro de la tarde en la estación de bomberos de Beirut, a casi tres kilómetros del puerto. A esa hora, un centenar de personas ya se encontraban dentro de las instalaciones, colocando en filas las fotografías de los más de 220 fallecidos por la explosión del puerto de Beirut el 4 de agosto de 2020.

El hermano de Kaissar Fouad Abo, fallecido en la explosión, es uno de los primeros en llegar. Se encuentra solo, parado bajo el sol de 34 grados, cargando la fotografía de su hermano y una rosa blanca. “Seguro va a haber menos gente que el año pasado, pero tenemos que seguir viniendo. Porque esto ya no se trata solamente de la explosión, se trata del país”, dice.

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Para las 4:45 de la tarde, la estación de bomberos –que debe medir 1,500 metros aproximadamente– , ya está repleta de jóvenes, viejos, mujeres, hombres, musulmanes y católicos, preparándose para marchar al puerto para recordar a las víctimas, exigir justicia y una investigación internacional que esclarezca los hechos.

La catástrofe fue causada por 2,750 toneladas de nitrato de amonio almacenadas ilegalmente en el puerto desde 2012. Las autoridades locales conocían esta situación, pero hicieron caso omiso a las recomendaciones para retirarlo. Así como tampoco hicieron caso al primer fuego que ocurrió ese día, a las 5:55 pm en el Hangar 12 del Puerto de Beirut, misma que detonó la explosión 22 minutos después.

“Lo que se pudo hacer en 30 minutos”, es el título de una fotografía que circula entre las cuentas de Instagram de numerosos libaneses. “En 30 minutos se pudo alertar a la población para que evacuaran el puerto y estructuras vulnerables; direccionar a la gente a refugios subterráneos; prevenir la muerte innecesaria de bomberos; alertar a la gente para alejarse de las ventanas; evacuar hospitales”, dice la publicación. Pero nada de esto ocurrió.

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Lo que sucedió en su lugar fue la explosión no nuclear más grande de la historia, que causó un cráter de 140 metros, un terremoto de magnitud 3.3, y la muerte de más de 220 personas, 6,500 lesionados y 300,000 desplazados de sus hogares.

Tres años después no hay un solo detenido por el caso. Por eso, más de 1,000 personas se encuentran bloqueando la carretera hacia el puerto. “Todos los días es cuatro de agosto”, se lee en los carteles.

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“Hoy estamos aquí para exigir justicia, para ayudar en la organización de la protesta y también para cargar las fotografías de los mártires cuyas familias no pudieron venir”, dice Christopher, un chico de 18 años.

Christopher, un chico de 18 años, se encuentra dentro de la estación y es el mayor de entre un grupo de más de 30 jóvenes uniformados con playeras rojas y un bordado blanco que dice “Cáritas”. Esta es la palabra latina para “caridad” y, en Líbano, es una organización jesuita que cuenta con 89 centros para hacer servicio social.

Él se unió a la ONG después de la explosión para ayudar a limpiar la ciudad durante los días posteriores y desde entonces se quedó. “Hoy estamos aquí para exigir justicia, para ayudar en la organización de la protesta y también para cargar las fotografías de los mártires cuyas familias no pudieron venir”, dice.

No todos los retratos impresos de los mártires tienen dueño, pero ninguno se quedó en el piso. Tanto los jóvenes de Cáritas como más mujeres y hombres, se encargaron de cargar las más de 200 fotografías a lo largo de la protesta.

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Christopher dice que las razones del por qué los familiares o amigos no llegaron son varias, pero principalmente dos: muchos se fueron del país a causa del panorama económico y social, mientras algunos otros no pueden venir por el trauma.

Al centro de la estación de bomberos, el bullicio lo interrumpe un hombre que empieza a gritar unos versos, mismos que son coreados por otros hombres más viejos: “Dios está con los padres / y con las víctimas de la explosión en Líbano / no creas que te vas a escapar / como a una rata te vamos a colgar / vinimos desde las montañas más lejanas / y exigimos justicia / y te decimos, gobierno de Líbano / tu sangre se va a derramar”. Las madres de las víctimas, con fotografías de sus hijos, rodean a los hombres y escuchan, mientras lloran en silencio.

Entre ellas, se encuentran las hermanas de Dayan Michel Khoury, víctima de la explosión. “Mi hermana era madre de dos niños pequeños y murió frente a ellos. Ni ellos ni su esposo aún se recuperan del trauma”, dicen.

A las 5:07 de la tarde comenzó la movilización hasta el puerto. Un camión de bomberos, con una bandera de Líbano grande manchada de pintura roja, encabeza la marcha; los bomberos y las ambulancias prendieron sus sirenas; suena la canción “Li Beirut” de la cantante Fairouz en el fondo; la orquesta, Beirut Chants, toca los tambores y la trompeta; y la gente camina.

Entre los protestantes se encuentra la mejor amiga de Joud Hajj, víctima de la explosión, quien carga su fotografía. “Nosotros nos enteramos de su muerte por redes sociales. Porque nuestro gobierno nunca tuvo la decencia de hacer un acto público para informar quiénes fueron las víctimas y dar una explicación”, dice.

Junto a ella, se encuentra el hermano mayor de Ahmad Mohammad Ameira. Cuenta que él se encontraba lejos del puerto, pero escuchó la explosión. Inmediatamente después le avisaron que su hermano estaba grave. “Estaba roto… su cara, su piel, sus manos. Lo llevamos al hospital y murió agarrándome la mano. Espero que, donde sea que esté, nos esté cuidando”.

Alrededor de las 5:55 el contingente llegó al puerto y un grupo de jóvenes se organizaron para pasar lista de las víctimas, misma que fue interrumpida a las 6:07, hora en que fue la explosión, para hacer un minuto de silencio. Las lágrimas rodaron en los rostros de los protestantes, y a las 6:08 la lista siguió.

Muchos se fueron después del pase de lista. Mientras algunos se despiden, otros toman fotografías y otros buscan la manera de salir, Paula, una mujer que cuatro días antes de la explosión se había mudado al puerto, se encuentra sola, en silencio, parada bajo una sombrilla y dijo: “El corazón y el alma no se pierden. Nos habrán quitado mucho, pero eso, nunca. Y aquí seguiremos hasta que se haga justicia”.

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