OPINIÓN: Replantear la forma en que funciona la presidencia, un reto para México
Nota del editor: Esta columna de Opinión se publicó en la edición 1226 de la revista Expansión, 'Industria agroalimentaria, el nuevo caballo de batalla comercial', correspondiente a enero de 2018.
(Expansión) – La presidencia es la más poderosa de México. A ella se acercan con temor y reverencia los empresarios más ricos, las celebridades, los diplomáticos y hasta los buscadores de tesoros, sean estos cabilderos o aventureros; hacia ella miran 120 millones de personas en espera de soluciones que, con frecuencia, requieren magia o milagros.
La Presidencia es la oficina más poderosa de México, pero eso no quiere decir mucho: todo el poder que emana de ella no alcanza para cumplir con las expectativas que generan sus ocupantes. No hay forma de que haga bien todo lo que se espera de ella.
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Las expectativas racionales implican el impulso de la economía; el abatimiento de la inseguridad; la defensa de la soberanía nacional; la coordinación del esfuerzo en casos de desastres y el uso eficiente de los recursos, entre otras cosas. Hay también expectativas irracionales: que el presidente transmita buena suerte a los equipos que abandera; que no se equivoque a pesar de estar en una caja de cristal 24/7 y que resuelva una infinidad de problemas privados, como si fuera un santo o una deidad.
La Presidencia está en crisis, afirma Jeremi Suri, “el crecimiento de su poder real y simbólico se convirtió en el incremento de su capacidad de decepcionar”. El problema no es exclusivo de México, es un fenómeno mundial. Suri es académico de la Universidad de Texas en Austin y autor de La Presidencia imposible, un libro repleto de lucidez, dedicado al análisis de la Presidencia de Estados Unidos, pero lleno de lecciones para el resto del planeta, “una buena forma de asomarse al problema es ver la agenda de los presidentes: está fragmentada, el día a día refleja los compromisos con todos los stakeholders… No se puede decir que sirva para cumplir las tareas estratégicas…”.
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La crisis de la Presidencia no tiene que ver, necesariamente, con las características de los individuos que son electos para desempeñar el cargo. “Llevamos mucho tiempo analizando a las personas, cuando el problema está en la maquinaria”, subraya Suri. La Presidencia es una institución con muchas tareas y quien la ocupa está obligado a resolverlas con mayor velocidad cada vez. En casi todo el mundo se ha tratado de resolver esto con incrementos de recursos. Los resultados han sido decepcionantes, porque no es un problema de escasez de recursos, sino de multiplicación de responsabilidades, de incremento de la complejidad.
¿De cuánto tiempo dispone un presidente para trabajar en asuntos estratégicos… cuánto tiempo tiene para reflexionar? Mucho menos del que necesita. El tiempo es escaso y el mundo real se mueve a velocidad vertiginosa, mientras tanto las agendas presidenciales están llenas de compromisos improductivos. La situación se agrava cuando el mandatario es muy desorganizado, como Donald Trump. No se corrige sustancialmente, en el caso de que el Ejecutivo sea un paradigma de la disciplina personal, como dicen que es Emmanuel Macron en Francia.
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Una vía de solución sería recortar la lista de prioridades del presidente, especula Suri y pone el ejemplo de Ronald Reagan. Su gran mérito fue su capacidad de enfocarse en uno o dos grandes temas, por ejemplo, la redefinición de las reglas del juego en la relación con la Unión Soviética.
¿Es posible hacer eso en 2018?, ¿es posible hacerlo en México? El ejemplo de Ernesto Zedillo viene a la cabeza. Podemos afirmar que fue el mandatario menos ambicioso de los últimos que ha tenido México. Es el que mejores cuentas entregó al final de su sexenio. Un reto para México y muchos otros países es replantear la forma en que funciona la Presidencia. Asignarle al presidente un rol más ejecutivo y menos simbólico. En el caso de México, sacudirnos la herencia de los tlatoanis, emperadores y caudillos. Para producir mejores resultados, less is more.
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* Luis Miguel González es director editorial del diario El Economista desde 2009. Especializado en periodismo económico en la Universidad de Columbia en Nueva York.