OPINIÓN: Mitos de la segunda vuelta y por qué no hace a un ganador más legítimo

Su peculiaridad es que obliga a que exista un ganador muy particular en una elección; pero el hecho de que genere un ganador, no lo hace más legítimo, ni resuelve problemas de gobernabilidad.
Elecciones 2017  El domingo 4 de junio se realizaron votaciones para elegir gobernador en el Estado de México (foto), Coahuila y Nayarit, así como 212 alcaldías en Veracruz.  (Foto: Reuters)
Marco A. Morales

Nota del editor: Marco A. Morales es Investigador Afiliado al Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Su cuenta de Twitter es @marco_morales. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor.

(Expansión) – Desde hace ya algunos meses, y más recientemente, como consecuencia de los resultados electorales en el Estado de México y Coahuila, ha renacido el debate sobre la pertinencia de la segunda vuelta electoral en México.

En el debate público, la segunda vuelta (y los gobiernos de coalición) ha sido descrita como la reforma institucional que dará legitimidad al ganador en elecciones competidas, que garantizará la gobernabilidad, que incentivará la negociación o que dará estabilidad al sistema político. Todas estas descripciones son joyas del discurso político, pero demuestran una amplísima confusión entre políticos, intelectuales y comentócratas sobre lo que es en realidad la segunda vuelta electoral.

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Dejando la retórica aparte, la segunda vuelta no es más que una regla. Su peculiaridad es que obliga a que exista un ganador muy particular en una elección. Pero el hecho de que genere un ganador, no hace a este ganador más legítimo, ni resuelve problemas de gobernabilidad.

Cumple con el objetivo porque limita el número de candidatos en competencia y, por lo tanto, obliga a los votantes a actuar estratégicamente: eligiendo su segunda preferencia, la preferencia que garantice que su alternativa más odiada no gane, o no votando del todo. Eso tiene varias implicaciones.

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Primero

El hecho de que – limitados a elegir entre sólo dos opciones – los electores voten por un candidato, no significa que van a continuar respaldándolo pasada la elección. ¿Quién en su sano juicio cree que alguien que respalda tradicionalmente a los candidatos del PRD respaldaría a un candidato del PRI durante todo un sexenio solo porque no le fue posible apoyar al candidato de su partido preferido?

Segundo

Eliminar candidatos de la boleta en la segunda vuelta tiene consecuencias: el abstencionismo aumenta considerablemente en la segunda vuelta. Esto es, el candidato ganador en la segunda vuelta es elegido por una coalición de sus partidarios duros y de quienes a cualquier costo quieren evitar que el otro candidato gane. Una minoría intensa, pues, elige a los ganadores en la segunda vuelta. Y es poco probable que esta minoría sea representativa de la totalidad del electorado.

Tercero

La segunda vuelta no es más que una regla que da certidumbre a la forma de elegir un ganador. En la práctica, garantiza que pierda el candidato menos preferido por la mayoría de los (pocos) votantes (que participan en la segunda vuelta). En otras palabras, es una regla para facilitar que se elija a un gobierno respaldado por una minoría o, en el mejor de los casos, por una minoría mayoritaria.

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Pero, debemos tener muy claro que la regla de mayoría que actualmente existe, garantiza también que se elija a un gobierno minoritario cuando ningún partido logre más de la mitad de los votos. Lo único que agrega la segunda vuelta son las condiciones para minimizar la probabilidad de que ciertos candidatos ganen. Tal vez debiéramos estar debatiendo si esta es una regla deseable en este momento de la vida política de México.

Queda, entonces, preguntar: ¿garantiza la segunda vuelta gobernabilidad en el país presumiblemente porque obliga a los partidos a negociar? La proposición es interesante, pero hay que tener claro que no es la segunda vuelta sino la existencia de un gobierno minoritario que obligaría a la negociación.

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Posiblemente la pregunta más importante es si la negociación a la que obligan los gobiernos minoritarios genera acuerdos sostenibles durante un sexenio entero. Es decir, ¿garantiza la segunda vuelta gobernabilidad?

La respuesta es un rotundo no: con o sin segunda vuelta, las negociaciones tienden a ser endebles cuando y porque las encabeza un gobierno de minoría. Puesto de otra manera, tienden a ser endebles porque el gobierno de minoría es rehén de los partidos minoritarios con los que negocia para construir una mayoría. (Dicho sea de paso, pretender y llamarle gobierno de mayoría porque ganó la segunda vuelta no altera esta posición de debilidad política.)

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Ahora, ¿hay casos de éxito de gobiernos de minoría? Sin duda. ¿Eso garantiza que se materializará el mismo éxito en México a causa de la segunda vuelta? No hay Deus ex machina en ingeniería institucional. Si hay gobiernos minoritarios exitosos es principalmente porque operaron bajo reglas institucionales apropiadas para su realidad.

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Dicho todo esto, la discusión realmente importante debiera ser cómo maximizar los beneficios de tener gobiernos minoritarios, que parece ser la nueva normalidad en el sistema de partidos mexicano. Y esa discusión es, tristemente, la menos presente en el debate público en México en estos días.

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