OPINIÓN. De Panamá a Perú: la cumbre retroactiva de las Américas

Frente a la pandemia de la corrupción, democracias simuladas, crisis políticas y deterioro institucional, Trump pierde una valiosísima oportunidad para acercarse a la región, opina Rina Mussali.
Estas son las mayores anécdotas y curiosidades de las Cumbres de las Américas
Rina Mussali

Nota del editor: Rina Mussali es analista, internacionalista y conductora de Vértice Internacional en el Canal del Congreso. Síguela en su cuenta de Twitter: @RinaMussali. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autora.

(Expansión) — La Cumbre de las Américas que se celebra cada tres años en diferentes países del continente tendrá una edición desinflada y preocupante en Perú. No solo por la renuncia del presidente Pedro Pablo Kuczynski (PPK) y la consecuente inestabilidad política del país anfitrión, sino porque la furia populista, nativista y nacionalista de Donald Trump en Estados Unidos se ha empeñado en formalizar su desinterés hacia América Latina y desfundar el legado de Barack Obama en la región.

Con estrechez y visión corta, Donald Trump canceló su participación a la única Cumbre que puede reunir a Jefes de Estado y Gobierno de 35 naciones del hemisferio, un desaire mayúsculo en aras de privilegiar sus intereses geopolíticos en Siria y Medio Oriente. –Ni siquiera una mirada distraída le valió para la región-.

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La VIII Cumbre de las Américas en Lima, la primera -y quizá última- a la que habría asistido Donald Trump, camina desangelada por el desgane de la diplomacia estadounidense en la región. La apatía mostrada por articular una política exterior integral y de conjunto hacia América Latina ha sido desechada en aras de privilegiar acciones bilaterales focalizadas y respuestas compartimentadas.

El abandono regional también se palpa en el cargo acéfalo que se le ha propinado a la máxima jefatura de la diplomacia estadounidense –el Departamento de Estado- y la renuncia de Thomas Shannon, el subsecretario de Asuntos Políticos, tercero en jerarquía del Departamento y experto en temas latinoamericanos, junto con la partida de otros diplomáticos destacados en la región como William Brownfield, John Feeley o Roberta Jacobson.

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El resentimiento se agrava por la falta de liderazgo en la toma de decisiones con respecto a América Latina, aunado al desconocimiento e indiferencia mostrada por Donald Trump, quien no ha hecho visitas de Estado a los países de la región y que ahora rescinde su tan esperada visita en Colombia. Recordemos la reivindicación sobre la Doctrina Monroe de Rex Tillerson –el exSecretario de Estado-, en contraste con John Kerry, su predecesor que en épocas obamistas declaró su terminación, el repudio que se amplifica en nuestros países, reflejo de una posición decadente de Estados Unidos en América Latina.

Los irritantes de Washington con la región pasan por la agenda proteccionista, antiinmigrante, racista y unilateralista que ha mermado las relaciones hemisféricas y las ha rebajado a mínimos históricos.

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El enojo se ha apoderado frente a la política regresiva de Donald Trump, quien busca narcotizar la agenda de trabajo, dictar línea dura hacia Cuba, militarizar la frontera con México –el envío de tropas de la Guardia Nacional-, construir el muro, modificar cuotas arancelarias y renegociar el TLCAN, aunado a la salida de Estados Unidos del Acuerdo de Asociación Transpacífico en el que participaban México, Chile y Perú, el llamado TPP-11 que hoy resucita sin la anuencia de Washington. Securitizar las relaciones hemisféricas, desdeñar la agenda de desarrollo económico y social y tener una mirada artificial y diluida es la política que más duele a América Latina.

El ambiente desmoralizador de las relaciones interamericanas encuentra su mayor sustento en el endurecimiento de las relaciones entre Washington y La Habana y el freno de Donald Trump a la reconciliación histórica propiciada por Barack Obama, precisamente una de las claves que antagonizaba gran parte de las relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica.

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La nostalgia y el contraste se hacen presentes: hace tres años en la antesala de la celebración de la Cumbre de las Américas en Panamá, Estados Unidos había reanudado las relaciones diplomáticas con Cuba, después de su política caduca y anacrónica en la isla. Treinta y seis meses después, las relaciones entusiastas y prometedoras fueron reemplazadas por la política de la confrontación y el sentimiento antihemisférico de la Casa Blanca que hoy se toca con la ausencia de Donald Trump en la región.

Los divisores latinoamericanos: Venezuela

En la VIII Cumbre de las Américas en Perú, el tema de Venezuela jugará un rol central. Las discrepancias en la región también se tocan en materia de política exterior, una política que difícilmente se puede separar de las cargas ideológicas. Ahí se coloca la posición de la Alianza Bolivariana de apoyar la presencia de Venezuela en la Cumbre de las Américas y el veto de Perú, país integrante del Grupo de Lima que junto con otras 11 naciones la rechazan, pese a la primera intención de Nicolás Maduro de acudir “llueva, truene o relampaguee”.

Fue el anuncio de celebrar elecciones anticipadas en Venezuela –sin oposición política- el punto de quiebre que animó el rompimiento del diálogo negociador en República Dominicana, lo que alentó el castigo y mayor aislamiento de Venezuela en la escena regional.

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Recordemos la Cumbre en Mar del Plata en Argentina hace 13 años, en donde se puso de manifiesto las diferencias irreconciliables entre dos moldes políticos en pugna en materia de integración regional: ALCA vs Mercosur y cuando destellaba la diplomacia bolivariana basada en los altos precios del petróleo. Ahora son la UNASUR y la CELAC, quienes se muestran contrarias a los intereses geopolíticos liderados por el Grupo de Lima y la Alianza del Pacífico.

Pese a la crisis política en Perú, la renuncia de PPK y la lucha fratricida entre Keiko y Kenji Fujimori para conquistar el poder, la Cumbre de las Américas sigue adelante con sus preparativos aunque herida y con golpes de gracia. Resulta sintomático el tema elegido por el país anfitrión “Gobernanza democrática contra la corrupción”, un título que encaja a la perfección con la realidad latinoamericana envilecida por los actos de corrupción y la insatisfacción creciente con la democracia.

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La corrupción sistémica y trasnacional que pone y quita presidentes en América Latina, tan solo en Perú, el escándalo de Odebrecht acabó con la presidencia de Kuczynski, encarceló a Ollanta Humala, persigue a Alejandro Toledo y no deja en paz a Alan García.

Frente a la pandemia de la corrupción, democracias simuladas, crisis políticas y deterioro institucional, Donald Trump pierde una valiosísima oportunidad para acercarse a la región. Si bien resulta imposible pedirle a la Casa Blanca comandada por la revuelta anglosajona y el motor nacionalista defender credenciales institucionales y escudar el sistema de pesos y contrapesos del quehacer democrático, lo más factible hubiera sido escalar su rabia en contra de los gobiernos corruptos de la región.

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Los ciudadanos estamos hartos del desamparo de la ley y de los atropellos cometidos por la autoridad. De esta forma, Donald Trump falla nuevamente en la región desperdiciando la coyuntura, a propósito de compensar su agenda retroactiva en América Latina y emparentar con la demanda más sentida de la sociedad latinoamericana.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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