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Nuestras Historias

OPINIÓN: Stormy y el escándalo sirven a los propósitos de Trump

Es típico de Trump usar los escándalos (aunque giren alrededor de él y de su equipo) para distraer a la opinión pública de los cambios políticos que enfrenta, opina Julian Zelizer.

Nota del editor: Julian Zelizer es profesor de Historia y Asuntos Públicos en la Universidad de Princeton. Escribió el libro The Fierce Urgency of Now: Lyndon Johnson, Congress, and the Battle for the Great Society. También es conductor del podcast Politics & Polls. Síguelo en su cuenta de Twitter @julianzelizer . Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) — Parece que Donald Trump no sabe ayudarse. A la mañana siguiente de que Stephanie Clifford, mejor conocida como Stormy Daniels, publicara un retrato del hombre que presuntamente la amenazó, Trump tuiteó : "Un retrato de un hombre inexistente, años después. Una estafa total, echando mano de la prensa falaz para tontos (¡pero lo saben!)".

Unas dos horas más tarde, dio su opinión sobre el exdirector del Buró Federal de Investigación de Estados Unidos, James Comey, quien se presentó el martes 17 de abril en el programa de Stephen Colbert para promover su libro sobre el daño que Trump le ha hecho a la democracia estadounidense. Trump escribió: "El escurridizo James Comey, el peor director de la historia del FBI, no terminó despedido por la investigación de Rusia en la que, por cierto, ¡NO HUBO COLUSIÓN (más que la de los demócratas)!".

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Uno pensaría que Trump no querría llamar más la atención sobre ninguna de estas historias que aparentemente le han causado varios dolores de cabeza a su equipo. Pero como siempre, en vez de mantener un perfil bajo, se zambulle de cabeza en el escándalo.

Es típico de Trump usar los escándalos (aunque giren alrededor de él y de su equipo) para distraer a la opinión pública de los cambios políticos que enfrenta. Es mejor hablar de Stormy Daniels que de los días caóticos que ha pasado su gobierno tratando de tomar decisiones respecto a las sanciones contra Rusia.

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De hecho, Trump ha puesto de cabeza las tácticas presentadas en la cinta de 1997, Escándalo en la Casa Blanca. En esa sátira poderosa, Robert de Niro hace el papel de un operador político que recurre a un productor de Hollywood (Dustin Hoffman) cuando el presidente se ve involucrado en un gran escándalo por haberse insinuado sexualmente a una menor de edad en el Despacho Oval unas semanas antes de las elecciones. Ambos fabrican una guerra en Albania para que la opinión pública nunca se entere de las acusaciones.

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La estrategia es sencilla: distraer al público con una gran maniobra en política exterior. La película se estrenó justo antes de que se diera a conocer la noticia de que el entonces presidente, Bill Clinton, había tenido relaciones sexuales con Monica Lewinsky, quien en ese entonces era pasante en la Casa Blanca. Cuando los republicanos de la Cámara de Representantes presentaron la moción para destituir a Clinton por haber mentido sobre su relación con Lewinsky, y Clinton anunció que lanzaría un ataque con misiles en contra de Iraq, muchos analistas llegaron a la conclusión inevitable de que estaba recreando las premisas de la cinta y distrayendo al público.

Pero ¿qué tal si un escándalo sexual político es la mejor distracción? Parece que eso es lo que Trump está tratando de hacer. No solo tiene una respuesta rápida y agresiva para las acusaciones, sino que aviva intencionalmente las llamas del escándalo con declaraciones incendiarias, como lo ha hecho esta semana durante la gira promocional del libro de Comey. Sin duda, una parte del comandante en jefe de Estados Unidos entiende que el que insinúe que habría que encarcelar al exdirector del FBI, como lo hizo hace unos días, causaría polémica y le daría más permanencia a la historia de Comey. Sin embargo, eso es más un incentivo que una disuasión. Como Trump espera, la prensa está cautivada por estos momentos y los cubre las 24 horas.

Lo que Trump entiende mejor que todo no es solo que la prensa no puede resistirse a cubrir escándalos, sino que el público estadounidense no puede dejar de seguirlos. Asume, con razón, que no es un país de expertos en política. Varias generaciones de estadounidenses que han crecido con programas de telerrealidad, programas matutinos de debate y series de ficción política como Scandal usualmente prefieren ver las discusiones sobre su escándalo personal más reciente, dentro o fuera de Washington, que los detalles de la política o de las campañas de los candidatos al Congreso. Aunque extrañemos los debates entre Lincoln y Douglas, Trump intuye que, en realidad, los estadounidenses prefieren tomarse selfies y revisar su hilo de Twitter.

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Puede ser por eso que Trump recurra a los tuits sobre los escándalos para mantener fuera del ojo público los cambios políticos reales que ha estado implementando, decisiones políticas que podrían no ser particularmente populares. Por ejemplo: Scott Pruitt, jefe de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, ha estado tomando medidas agresivas para echar atrás reglamentos ambientales populares que se implementaron recientemente. Trump también liberó a la comunidad empresarial de las protecciones laborales que para muchos eran una carga. Las decisiones más polémicas de Trump en política exterior, tales como su marcha atrás en la implementación de sanciones firmes contra Rusia, suelen perderse tras los debates sobre las revelaciones más recientes de la investigación sobre Rusia.

La nueva "amistad" entre Michael Cohen y Sean Hannity fue la noticia más importante del día en el que los funcionarios del gobierno estadounidense desmintieron a la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Nikki Haley; el tuit sobre Daniels se publicó el día en el que Haley respondió con fuertes declaraciones. Muchos de los partidarios más fervientes de Trump tal vez se inquietaron al enterarse de que ha dedicado más energía a reducir los impuestos a las empresas que a trabajar en el plan de infraestructura que serviría para recuperar empleos en los distritos más afectados.

Las decisiones estratégicas no son lo único que queda sepultado bajo el caos trumpiano, sino también los problemas políticos. Hay pruebas sustanciales de que los republicanos podrían enfrentarse a unas elecciones muy adversas. Para Trump es menos atractivo ver el daño que ha infligido a su partido que ver a los conductores de televisión hablando del retrato del hombre que supuestamente amenazó a una actriz.

nullEl conservadurismo radical que Trump ha adoptado, su incapacidad de cumplir promesas de campaña clave, y los errores considerables que ha cometido podrían ser las noticias más importantes del pasado año y medio. Y no es que los reporteros no estén atentos a todo esto. Lo están. En un número reciente de la revista New Yorker, por ejemplo, Margaret Talbot publicó una investigación poderosa sobre la clase de cambios políticos desregulatorios que Pruitt ha estado implementando.

Sin embargo, el aparato del escándalo tiene la capacidad de relegar perpetuamente esas noticias a segundo plano. Trump inunda la zona con tantos escándalos que no pueden competir. Aunque no lo podemos asegurar, es probable que Trump, quien es muy sensible al ritmo de los medios modernos y al lado más oscuro de la psique pública, esté distrayéndonos a propósito. Dado que tiene poca vergüenza, Trump bien podría estar dispuesto a soportar el impacto de estas historias en la percepción que la gente tiene de él.

Con esto no queremos decir que su estrategia funcionará. La historia nos demuestra que los escándalos son impredecibles y que es difícil que el presidente los controle. La confiscación de los archivos de Cohen y la investigación de Robert Mueller deberían servir para recordarle que no se puede determinar realmente cómo se desarrollará un escándalo.

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Tanto Richard Nixon como Bill Clinton aprendieron que los escándalos pueden tomar rumbos inesperados, verdaderamente peligrosos para un presidente (como la obstrucción a la impartición de justicia en el caso Watergate o las revelaciones sobre Lewinsky que surgieron de la investigación de Whitewater). Es una apuesta de alto riesgo.

Sin importar el desenlace, debemos dejar de asumir que Trump preferiría que estos escándalos desaparecieran y los reporteros deberían esforzarse por descubrir qué noticias quedan en segundo plano cuando todas estas historias estallan. Después de todo, si las noticias como las de Stormy Daniels empiezan a perder fuerza, el público podría empezar a poner atención al impacto que Trump está teniendo en los proyectos públicos, en la política electoral y en las instituciones gubernamentales.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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