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OPINIÓN. Política de reconciliación: seamos mundialistas, pidamos lo imposible

Desde hace varios años, el futbol ha dejado de ser solamente un deporte y su impacto en temas económicos y políticos es abrumador, opina Santiago Hernández.

Nota del editor: Santiago Hernández Zarauz es egresado de Relaciones Internacionales por la Universidad Iberoamericana. Síguelo en Twitter como @futsanti . Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(Expansión) – Todo podría ser parte de una película policiaca. Funcionarios detenidos en un hotel de Zurich, mientras genios de la computadora realizan la búsqueda de números y transacciones irregulares desde Nueva York. Un thriller del futbol moderno.

En el año 2015 el FBI realizó un operativo que destapó una muy desafortunada realidad sobre el futbol internacional. Encabezada por el exdirector de dicho organismo, James Comey, se gestó una coordinación internacional entre los Estados Unidos y Suiza para investigar y detener a directivos de la FIFA, a quienes se les imputaron los cargos de "pago sistemático de sobornos y comisiones ilegales" para beneficiarse e incrementar las posibilidades de comercializar y transmitir partidos del Mundial y de torneos jugados en la confederación en la que juega Estados Unidos: la Concacaf.

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Años después, en la antesala de la inauguración del Mundial en Rusia, se anunciaron a los ganadores para organizar el Mundial en el 2026: Estados Unidos, Canadá y México . Curiosa coincidencia.

Desde hace varios años, el futbol ha dejado de ser solamente un deporte y su impacto en temas económicos y políticos es abrumador. El volumen de mercado que abarca pone al balón en un pedestal inigualable para los negocios, e incluso las relaciones internacionales entre países. No deja de ser interesante que, en uno de los momentos más tensos de las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y México, triunfe una candidatura tripartita de los países que negocian si continuar, o no, con el Tratado de Libre Comercio.

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Un triunfo que celebran los directivos de las federaciones de los tres respectivos países de Norteamérica, mientras que sus líderes políticos—en específico Trump y Peña Nieto—han mantenido un intercambio delicado sobre temas económicos y migratorios. Estados Unidos organizará un Mundial, por lo visto, con quienes su presidente califica como “bad hombres”.

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La primera investigación del proceso fue realizada en el año 2012. Después de muchas irregularidades y argumentos en contra del nombramiento de Rusia (2018) y Qatar (2022) como sedes para los Mundiales, la FIFA solicitó la colaboración de Michael García—quien en ese momento se desempeñaba como fiscal del Distrito Sur de Nueva York— para disipar los rumores sobre soborno y malversaciones en los procesos de selección de las sedes mundialistas.

García pasó más de un año realizando la investigación y declaró que los resultados publicados por el Comité Ético de la FIFA eran discordantes con la investigación que había realizado; en donde se exoneraban de cualquier responsabilidad o atisbo de corrupción. El diario alemán Bild publicó, de manos de una fuente anónima, 413 páginas del reporte que realizó García—bautizándolo como “informe García”—y comenzó una polémica que terminaría por trastocar la credibilidad y el andamiaje organizacional, jurídico y económico de la FIFA.

Todo este acontecimiento (conocido como FIFAgate) viró hacia un momento de tensión inmenso cuando el FBI, en coordinación con el gobierno suizo, detuvo a 14 funcionarios de la FIFA, el 27 de mayo de 2015 en un hotel de la ciudad de Zurich en donde se encontraban hospedados para celebrar el Congreso anual—donde se elegiría al presidente de la Federación—.

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El operativo terminó quitando de la presidencia de la FIFA a Joseph Blatter, quien acababa de ser reelecto y, aunque no enfrenta un proceso penal, sí fue vetado de participar en cualquier puesto que tenga que ver con el futbol durante seis años. Asimismo, el exsecretario general de la FIFA, Jérôme Valcke, enfrenta un proceso de investigación por supuestos delitos de corrupción y gestión desleal en el manejo de los derechos televisivos en los mundiales del futbol, y tiene un veto de 10 años de cualquier actividad relacionada con la pelota.

Una de las muchas revelaciones que aparecieron con la publicación del FIFAgate en el Bild, apuntaban a que Valcke habría recibido ganancias por reventa de boletos, en el Mundial de Brasil 2014 y que también hubiera actuado de forma ilícita cediendo los derechos de transmisión a la cadena televisiva BeinSports; emporio televisivo presidido por el jeque Qatarí Nasser Al-Khelaifi, embajador principal de Qatar como candidato a sede mundialista en el 2022 y quién también fue investigado sobre el caso.

Actualmente el Mundial de Qatar es sujeto de muchas demandas y preguntas, encabezadas por organizaciones no gubernamentales, las cuales han evidenciado que en la organización y construcción de la estructura para albergar el torneo mundialista —en un país que no cuenta con liga profesional y donde se tendría que mover el calendario para jugarlo debido a las altas temperaturas—hay violaciones a derechos humanos hacia los trabajadores que construyen los estadios y no deja de haber cifras raras que apuntan a que ha habido corrupción.

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Esta desafortunada historia es un reflejo más de los problemas que tiene el futbol moderno. La FIFA ha estado inmersa en escándalos y escenarios que bien podrían ser analizados con la Teoría de las Relaciones Internacionales y suponen la contribución de todos los miembros de la Federación para evitar que se siga utilizándola como un instrumento de negocios desleales; de negociaciones y acuerdos por debajo de la mesa y con sumas millonarias para cabildear votos y derechos de imagen.

Se trata, a fin de cuentas, de un organismo sumamente importante que cuenta con más países afiliados que la propia ONU. No podemos seguir pensando en que solamente es un deporte; el futbol, como lo privado, también es político.

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Como premio, y quizá para disipar la relación entre la FIFA y los Estados Unidos, la medida ha sido muy clara: tendremos, entonces, un mundial norteamericano.

Entre tantas noticias e historias de thriller detectivesco me gusta quedarme con las postales que dan un valor simbólico y sumamente romántico al futbol como acontecimiento social y filosófico. Hace algunos años circuló por la red una foto en la que un niño afgano vestía con una bolsa de plástico que tenía pintado el dorsal número 10 y el nombre de Messi. Por inverosímil que parezca, la bolsa de plástico se convertía en una especie de capa de superhéroe que llegó a los ojos del astro argentino, quién conoció al niño y le regaló su playera. Un gol que los aficionados verdaderos jamás olvidaremos, entre tantos casos como el FIFAgate.

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