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OPINIÓN: ¿Macron cederá a la voluntad de las calles o se mantendrá firme?

Lo que comenzó como una protesta contra impuestos a la gasolina se ha transformado en una serie de quejas contra la enorme brecha económica entre ricos y pobres, opina David A. Andelman.

Nota del editor: David A. Andelman es investigador visitante del Centro para la Seguridad Nacional de la Escuela Fordham de Derecho y director de su Red Lines Project. También colabora con CNN. Sus columnas le valieron el Permio Deadline Club 2017 al Mejor Artículo de Opinión. Escribió el libro A Shattered Peace: Versailles 1919 and the Price We Pay Today y tradujo el libro An Impossible Dream: Reagan Gorbachev and a World Without the Bomb, de Guillaume Serina. Fue corresponsal internacional del New York Times y de CBS News en París. Síguelo en Twitter como @DavidAndelman . Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

PARÍS (CNN) — Emmanuel Macron, quien llegó a la presidencia de Francia hace 18 meses en una oleada de popularidad, ahora enfrenta el mayor desafío de su cargo: una protesta populista nacional contra los impuestos cada vez más altos y la privación de los derechos de los pobres.

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El lunes 10 de diciembre se dirigió a su pueblo en un intento por salvar su gobierno. Pese a que exigió "una reforma profunda del Estado", su discurso no reflejó las reformas generalizadas que le ayudarían a mantener el control de su país. Macron presentó una lista de reformas fiscales menores : prometió un incremento simbólico al salario mínimo —100 euros, unos 2,300 pesos al mes—, poner fin al incremento de los impuestos para los jubilados que ganan menos de 2,000 euros al mes y pidió a las empresas que den bonos de fin de año libres de impuestos a sus empleados.

Lo irónico es que las raíces reales de la frustración de los gilets jaunes (chalecos amarillos) se parecen a las de muchos de los simpatizantes de Donald Trump: una sensación poderosa y creciente de desvalimiento y de lucha de clase. Tras cinco años de presidencia del socialista François Hollande, a quien sacaron de la presidencia con un índice de aprobación de un solo dígito , esperaban que el cambio manifestado en las urnas se tradujera en una vida cotidiana mejor.

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Claramente no ha sido así. Aunque el desafecto de Trumplandia se demuestra muy explícitamente en sus mítines poderosos, en Francia la tradición es tomar las calles.

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Como señaló la radiodifusora francesa France Info, "las raíces están inscritas en la historia de las revueltas populares" en Francia. De esto no queda ninguna duda, especialmente para quienes vivieron las revoluciones de 1968 que casi echan a Charles de Gaulle del poder y para quienes, como yo, atestiguaron el retiro de los manifestantes de las puertas de la Asamblea Nacional. En cada caso, el presidente respondió firme y hábilmente (la mayoría del pueblo lo respeta) y salvó el día.

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El lunes por la noche, Macron evitó hábilmente la disolución del Parlamento y la convocatoria a elecciones. Si hubiera dado ese paso, se habría encontrado en grave peligro de quedar rodeado, durante el resto de su primer mandato, de una legislatura dominada por uno o más partidos de oposición, lo que los franceses llaman eufemísticamente "cohabitación". Esto significa que Macron se quedaría aislado y relativamente impotente en el palacio del Elíseo, con un gobierno de oposición fuera de control girando a su alrededor, dejando en ruinas su visión doble de transformar a la sociedad francesa y guiar a Europa a un futuro unido.

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Pese a todo, el discurso de Macron se quedó corto. Lo que Macron necesitaba eran medidas sencillas, directas y concretas… y solo ofreció unas cuantas.

Se ha demostrado que el costo de los disturbios ha sido enorme, casi catastrófico. El pasado mes de disturbios coincidió con la temporada alta de compras navideñas y le ha costado a los comerciantes al menos 1,100 millones de euros , además de que ha ahuyentado a montones de turistas.

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Algunas de las tiendas más prestigiosas de Francia y los escaparates más ostentosos (incluso el escaparate de Dior, en la ultra-chic Avenue Montaigne) se cubrieron con tablas de madera para impedir daños y saqueos. Las tiendas departamentales más grandes del país (Galeries Lafayette y Printemps) cerraron totalmente el sábado, junto con sitios turísticos clave como la torre Eiffel y el Louvre .

Los problemas de Macron tienen orígenes diversos y eso, en parte, es lo que dificulta la solución. Primero, es una revuelta que empezó en el campo pero que ahora se ha arraigado en partes de la Francia urbana. A diferencia de revueltas anteriores, la Francia rural se las ha arreglado para llevar sus fuerzas más poderosas a la capital: se han movilizado a través de páginas de Facebook (que ahora se afirma que están manipuladas por agentes rusos) y han usado la red de trenes de alta velocidad para llevar a los manifestantes de los rincones más remotos de Francia a París a muy bajo costo y en cuestión de horas.

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Desafortunadamente, lo que comenzó como una protesta sencilla contra los impuestos a la gasolina se ha transformado en una serie más amplia de quejas contra la enorme brecha económica entre los ricos de las ciudades y las zonas rurales en gran medida pobres y marginadas. Sin embargo, difícilmente se puede cerrar esa brecha de un plumazo.

Muchas de las medidas más visionarias de Macron, que ahora están en el centro de las quejas de los manifestantes, se diseñaron justamente para eso, pero tendrán efecto en años, no en días o semanas. Una de las medidas consiste en eliminar el impuesto a la riqueza, cosa que dio la impresión de que un banquero estilo Rotschild como Macron estaba consintiendo a los caprichos de sus amigos ricos.

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Sin embargo, Macron diseñó esta medida para atraer a los banqueros londinenses cuando Reino Unido salga de la Unión Europea y para que traigan consigo empleos bien pagados y una amplia base fiscal, cosa que, pese a todo, podría tardar años en rendir frutos. Pero los gilets jaunes solo ven los beneficios inmediatos para los propietarios y los clientes de las elegantes tiendas parisinas que han estado saqueando.

Además, el desdén de los manifestantes se hace más visible día a día en los muros y en las calles de París. En la parada del metro Place de la Concorde, se leen las palabras "Macron, raza de perro" pintadas con marcador negro indeleble sobre las paredes de baldosas blancas. En los muros del cercano hotel Westin, en las Tullerías, se lee la simple frase: "Macron, renuncia".

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Ahora, a Francia no le queda más que esperar. La siguiente gran prueba será el sábado, día en el que el movimiento prometió iniciar una quinta semana de perturbaciones. La pregunta es si Macron cederá a la voluntad de las calles o si se mantendrá firme, con la esperanza de aguantar lo suficiente para que las reformas cobren fuerza y se eleve el estándar de vida de los franceses, como ha prometido desde el principio.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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