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Nuestras Historias

Sí es posible vivir sin miedo

Desde un nivel individuar, hasta el familiar y comunitario podemos transformar el entorno para alcanzar el estado de seguridad que tanto anhelamos, dice Jimena Cándano.
sáb 28 septiembre 2019 07:00 AM
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Los adultos tienen la obligación de detectar conductas sociales favorables o nocivas.

(Expansión) - Vas regresando a tu casa después de un día de trabajo, de tomar un café con un ser querido, de cenar o incluso de una fiesta, ya es de noche y sin importar la zona de la ciudad en la que radiques ni la hora a la que llegues te podemos asegurar que te preocupa que te pase algo y que seas víctima de un delito ¿será posible cambiar esta situación? Sí, es posible.

La normalización de la violencia condiciona la toma de decisiones de las personas, desde el lugar en el que vivimos, transitamos y lo que hacemos a diario incluso en nuestros días libres, es decir, nuestro estilo de vida se ve impactado directamente por la inseguridad e incertidumbre que nos provoca pensar que corremos peligro.

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Sin embargo, aunque no lo creas sí es posible vivir sin miedo y alcanzar así el estado de seguridad que tanto anhelamos los mexicanos.

Si queremos comunidades en las que las personas puedan vivir tranquilas, en las que podamos desarrollar todas las actividades que deseamos sin preocuparnos por estar a salvo, tenemos que comenzar a involucrarnos todos para transformar nuestro entorno

¿Cómo podemos hacerlo? Desde diversos niveles: el personal, familiar y comunitario. Si todos éstos trabajan de manera coordinada se puede obtener una sinergia que no solo podría asegurar una mejor calidad de vida para las personas a diario sino que también podrían impactar de manera positiva a esos grupos sociales que por su contexto se han visto vulnerados normalizando la violencia y el acto delictivo como su estilo de vida, estamos hablando de crear un proceso holístico que beneficia a todas las partes involucradas.

El nivel personal quizá sea el más importante, en el momento en el que como individuos tomamos decisiones y asumimos las consecuencias tanto positivas como negativas adquirimos un nivel de conciencia que nos permite deliberar qué nos conviene antes de actuar. Es por esto que la formación que se nos da durante la infancia y la adolescencia es crucial, ya que ésta derivará en que nuestras decisiones sean a favor del bien común.

En cuanto a la familia, podemos decir que tiene un papel determinante en que se evite que la normalización de la violencia se incube en los nuevos integrantes de la sociedad. Su función más vital es la de dotar de valores éticos y culturales a los niños, niñas y adolescentes que se encuentran en la conformación de su personalidad.

Los padres o tutores tienen la responsabilidad no solo de cuidar y proteger nuestra integridad física sino también la de blindarnos con base en la detección de habilidades positivas y de conductas sociales nocivas para así lograr que el tránsito a la vida adulta sea en pro de un tejido social que impulse y proteja a todos los que lo conforman de manera positiva.

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El nivel comunitario tiene un proceso complejo porque en él se ven involucrados varios actores: el sujeto, su familia, los vecinos, las autoridades y el representante de la alcaldía. El gobernante no debe deslindarse de sus responsabilidades ni mucho menos ignorar la realidad del grupo al que representa, es importante que esté cercano a las preocupaciones reales que tienen sus habitantes para que pueda atenderlas y así asegurarles la creación y la manutención de sitios seguros en los que se salvaguarde su vida.

Seguramente después de leer hasta este punto te preguntarás ¿de verdad es posible lograr un cambio? Parece que todo está enraizado en la cultura y que por ende es difícil de erradicar. Sin embargo, con la planificación de programas de prevención de delito y reinserción social ejecutados a tiempo existen más posibilidades de éxito y que con la participación de todos y todas se conformen entornos que promuevan una vida social sana y segura.

Es importante que se generen políticas sociales en las que se tome en consideración el expertise y el punto de vista de los tres órdenes de gobierno, empresas y organizaciones de la sociedad civil y por supuesto, el de la población que nos interesa atender, en este caso a los jóvenes porque en ellos se encuentra gran parte de la solución para revertir la ola de inseguridad y violencia en la que vivimos.

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Nota del editor: Jimena Cándano estudió la licenciatura en Derecho en la Universidad Iberoamericana. Obtuvo el grado de Maestría en Administración Pública, Comunicación Comunitaria y Transformación Social en la Universidad de Nueva York. Actualmente es Directora Ejecutiva de la Fundación Reintegra. Síguela en su cuenta de Twitter @JimenaCandano. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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