Sin embargo, la sombra de los tramposos volvió a empañar la fiesta. Miles de participantes fueron detectados acortando la ruta o cruzando la meta sin completar los 42.195 kilómetros, con tal de obtener una medalla que luego circula en redes sociales. No es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más visible, y con consecuencias que van más allá del ridículo: ponen en riesgo la reputación de un evento avalado por organismos internacionales y, con ello, su permanencia en la élite mundial.
¿Por qué ocurre? Correr está de moda. La efervescencia mediática y el marketing han creado la falsa idea de que cualquiera puede correr un maratón sin preparación. Influencers que carecen de la formación necesaria entrenan a otros; algunos corredores buscan calificaciones para eventos en el extranjero; otros incluso se prestan como “mulas”, corriendo por alguien más. Pero el fenómeno más dañino es el de quienes llegan sin entrenar, compran números en reventa y, en plena fiebre colectiva, cortan ruta.
El problema no es solo logístico, es cultural. El maratón se convierte en un espejo incómodo porque aquí no se trata de ganar dinero ni privilegios, sino de robar un símbolo: una medalla que debería representar disciplina, constancia y honestidad. Cuando miles de personas presumen un logro que no es real, terminan erosionando el valor del esfuerzo de quienes sí se levantaron a entrenar durante meses. El fraude en este contexto no es menor: es un reflejo de cómo se normaliza en la sociedad la idea de que la apariencia importa más que el mérito.
Las consecuencias son claras: la frase “maratón de los tramposos” se ha vuelto casi inseparable del evento. Y aunque el reglamento establece un tiempo máximo de seis horas (8:30 minutos por kilómetro), pocos toman en serio ese requisito. Descalificar a quien no cumple la ruta no basta, porque lo que buscan no es el tiempo oficial, sino la medalla. Y mientras no se modifiquen los mecanismos de control, el incentivo para hacer trampa seguirá presente.
¿Qué hacer? Candados más estrictos son urgentes. Validación de tiempos comprobables para inscribirse, bloques de salida definidos por marcas previas, sistemas de cronometraje que registren todos los puntos de control en el momento y una entrega de medallas condicionada a completar la ruta. En pocas palabras: blindar el evento para proteger su esencia. Y sobre todo, comunicar con fuerza que el maratón es un compromiso serio: no basta con “correr con el corazón”, hay que correr con preparación y respeto.