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Super Bowl. Bad Bunny y la cultura como recordatorio incómodo

Lo que ocurrió en ese escenario no se limita a una demanda de reconocimiento, sino que deja al descubierto las grietas del relato con el que Estados Unidos se ha contado a sí mismo.
lun 09 febrero 2026 06:03 AM
Apple Music Super Bowl LX Halftime Show
El paso de Bad Bunny por el medio tiempo del Super Bowl no fue una excepción ni un desliz simbólico. Fue la continuidad de una manera de estar en el mundo cultural, de mostrar de dónde viene y de qué está hecha su voz, incluso cuando el alcance es global y las expectativas son otras, señala Luis Ruiz. (Foto: Neilson Barnard/Getty Images)

Luego del espectáculo de este fin de semana, la aparición de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl se ha leído como un gesto de identificación y confrontación cultural. Y algo de eso hay. Pero quedarse ahí es simplificar un fenómeno más incómodo e interesante.

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Porque lo que ocurrió en ese escenario no se limita a una demanda de reconocimiento, sino que deja al descubierto las grietas del relato con el que Estados Unidos se ha contado a sí mismo.

Es importante comenzar por reconocer que el Super Bowl es uno de los rituales más claros del poder simbólico de Estados Unidos. Año a año, ha sido un espacio donde se reafirma quién ocupa el centro y desde dónde se define la idea de América. Que, a través de la participación de Bad Bunny, ese centro se haya llenado de español, de códigos caribeños y de una estética que no busca asimilarse no rompe el sistema, pero sí lo obliga a mostrar mucho de su construcción.

Ese gesto no ocurre en de la nada. Lo vimos con mucha mayor intensidad, de manera reciente, en su discurso en los Premios Grammy, en donde alzó la voz en contra de algunos programas impulsados por la administración de gobierno actual. Pero, Bad Bunny lleva años usando su plataforma para insistir en ciertos temas, símbolos y narrativas. Lo ha hecho desde la música, desde lo visual, desde la manera en que nombra su origen y desde los espacios que decide ocupar. No como discurso directo, sino como afirmación constante. Estar en el Super Bowl no cambia esa lógica. La amplifica.

Sin embargo, es importante recordar que Bad Bunny no llegó ahí como figura marginal. Ser uno de los artistas más reconocidos a nivel mundial no es gratuito. Llegó porque es parte de una industria global que lo ha convertido en uno de sus activos más rentables. Su presencia responde a mercado, a audiencias y a negocio. Ignorar eso sería ingenuo. Pero asumir que esa lógica neutraliza o redice el impacto cultural de su propuesta conceptual, visual y musical también lo es.

La tensión está precisamente ahí. En que incluso dentro de una industria que absorbe, traduce y empaqueta identidades, hay elementos que no terminan de diluirse. Bad Bunny no modifica su idioma ni su lugar de enunciación para ocupar ese espacio. Tampoco renuncia a los símbolos que lo atraviesan ni a las referencias que explican desde dónde habla. Y ese gesto, más que confrontar, recuerda algo que el discurso político intenta borrar con insistencia. América no es una identidad cerrada ni una propiedad narrativa de Estados Unidos.

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Porque, mientras desde la política se vuelve a hablar de la región como amenaza, frontera o problema externo, la cultura insiste en otra dirección. No como resistencia frontal, sino como presencia normalizada. No como consigna, sino como hecho. Esa diferencia importa, porque el choque no siempre ocurre a través del conflicto explícito. A veces, ocurre cuando una narrativa deja de ser suficiente para explicar lo que está pasando.

En ese sentido, la relevancia de Bad Bunny no está solo en el escenario que ocupa, sino en la coherencia con la que lo habita. Su paso por el medio tiempo no fue una excepción ni un desliz simbólico. Fue la continuidad de una manera de estar en el mundo cultural, de mostrar de dónde viene y de qué está hecha su voz, incluso cuando el alcance es global y las expectativas son otras.

Por eso este momento no se termina ni en la celebración ni en la denuncia. No es una victoria simbólica ni una traición al sistema que lo impulsa. Es algo más incómodo. Es la confirmación de que el centro cultural ya no puede sostenerse sin aquello que durante mucho tiempo trató como periferia.

La industria puede capitalizar esa realidad. La política puede negarla. Pero la cultura sigue avanzando por otro carril. No promete cambios inmediatos ni ofrece redenciones. Solo insiste, una y otra vez, en recordarnos que América es más amplia, mestiza y difícil de controlar de lo que muchos discursos están dispuestos a aceptar.

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Nota del editor: Luis Ruiz es consultor en comunicación estratégica corporativa y relaciones públicas. En los últimos años ha colaborado en el desarrollo de campañas de comunicación corporativa de compañías reconocidas a nivel nacional y regional. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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