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Pensiones, la cuenta que México sigue posponiendo

La pregunta es si México podrá financiar sus compromisos pensionarios en una sociedad que envejece más rápido de lo que crece su economía.
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Aunque mermados, maestros de la CNTE seguirán está semana en la CDMX para demandar, entre otras cosas, la derogación de la Ley del ISSSTE de 2007, cambios al sistema de pensiones y mejoras laborales. (Foto: Marco González/AFP)

México construyó buena parte de su sistema pensionario cuando el país era joven, la esperanza de vida era menor y lo más importante, cuando había suficientes trabajadores activos para sostener a una población reducida de jubilados. Ese país ya no existe.

La discusión volvió a la agenda pública a partir de las movilizaciones de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) y de las demandas para revisar la reforma del ISSSTE de 2007 (no lo abordaré desde la perspectiva política, no es mi terreno). Sin embargo, el debate corre el riesgo de quedarse, una vez más, atrapado entre posiciones políticas, negociaciones coyunturales y costos inmediatos.

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El problema de fondo es otro. Es un conflicto actuarial.

La verdadera pregunta no es cuánto costaría modificar el régimen de pensiones de los trabajadores del Estado. La pregunta es si México podrá financiar sus compromisos pensionarios en una sociedad que envejece más rápido de lo que crece su economía.

Bien, pues las tendencias demográficas son claras, y preocupantes. La esperanza de vida aumenta, la tasa de natalidad disminuye y cada año hay menos trabajadores para sostener a un mayor número de jubilados. Y ese cambio altera por completo la lógica financiera del sistema.

Los esquemas pensionarios funcionan razonablemente bien cuando la base de contribuyentes crece de manera sostenida y la economía genera suficientes recursos para absorber el aumento del gasto social. Pero cuando el crecimiento pierde dinamismo, la informalidad supera la mitad del mercado laboral y la población envejece aceleradamente, las presiones presupuestales comienzan a multiplicarse. Eso es exactamente lo que enfrenta México.

El gasto en pensiones se ha convertido en uno de los componentes más rígidos del presupuesto federal. Y seguirá creciendo nos guste o no.

No, no se trata de cuestionar derechos adquiridos ni de desestimar las demandas de millones de trabajadores que buscan una jubilación digna; se trata de números y las matemáticas nunca mienten.

Las pensiones representan tranquilidad, patrimonio y certeza para quienes dedicaron décadas de su vida al servicio público. Pero ignorar las restricciones financieras tampoco resolverá el problema; al contrario, ¡lo agravaría!

Cada peso comprometido al pago de pensiones reduce el margen para financiar infraestructura, salud, educación, seguridad o inversión productiva. La presión se vuelve aún mayor mientras el costo financiero de la deuda aumenta y las expectativas de crecimiento económico se mantienen limitadas.

La reforma del ISSSTE de 2007 intentó responder a esa realidad mediante la transición hacia un esquema de cuentas individuales. Casi dos décadas después, el descontento social demuestra que la discusión quedó inconclusa, y claro, era previsible.

Los sistemas pensionarios suelen convertirse en uno de los mayores desafíos fiscales de cualquier economía desarrollada o emergente porque combinan tres variables difíciles de equilibrar, con expectativas sociales legítimas, restricciones presupuestales y cambios demográficos irreversibles.

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Y sumado a ello, México enfrenta una dificultad adicional. Más de la mitad de la población económicamente activa, trabaja en la informalidad. Millones de personas llegarán a la vejez sin acceso a una pensión suficiente o, en muchos casos, sin acceso a ningún mecanismo formal de retiro.

Eso significa que la presión sobre el gasto social no disminuirá, por el contrario, aumentará.

El desafío, por tanto, no consiste únicamente en financiar las pensiones actuales. También implica construir un sistema capaz de incorporar a quienes hoy permanecen fuera de él. Ahí aparece la contradicción que el país ha evitado discutir y solucionar.

México necesita recaudar más para sostener su sistema pensionario, pero mantiene una base contributiva limitada. Requiere crecer más para financiar el envejecimiento poblacional, pero enfrenta obstáculos estructurales que frenan su expansión económica. Necesita formalizar el empleo, pero más de la mitad de su fuerza laboral continúa fuera del sistema.

No existe una solución sencilla, y no se ve pronto luz al final del túnel.

La sostenibilidad del sistema pensionario dependerá de la capacidad del país para crecer más, ampliar su base de contribuyentes, fortalecer el ahorro para el retiro y reducir la informalidad.

La herida que abrió nuevamente el ISSSTE claro que duele, pero es inevitable. Porque el verdadero reto no es resolver la próxima negociación, sino garantizar que México pueda cumplir sus compromisos con los jubilados del futuro sin comprometer la estabilidad financiera del país.

Y cuidado; creo que posponer la discusión puede evitar costos políticos en el presente, pero hará inevitable pagar una factura mucho más alta en el futuro.

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Nota del editor: Manuel Herrejón Suárez (síguelo en X como @ManuelHerrejonS) es un empresario mexicano con más de dos décadas de experiencia en el sector bursátil y mercado cambiario, especialista en gestión de proyectos en el sector financiero. Es Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México y Maestro en dirección de empresas para ejecutivos por el IPADE. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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