Hace no mucho tiempo, abrir una cuenta bancaria implicaba ir a una sucursal, hacer filas interminables y presentar una larga lista de documentos. Hacer una transferencia electrónica significaba ajustarse a horarios hábiles y esperar un número de días para ver reflejado el movimiento. Incluso, acceder a una tarjeta de crédito dependía, muchas veces, de cumplir con una fórmula rígida: un empleo formal, estabilidad laboral y un historial financiero determinado.
La palanca de la economía es la innovación financiera
Hoy, la inmediatez y la transparencia han transformado la manera en que las personas se relacionan con el dinero. Lo que antes era burocrático y lento, ahora es ágil y accesible. Con una identificación y un teléfono celular, millones de personas pueden acceder a herramientas que hace unos años parecían lejanas: pagos digitales, financiamiento flexible, crédito, compras en parcialidades, BNPL (buy now, pay later) y soluciones diseñadas para adaptarse a su realidad.
Esta transformación se ha convertido en un motor real para la economía. La innovación financiera, además de modernizar la forma en que se mueve el dinero, abrió la puerta para más personas, las cuales pueden participar con reglas más claras y condiciones más justas.
Durante décadas, la conversación sobre inclusión se centró en la bancarización. Pero tener una cuenta no necesariamente significa tener acceso real. El verdadero cambio ocurre cuando una persona puede pagar, financiarse y consumir bajo condiciones claras, transparentes y alineadas con su capacidad económica. Es decir, que utiliza los instrumentos de manera favorable con implicaciones positivas en su calidad de vida.
En México, esto es especialmente relevante, donde el consumo privado representa cerca del 70% del PIB, de acuerdo con México, ¿Cómo vamos? con datos del INEGI. Esto significa que una gran parte del crecimiento económico depende de que las personas puedan seguir participando activamente en el mercado.
Es aquí donde la innovación financiera juega un papel estratégico.
Cuando se reducen las fricciones para acceder a productos financieros, también se reducen las barreras para consumir. Y cuanto más personas pueden consumir de forma responsable, más comercios pueden crecer.
Es muy claro, más acceso genera más movimiento económico.
Para los comercios esto significa algo fundamental, un mercado más amplio, más plural y con mayor capacidad de compra. La flexibilidad en métodos de pago abre la puerta a consumidores que históricamente habían quedado fuera por no contar con una tarjeta de crédito o historial financiero. Las temporadas de descuentos y facilidad de pago, eran una oportunidad solo para quienes ya tenían crédito. Pero eso está cambiando.
De esta manera, la demanda contenida se está convirtiendo en demanda activa, y ese efecto tiene impacto en toda la cadena: desde el pequeño comercio hasta las grandes plataformas de retail, pasando por logística, servicios y empleo.
Pero sería un error pensar que esta innovación se limita a digitalizar procesos. La verdadera apuesta está en entender qué motiva a las personas, qué las frena y qué necesitan realmente.
Hoy, la tecnología permite construir modelos de evaluación más sofisticados, que además de mirar el pasado financiero de alguien, también miran su comportamiento actual, sus hábitos y su capacidad real de pago. Eso hace posible ofrecer productos más útiles, más justos y más sostenibles. Y ahí está la diferencia, no se trata de prestar más, sino de prestar mejor.
Una relación financiera sana no debería partir de la fricción o la exclusión, sino del entendimiento y la confianza. Solo así se construyen relaciones de largo plazo, donde las personas mejoran su calidad de vida, los comercios crecen y la economía mantiene su dinamismo.
Por supuesto, los desafíos persisten. Aún hay millones de personas fuera del crédito formal y todavía existe una brecha importante en educación financiera.
Estamos ante el comienzo de una nueva infraestructura económica, donde la innovación financiera amplía oportunidades para un mayor número de personas.
La realidad del día de hoy es que cada peso cuenta y hacer que el dinero circule de forma más inteligente, más flexible y más incluyente puede ser una de las claves para sostener el crecimiento económico del país.
Nota del editor: Ángel Peña es cofuunder y CEO de APLAZO. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor. linkedin.com/in/angel-peña-9b79169b
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