Sin embargo, una segunda pregunta definirá el futuro de los sistemas de salud: ¿cómo garantizar que esos avances lleguen de manera efectiva a todas las personas que los necesitan? Y en realidad, esas personas somos todos, porque eventualmente nos convertiremos en pacientes, ya que ese es el curso natural de la vida.
El valor de un medicamento no termina cuando concluye su desarrollo; ahí apenas empieza. Su verdadero impacto ocurre cuando una madre puede controlar su diabetes y seguir acompañando a sus hijos, cuando una persona con hipertensión evita una complicación grave o cuando una familia recibe más tiempo junto a alguien que ama.
Para eso, la medicina tiene que estar a su alcance: que la comunidad médica la conozca, que la prescriba, que la farmacia pueda surtirla y que el paciente tenga los medios para obtenerla.
En México, esta discusión adquiere una relevancia particular. El aumento de enfermedades crónicas, como la diabetes y la hipertensión, asociadas a la obesidad, así como de otros padecimientos cardiovasculares, convierte el acceso sostenido a los tratamientos en uno de los principales desafíos para los pacientes, las familias y el sistema de salud.
Frente a esta realidad, garantizar el derecho a la salud implica buscar mecanismos para que la innovación alcance al mayor número posible de personas. En esta ecuación, los medicamentos genéricos desempeñan un papel fundamental. Su valor no radica únicamente en ofrecer alternativas más accesibles, sino en permitir que millones de pacientes mantengan la continuidad terapéutica que necesitan para preservar su calidad de vida.
Lejos de representar una competencia para la innovación, los genéricos forman parte del ciclo natural de desarrollo del sector farmacéutico. Los avances científicos generan nuevas opciones terapéuticas y, una vez vencidas las protecciones de la propiedad intelectual, esos beneficios pueden extenderse a una población mucho más amplia.
Cuando un tratamiento no llega a quien lo necesita, la innovación pierde parte de su propósito. Por eso algunos países han demostrado que el acceso y la innovación pueden avanzar juntos. Brasil, por ejemplo, ha fortalecido su industria farmacéutica mediante alianzas público-privadas, transferencia de tecnología, producción local y atracción de inversiones para ampliar el acceso a tratamientos cada vez más sofisticados.