Observo esta transformación desde una perspectiva particular. Soy colombiano, vivo en México y lidero la operación latinoamericana de una empresa estadounidense. Eso me permite ver cómo una misma transacción atraviesa tres realidades: una compañía que factura en dólares, un equipo que opera en pesos y proveedores o profesionales latinoamericanos que necesitan recibir y utilizar su dinero en moneda local.
La escala del reto es enorme. Durante 2025, el comercio de bienes entre México y Estados Unidos superó los 870 mil millones de dólares, según el U.S. Census Bureau. Sin embargo, mientras las cadenas de suministro coordinan inventarios y entregas casi en tiempo real, una parte del dinero sigue moviéndose mediante horarios bancarios, intermediarios y procesos de conciliación diseñados para otra época.
Pensemos en una empresa de autopartes en Monterrey que entrega componentes a una armadora en Texas. Cobra en dólares, pero paga nómina, energía y proveedores en pesos. Si el pago se inicia un viernes después del corte bancario y llega la semana siguiente, la demora se convierte en capital de trabajo que la empresa debe sustituir, incertidumbre cambiaria y tiempo dedicado a localizar y conciliar la transferencia.
Aquí es donde las stablecoins dejan de ser una conversación sobre especulación y empiezan a funcionar como infraestructura empresarial. Una stablecoin vinculada al dólar permite representar y transferir valor digitalmente, todos los días y a cualquier hora. En ciertos corredores puede reducir tiempos, mejorar la trazabilidad y dar a la tesorería mayor control sobre cuándo mueve y convierte su capital.
El matiz importa. No estamos hablando de comprar un activo esperando que suba de precio, sino de utilizar una representación digital del dólar como riel para pagos B2B. Tampoco significa que cualquier moneda, proveedor o corredor sea adecuado. La adopción empresarial exige revisar reservas, liquidez, custodia, cumplimiento, costos de entrada y salida, y la forma en que cada operación llegará a la contabilidad.
Por eso, la pregunta para un CFO no debería ser si su empresa debe “entrar a cripto”. Debería ser mucho más práctica: ¿en qué corredores estamos perdiendo tiempo y margen?, ¿cuánto cuesta recibir un dólar utilizable?, ¿cuánto capital queda inmovilizado durante una transferencia? y ¿qué controles necesitamos para moverlo de forma segura?