Aunque existen diferencias importantes entre los populismos de izquierda y de derecha, ambos comparten una visión de las críticas estructuras de gobernanza internacional. Los primeros suelen enfatizar las desigualdades generadas por la economía global, mientras los segundos combinan con frecuencia el discurso antiélite con el nacionalismo y la defensa de la soberanía. Sin embargo, más allá de estas diferencias, la tensión entre populismo y organizaciones internacionales refleja un conflicto político profundo entre las exigencias de la cooperación global y las demandas de soberanía nacional enarbolada por regímenes populistas con claras tendencias autoritarias.
La actitud de Trump ante la Corte Penal Internacional (CPI) es particularmente reveladora. La Corte encarna la idea de que ciertos crímenes son tan graves que no deben quedar impunes, incluso cuando los Estados involucrados no estén dispuestos a investigarlos. Para Trump y muchos de sus seguidores, en cambio, la Corte representa una burocracia internacional con capacidad para limitar la autoridad de gobiernos nacionales.
En términos discursivos, los populistas aseguran que las organizaciones internacionales están alejadas de la ciudadanía y representan a las élites tecnocráticas transnacionales. Al cuestionarlas, no solo critican determinadas políticas; también fortalecen su narrativa política de confrontación entre el “pueblo puro” y las “élites corruptas”.
Lo interesante, sin embargo, es que su diagnóstico contrasta con la variedad de las estrategias propuestas.
Mientras algunos líderes intentan recuperar competencias para los gobiernos nacionales y defienden decisiones que recaen en autoridades nacionales, como sucedió con Trump al decidir retirar a Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud durante la pandemia de Covid-19. Otros, intentan reformar o renegociar las reglas existentes sin abandonar las instituciones. Pese a su retórica confrontativa, muchos gobiernos populistas permanecen dentro de los organismos internacionales como sucedió con Viktor Orbán en la Unión Europea. Desde allí, Hungría cuestionó repetidamente decisiones relacionadas con la migración, el Estado de derecho y la integración regional.
Otras opciones han propuesto formas más limitadas y flexibles de cooperación internacional; acuerdos bilaterales o coaliciones temporales, en lugar de instituciones universales con amplías burocracias y reglas vinculantes. Proponen formas de cooperación menos intrusivas, como sucede con la Organización de Cooperación de Shanghái, impulsada principalmente por China y Rusia, que ha servido como espacio de cooperación política y de seguridad basado en principios como la no injerencia en asuntos internos y una concepción más restrictiva de los derechos humanos y la democracia.
Finalmente, está también la opción de impulsar instituciones alternativas. Organizaciones y foros como los BRICS aparecen como espacios para promover formas distintas de cooperación internacional y reducir la dependencia de instituciones dominadas históricamente por las potencias occidentales.
El problema es que estas alternativas estratégicas no conforman un proyecto común. Aunque muchos líderes populistas coinciden en su crítica al orden vigente, discrepan sobre comercio, migración, derechos humanos, integración regional y política exterior. Existe una crítica relativamente compartida, pero no una visión consensuada sobre cómo reemplazar las organizaciones existentes.
En última instancia, la tensión entre populismo y organizaciones internacionales está en ¿cómo compatibilizar la demanda de soberanía con la necesidad de cooperación en un mundo profundamente interdependiente? El éxito reciente de los líderes populistas muestra que una parte importante de la ciudadanía percibe a las instituciones internacionales como distantes y poco representativas (o así ha sido la construcción retórica que han aceptado). Las personas, desilusionadas y afectadas por la globalización sin duda que han sido un factor clave. Pero desafíos como las guerras, las migraciones, las pandemias o el cambio climático recuerdan que ningún Estado puede enfrentarlos completamente solos y que la cooperación requiere de estructuras transnacionales que posibiliten la acción colectiva.