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Los libros se convierten en el nuevo oro de la IA

Las empresas de IA buscan libros y documentos humanos para entrenar a sus modelos pero, el negocio abre una nueva disputa por el conocimiento sobre quién lo posee.
Mientras las personas consumen herramientas para leer menos, los modelos de inteligencia artificial apuestan por textos humanos para enriquecerse
La IA no solo depende de la cantidad de información disponible, sino de quien la produce, qué culturas, idiomas y qué perspectivas. (SvetaZi/Getty Images)

Las empresas de inteligencia artificial (IA) regresan a las bibliotecas y librerías en busca de libros escritos por humanos y mientras que internet se llena de contenido generado por máquinas, los textos producidos antes del auge de la IA generativa adquieren un nuevo valor para entrenar modelos.

Una investigación documentada por 404 Media mostró cómo empresas vinculadas con la industria de la IA recurren a libros antiguos que se escanean para convertirlos en datos de entrenamiento, pero el debate no solo es sobre los derechos de autor o la conservación del patrimonio, sino también sobre qué tipo conocimiento está entrando a los modelos.

Patricia Murrieta, investigadora del Tecnológico de Monterrey y especialista en el estudio de la relación entre tecnología, historia y conocimiento, menciona que el valor de los libros para la IA envuelve la parte de que son una fuente de información producida por humanos, por lo que los modelos generativos también pueden entrenarse con datos sintéticos, información producida o procesada por otras herramientas de IA. “El problema aparece cuando estos datos vuelven a alimentar los modelos que pueden contener errores, alucinaciones o información sin un control editorial”, afirma.

La investigadora recalca que los datos de calidad suelen partir de algo llamado “ground truth”, información verificada y certera, categoría en la que entran los libros, artículos y otros materiales producidos por personas, inclusive, el hecho de que un texto haya sido escrito por un humano no significa que sea neutral.

“Los documentos siempre tienen una función que tiene que ver con los intereses de quien escribe y hacia quien va a dirigir”, explicó Patricia Murrieta, pues la diferencia es que, en una investigación histórica tradicional, el especialista conoce ese problema, un historiador no solo lee el documento sino que intenta entender quien lo produjo, en qué momento, con qué intención, y desde qué perspectiva.

Asimismo, los modelos generativos funcionan como cajas negras donde, una vez que grandes cantidades de información entran en ellas, resulta complicado identificar qué parte de una respuesta proviene de una fuente específica y la información se convierte en representaciones matemáticas para que, posteriormente, el sistema genere respuestas a partir de relaciones probabilísticas.

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Patricia Murrieta coloca como ejemplo la historia de México ya que durante décadas el acceso de los investigadores a determinadas fuentes estuvo limitado por la cantidad de documentos existentes y los conocimientos especializados necesarios para analizarlos como la paleografía mientras que la inteligencia artificial puede cambiar esa escala.

“La inteligencia artificial nos ayuda a visibilizar y traer discursos que antes era imposible traer simplemente por la escala enorme”, comentó Murrieta. Por otro lado, la tecnología también puede amplificar los desequilibrios existentes como un experimento realizado por la investigadora del Tec donde le pidió al modelo representar a una mujer mexica y el resultado fue una mujer blanca, sexualizada, y acompañada de elementos estereotípicos asociados desde una mirada occidental con la cultura mexica, por lo que el problema no era solo la imagen sino que el modelo la representaba como una imagen correcta.

Este ejemplo muestra cómo la IA no solo depende de la cantidad de información disponible, sino de quien la produce, qué culturas, idiomas y qué perspectivas. Esto es relevante para América Latina ya que históricamente ha producido enormes cantidades de conocimiento pero no tiene el mismo peso que las grandes tecnológicas en Estados Unidos o China.

Por eso, el hecho de introducir más documentos latinoamericanos a los sistemas de IA puede ser una oportunidad para ampliar la representación del conocimiento pero se plantean cuestiones como: quién recopila esos materiales, bajo qué reglas y con qué propósitos. De esta forma, la investigación histórica puede beneficiarse de esa escala sin renunciar al criterio humano.

“El primer filtro debe ser el pensamiento crítico de la persona que está utilizando y desarrollando la IA como una herramienta, jamás como una sustitución de la capacidad y la interpretación crítica”, mencionó Murrieta.

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Caso Anthropic y OpenAI

La disputa por los libros también está generando un mercado alrededor de los datos con los que se entrenan los modelos, pues el caso de Anthropic muestra hasta dónde puede llegar su valor. En julio de 2026, un juez estadounidense aprobó un acuerdo de 1,500 millones de dólares entre la empresa y autores que denunciaron el uso de sus obras para entrenar claude y el litigio involucró más de siete millones de libros que Anthropic había almacenado en una biblioteca digital.

El caso marcó una distinción ya que el tribunal había considerado que utilizar los libros para entrenar el modelo podría constituir un uso legítimo pero determinó que conservar copias pirateadas de las obras violaba los derechos de autor.

La empresa OpenAI, por otra parte, ha firmado acuerdos de licencia con medios como Financial Times, Axel Springer y Associated Press para utilizar sus contenidos en sus sistemas, por lo que el movimiento muestra cómo el contenido humano comienza a tener un valor distinto donde no solo se consume, también se licencia, se estructura y se convierte en materia importante para los productos tecnológicos.

Por otro lado, el medio 404 Media documentó cómo la empresa ISBNdb ya ofrece a compañías de IA servicios de adquisición masiva de libros impresos para convertirlos en datos de entrenamiento y la misma empresa sostiene que los libros son una fuente de conocimiento humano editado, especializado, y estructurado que un rastreo en internet no puede replicar.

La gran digitalización de libros no comenzó con ChatGPT, pues Google Books reporta que su plataforma reúne más de 40 millones de libros en más de 500 idiomas a partir de colaboraciones con bibliotecas para digitalizar libros físicos y que se puedan rastrear en internet, aunque la diferencia es el propósito debido a que digitalizar un libro no solo es hacerlo accesible sino que puede significar convertirlo en datos que una máquina puede procesar a escala.

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El papel de la lectura

En internet es cada vez más común encontrar artículos que muestran el tiempo dedicado a leerlos junto con herramientas que funcionan para la lectura de libros en segundos.

La investigadora recuerda un anuncio que vió sobre una mujer comprando muchos libros pero en vez de leerlos, sacaba el celular para escanearlos y así obtener un resúmen de los mismos.

La diferencia, explicó Murrieta, está en lo que sucede durante una lectura y es que no puede reducirse a extraer información. La lectura implica detenerse, relacionar ideas, construir imágenes y conectar lo que aparece en una página con recuerdos y experiencias propias, un libro no solo transmite información también abre la mente y crea conexiones cerebrales en la mente del lector.

Mientras las compañías tecnológicas buscan cada vez más información humana para alimentar a sus modelos, los usuarios reciben cada vez más herramientas para consumir esa información sin leerla completa, el hecho de poder resumir de manera automática, ser capaces de convertir cientos de páginas en unos cuantos párrafos, prometen ahorrar tiempo pero como dijo Patricia Murrieta “no todo lo que vale la pena tiene que ser productivo. No todo lo que vale la pena es, de hecho, rápido”.

Es paradójico cómo las empresas de tecnología están invirtiendo dinero, recursos e infraestructura para encontrar conocimiento producido por humanos mientras las personas tienen más herramientas para evitar consumirlo directamente.

Patricia Murrieta consideró que ambas discusiones están relacionadas debido a que el problema no es usar IA para encontrar información o procesar grandes cantidades de documentos, sino convertir esa herramienta en un sustituto de la lectura y del pensamiento crítico.

Por ejemplo, en la investigación histórica, estas herramientas son útiles al ayudar a localizar grandes cantidades de información que ningún especialista podría revisar durante la vida pero la interpretación sigue dependiendo de la persona que se cuestiona quién escribió el documento, en qué contexto, con qué intención y qué sesgos puede contener.

“El primer filtro tiene que ser el pensamiento crítico de la persona que se está enfrentando y utilizando la IA como herramienta, jamás como sustitución de la capacidad y la interpretación crítica”, concluyó.

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