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El negocio detrás de la extinción de la vaquita marina

La totoaba mexicana, una especie que solo se puede encontrar en una pequeña área del Mar de Cortés, posee una gran buche que es muy codiciado entre la élite de China.

Cuando los agentes fronterizos de Estados Unidos allanaron la casa de Song Shen Zhen encontraron una escena desconcertante: había cientos de buches de peces alineados en el suelo de su sala de estar secándose debajo de ventiladores.

Zhen, un chino de 75 años, había sido seguido por las autoridades después de que encendiera las alarmas en Caléxico, California, en la frontera entre México y Estados Unidos. Los funcionarios notaron que las alfombras en su automóvil tenían desniveles y descubrieron bolsas de órganos mojados de peces.

Zhen recibió una sentencia de un año en prisión y debió pagar una multa de 120,500 dólares. Su caso judicial ofreció a las autoridades un singular vistazo de una compleja red de tráfico ilegal de peces.

Lee: El rescate millonario de la vaquita marina

Los buches hallados en su casa pertenecen a una especie de pez altamente protegida en México, el totoaba, y su valor ascendía a más de 3.6 millones de dólares (mdd).

Hoy, cada uno de dichos órganos puede costar hasta 250,000 dólares en el mercado negro. De hecho, han provocado tal fiebre que llevaron a un pequeño pueblo y a una especie de pequeñas marsopas al borde de la extinción.

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El auge de una mafia del pescado

Esta historia, como muchas otras relacionadas con el comercio global, comienza en China.

De alta demanda
Totoabas secándose afuera de una tienda de productos secos en Hong Kong. La imagen fue tomada el 29 de marzo de 2016.

Existe un gran mercado de peces totoaba en ese país : una demanda que se remonta a la medicina tradicional china. Se cree que los buches de pescado secos son afrodisíacos y ofrecen un sin fin de beneficios para la salud. La totoaba mexicana, un pez similar al róbalo, posee una gran buche que es muy codiciado entre la élite del país asiático.

Esta especie de pez solo se puede encontrar en una pequeña área del Mar de Cortés en México, cerca al pueblo de San Felipe, a 193 kilómetros de la frontera con Estados Unidos.

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La gran demanda de un producto suele generar corrupción. Eso es lo que sucedió con la totoaba en San Felipe.

La corrupción quedó expuesta durante una mañana de 2014. Samuel Gallardo paseaba con su familia por la costa cerca a San Felipe, cuando alguien en un vehículo que conducía por ahí le disparó y lo mató. Los vecinos y pescadores locales revelaron después que Gallardo había estado muy conectado en el poderoso cartel de Sinaloa.

nullGallardo había comenzado una nueva empresa. Él y un grupo de personas de la región utilizaban sus conocimientos sobre el tráfico de narcóticos para transportar los buches de totoaba por la frontera de Estados Unidos y, eventualmente, a China. Con el asesinato de Gallardo llegó el fin del secreto. Él había participado en un negocio multimillonario y ahora todos querían formar parte de él.

Después del asesinato de Gallardo, los pescadores locales se dieron cuenta de que estaban frente a una mina de oro. En un día cualquiera, podían obtener entre 5 y 10 dólares por cada kilo de camarón. En México, un kilo de buche de totoaba alcanza a venderse hasta por 8,000 dólares. Los buches completos pueden comercializarse por 250,000 dólares cuando llegan a China. Los precios del buche de totoaba pueden variar significativamente dependiendo del tamaño, la edad y la calidad.

La especie era cosechada por los pescadores locales y por las redes de crimen organizado.

Según un oficial del Ejército mexicano, las organizaciones ilegales llegaron con "redes establecidas, rutas, contactos, puntos de venta y patrocinadores".

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Comparado con la droga, el buche de totoaba resultaba un producto de bajo riesgo y de grandes ganancias, además de tener un valor parecido al de la cocaína. La condición protegida de la totoaba prohibía su pesca, pero las aguas en San Felipe eran escasamente patrulladas. Además, las autoridades en los cruces fronterizos de México, Estados Unidos y China eran mayormente ajenos a cómo lucía un buche de esta especie y durante algunos años el producto pudo fluir libremente.

Recomendamos: La vaquita mariana respira ante la restricción de pesca con redes

En San Felipe, el ingreso de dinero era difícil de ignorar. Los pescadores, que en algún momento ganaban 500 dólares al mes, comenzaron a conducir autos deportivos italianos. Los adolescentes obtenían más de 20,000 dólares en una sola noche de pesca, y muchos alardeaban de su dinero en las redes sociales. Cada noche los bares se llenaban y una sensación de riqueza ilimitada rebosaba las calles.

De pronto, todo se vino abajo

La caída de una marsopa

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El final del frenesí pesquero en San Felipe se le atribuyó a un mamífero marino llamado vaquita marsopa.

Según los científicos, es una de las especies de mamíferos más pequeñas del mundo, así como la más rara. En 1997, se estimaba que quedaban apenas unos cientos de ejemplares de la vaquita marina, que vivían en una área pequeña del océano. Alrededor de sus ojos tiene unas manchas negras distintivas y una sonrisa permanente en el rostro.

A medida que más y más pescadores descendían a las aguas de San Felipe para recoger la totoaba, sin querer comenzaron a capturar las vaquitas con sus redes de pesca. La población de la ya poco común especie era arrasada por el comercio de la totoaba.

De acuerdo al Comité Internacional para la Recuperación de la Vaquita Marina (CIRVA), encargado de monitorear la población de esta marsopa, para mediados de 2017 quedaban menos de 30. La vaquita estaba al borde de la extinción.

Así comenzó un esfuerzo global para salvarla. Las organizaciones ambientalistas y el Ejército mexicano llegaron a San Felipe.

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En 2015, el Gobierno mexicano prohibió el uso de la mayoría de las redes de pesca en el área y así cerró en la práctica el océano para el negocio.

De la noche a la mañana, una comunidad entera de pescadores se quedó sin trabajo. Entonces, se implementó un programa de compensación gubernamental: a los pescadores se les pagaba alrededor de 500 dólares al mes por no salir al mar. Pero para muchos, esta suma resultó ínfima.

"Tengo una familia de tres hijos, mi esposa, y apenas llegábamos a fin de mes. Y algunos lo tienen aún mucho más duro. ¿Qué se supone que debemos hacer? ¿Morir de hambre?", declaró Luis Rivas, un pescador local.

Para gran parte de la población de San Felipe hay muy pocas oportunidades de trabajo fuera de la pesca. De hecho, muchos empacaron sus cosas y se fueron del todo. Hoy, algunas partes del lugar parecen un pueblo fantasma.

Un viejo oeste en el mar

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Una gran parte de los pescadores que se quedaron en San Felipe trabajan en el mercado negro centrado en la totoaba.

Hace más de dos años, soldados armados del Gobierno fueron desplegados en cada esquina del pueblo, un sitio común ahora. Estaban allí para atemorizar a los cazadores furtivos y para evitar que salieran al mar a buscar la totoaba. Pero estos últimos están decididos: se cree que el riesgo vale la pena por la promesa de las ganancias ilegales.

"Hice 116,000 dólares en una sola noche de pesca", dijo Poncho Rubio, quien pescó totoaba en el pasado .

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