OPINIÓN: La estruendosa frivolidad de ser 'jueces' en redes sociales

Las redes sociales se han vuelto en amplificadores de nuestra intolerancia y nuestra ignorancia, con la única intención de la muerte social del prójimo.
En estos tiempos la chismografía y escándalo forman parte de esa búsqueda afanosa del efectismo.
Redes sociales  En estos tiempos la chismografía y escándalo forman parte de esa búsqueda afanosa del efectismo.  (Foto: Cortesía)
Por: JAVIER MARTÍNEZ STAINES

Nota del editor: Javier Martínez Staines es periodista y director fundador de Think Tank New Media. Autor de dos libros y devoto de la gastronomía, los viajes, el yoga, la música, el cine, el whisky, el mezcal y las buenas conversaciones. Las opiniones expresadas en este articulo son responsabilidad de su autor.

(Expansión)— Somos bullys predecibles. A través de este circo de tres pistas llamado social media, reaccionamos con furor ante ciertas manifestaciones (a veces simples errores) de la gente famosa: les llamamos racistas, sexistas, misóginos, ignorantes, idiotas, acosadores y cualquier otra cosa que funcione para propinarles una paliza pública.

Las redes sociales se han transformado en el gran amplificador de todos los demonios de nuestras intolerancias y de nuestra ignorancia. Carroñeros como podemos llegar a ser los seres humanos, señalamos, vociferamos, rebanamos las vísceras y esparcimos los restos por Twitter, Facebook, YouTube y Snapchat, refugiados muchas veces en avatares y anónimos para ocultar nuestra cobardía.

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Frivolidad estruendosa sin filtros, con efectos especiales, vociferada a los cuatro vientos, con la única necesidad de encontrar wifi en el camino. Lo dice con vehemente elocuencia Mario Vargas Llosa en su ensayo La civilización del espectáculo: “…un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal (…). Convertir esa natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias inesperadas: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y, en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo”.

Chismografía y escándalo. Búsqueda afanosa del efectismo. ¡Con ustedes, la exhibición de la ignorancia de nuestros diputados, intentando mencionar tres libros que han marcado su vida! ¡De este lado, la candidata que quiere dar elotes a los aguascalentenses para que no se suiciden! ¡En esta pista los lords y las ladies y los gentlemen y cuanto artilugio –con lujo de detalle vía Periscope– inventamos para exhibir a los impresentables!

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No confundamos esto con un llamado a la no denuncia, que ésa es, precisamente, la mejor parte de las redes: la facilidad instantánea al llamado a la justicia, la conciencia, el apoyo y la defensa de los derechos humanos. No, porque eso sí que hay que estimularlo. La referencia acá es a los afanes de chacalismo y rapiña cuando la única intención es la muerte social del prójimo. Cuando nos transformamos en máquinas de destrucción masiva. Como si tuviésemos todos los denunciantes la estatura moral y la prerrogativa del conocimiento. Oh, sí, somos tantas veces las terribles huestes del moral majority, elevados en un pedestal desde el cual participamos deleitosamente del linchamiento público. Por supuesto, es un placer perverso que se emite con faltas de ortografía, confirmando que el tirador de piedras no está en un mejor nivel que el ajusticiado.

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Lo dijo alguna vez Enrique Krauze hace ya muchos años: “El problema de México no es la falta de discusión. Es la calidad de la discusión”.

Y seguimos ahí, estacionados en el mismo peldaño.

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Y no, tampoco es prerrogativa nacional. Sería simplista e injusto condecorar a México como el único reino de los embates salvajes y virulentos disfrazados de denuncia. En Estados Unidos, donde la mayoría moralina encumbra al fanático construye-muros Donald Trump, basta con que la señorita Blake Lively diga en un pequeño arrebato que es una mujer con cara de L.A. y culo de Oakland (aclaremos que hay una canción con esa letra) para que le lluevan insultos en masa y la tilden de racista irredimible.

No somos sólo bullys irremediables. La verdad es que somos unos cínicos incurables con doble estandarte de moral, que nos autoasignamos el título de Pepes Grillos de la sociedad. Y quienes no coincidan con nosotros, que ardan en las llamas del infierno.

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