OPINIÓN: Señores ‘feudales’, el fondo del problema de la violencia en Acapulco

La descomposición que vive el puerto mexicano en el fondo está anclado en los secretos y articulaciones, juegos y tradiciones, del poder político local.
Violencia  Una de las principales causas del tipo de violencia que sufre Acapulco es la ausencia de instituciones.  (Foto: Cuartoscuro)
Por: PABLO MAJLUF

Nota del editor: Pablo Majluf es periodista egresado del Tecnológico de Monterrey y maestro en comunicación y cultura por la Universidad de Sydney, Australia. Es coordinador de comunicación digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) y profesor de comunicación y periodismo en el Tecnológico de Monterrey. Puedes seguirlo en Twitter como @pablo_majluf. Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad del autor.

(Expansión) — Ahora que Acapulco arde, han resurgido preguntas comunes: ¿Cómo es que “el puerto más bello del mundo”, como se lo calificó en aquellas épocas de esplendor en que miembros del jetset internacional lo elegían para asolearse, casarse y celebrar lunas de miel –desde los Kennedy y Elizabeth Taylor, hasta Ava Gardner y Marilyn Monroe– se convirtió en un surco de la barbarie donde a diario se encuentran cuerpos, fosas, nidos de prostitución y narcomenudeo? ¿Cómo dejamos que ese imán natural del más alto turismo se transformara en un esperpento urbano con impenetrables tugurios, en donde las balaceras están a la orden del día y el crimen organizado atemoriza a la población?

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Aunque válidas, las preguntas son engañosas: sugieren que, de una gloria cuya decadencia no estaba anunciada, Acapulco descendió inexplicablemente al inframundo. Es una visión nostálgica que atribuye el desmoronamiento a un par de décadas de negligencia y descuido: algo que pudo haberse evitado. Pero una revisión más amplia de la historia de esa zona, acaso sugiere lo contrario: que la magnificencia de Acapulco tenía fecha de caducidad desde el principio… que la semilla de la descomposición ya estaba sembrada; una isla de tiempo cuyo hundimiento era fatídico.

Esa semilla es la dinámica del poder local. La visión nostálgica atribuye la descomposición a causas más recientes: un desarrollo turístico voraz, mala planeación urbana, la explosión demográfica, la delincuencia inherente a los servicios turísticos (drogas, prostitución, lavado de dinero) y, desde luego, a la guerra del gobierno federal contra el crimen organizado (recordemos que Guerrero es de los mayores productores de amapola en el mundo). Pero todas estas causas –por cierto conexas–, tan agravantes como sin duda lo son, en el fondo están ancladas en los secretos y articulaciones, juegos y tradiciones, del poder político local; es decir, en la forma de gobernar.

Poco se dice, pero Acapulco, en el marco de su estado, siempre ha sido gobernado por células de caciques que, como documentó Esteban Illades en La noche más triste, “se han rotado los puestos importantes desde antes de la Revolución". Desde 1910 hasta la fecha, apenas unas cuantas familias han gobernado no solo Acapulco, sino todo Guerrero: los Figueroa, los Aguirre, los Añorve, entre otras. Los primeros, por ejemplo, han estado en el poder con gubernaturas, diputaciones y alcaldías, literalmente un siglo entero. Es un entramado de nepotismo que apenas los nobles europeos del siglo XVII soñaron.

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“Desde 1910 hasta la fecha", escribió Illades, "la familia más poderosa en la política del estado ha sido la de los Figueroa, asentados en Huitzuco, a 30 km de Iguala. Los hermanos Figueroa, Ambrosio, Francisco y Rómulo, fueron de los maderistas más conocidos en la zona durante el levantamiento armado en 1911; Ambrosio capturó Iguala y Francisco fue nombrado gobernador provisional en mayo de ese mismo año.” Luego, “Rubén Figueroa Figueroa, sobrino de Francisco, sería gobernador de 1975 a 1981; su hijo, Rubén Figueroa Alcocer, de 1993 a 1996; y Rubén Figueroa Smutny, hijo de este último, sería diputado local por el PRI en la legislatura 2012-2015".

Si revisamos los últimos veinte años, a la sombra de otra de las familias más siniestras –apenas escrutada gracias a la tragedia de Iguala–, resulta que todos sus miembros han estado en el poder una y otra vez. “Ángel Aguirre Rivero, [fue] primero gobernador interino de 1996 a 1999 y después gobernador de 2011 a 2014”, puesto desde el cual “impulsó a su hijo, Ángel Aguirre Herrera, para la presidencia municipal de Acapulco.” Después, “el hermano del exgobernador Aguirre, Mateo, era su coordinador general, y su sobrino Ernesto también trabajaba para el gabinete estatal. Esto sin mencionar que Manuel Añorve, exalcalde de Acapulco y diputado federal durante el trienio 2012-2015, es su primo segundo".

Estos caciques controlan los alicientes del desarrollo: desde el dinero público y los permisos turísticos, hasta los periódicos y la seguridad. Apenas hace un año (en febrero de 2015), por ejemplo, Mateo y Ernesto Aguirre fueron arrestados “bajo la acusación de haber desviado 287 millones de pesos del presupuesto estatal a sus cuentas bancarias desde 2011 y hasta 2014”. Lo mismo cuando Manuel Añorve fue alcalde de Acapulco: “se le acusó de malversar fondos y quebrar al ayuntamiento”. Este tipo de acusaciones, denuncias y anécdotas existen desde 1910 y han manchado a cada alcalde de Acapulco, quienes a menudo son peones del gobernador en turno.

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La correlación es explícita: se sabe hoy que la principal causa del tipo de violencia que sufre Acapulco es la ausencia endémica de instituciones, particularmente la seguridad pública y la procuración de justicia. Pero de instaurarse éstas, los caciques que gobiernan la entidad perderían la perpetuidad que gozan desde hace un siglo. Lo siniestro yace justo ahí. Como dice la vieja ecuación, en Acapulco ‘el Zorro cuida el gallinero’. Para los dueños del puerto las instituciones son impedimento… la violencia solo es colateral.

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Las consecuencias son patentes, y no solo en seguridad. “Al día de hoy, según estudios del Coneval, Guerrero está muy por debajo de la media nacional en todas las categorías de desarrollo. Para dar una escala de la tragedia: un tercio de la población vive en pobreza extrema, lo cual quiere decir que subsiste con menos de un dólar al día –poco menos de una cuarta parte del salario mínimo–. Cuarenta por ciento de la población padece lo que la FAO define como inseguridad alimentaria severa; esto quiere decir que los habitantes de un hogar –adultos y menores– se han ido a dormir, en más de una ocasión, sin haber comido durante todo el día. El mismo porcentaje carece de acceso directo a agua entubada, y 76% de los guerrerenses no tiene drenaje en su vivienda. En servicios de salud, una cuarta parte de la población está en estado de carencia”, etcétera. “La historia de Guerrero va de la mano de estos índices. La pobreza, la falta de oportunidades y la corrupción gubernamental han hecho del estado uno muy volátil desde mucho tiempo atrás” (itálicas mías).

Parece entonces que, si queremos volver a ver a Marilyn asoleándose (y esta vez no provisionalmente), tendríamos que deshacernos de los señores feudales. En otras palabras, llevar ahí la Modernidad.

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