OPINIÓN: Un país dividido, el peor fracaso de la presidencia de Obama

En su discurso de despedida, el presidente estadounidense señaló que su participación en el entorno actual de hiperpartidismo es "una de las cosas que lamenta" de su mandato.
Obama  Será un personaje histórico y el país seguirá celebrando con toda razón el hito de haber elegido (dos veces) al primer presidente negro.  (Foto: Reuters)
Buck Sexton

Nota del editor: Buck Sexton es comentarista político de CNN y conductor del programa The Buck Sexton Show en el sitio TheBlaze. Fue analista de contraterrorismo de la CIA. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor.

(CNN) — El discurso final de Barack Obama al pueblo estadounidense fue exactamente lo que se esperaba.

El comandante en jefe saliente siempre ha tenido talento para dar discursos. En su último evento, combinó la retórica de altos vuelos sobre el "cambio" con los clásicos lugares comunes políticos sobre la grandeza y el futuro brillante de Estados Unidos.

Después de ocho años de oraciones parecidas, esta versión se sintió tan tediosa como la revisión de un tema antes del examen final.

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Fue una formalidad para todo el mundo, excepto para los seguidores más devotos de Obama. Incluso el presidente bromeó al decir que pensaba hacerlo "un poco más breve" que los demás discursos.

El peor fracaso de la presidencia de Obama, según el parámetro de su propia promesa de unir al país, ha sido la división que ha generado. En este discurso incluso señaló que su participación en el entorno actual de hiperpartidismo es "una de las cosas que lamenta" de su mandato. Para un hombre que está más dispuesto a alabar su grandeza que a reconocer sus fallas, esta afirmación breve tuvo un gran significado.

A pesar de este fugaz momento de reflexión, en lo que respecta a los asuntos políticos adoptó un aire altivo y displicente hacia aquellos con quienes no está de acuerdo. En vez de mostrarse magnánimo ante la oposición, Obama optó por sermonear e incluso ser condescendiente.

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En particular, sus comentarios sobre el cambio climático dejaron ver la profunda frustración que siente cuando alguien cuestiona que las emisiones de carbono destruirán al planeta a menos que se tomen medidas drásticas. Burlarse de quienes no están de acuerdo con él en este tema es mezquino y no es digno del presidente.

Ciertamente no todo el discurso fue una pérdida de tiempo. Siempre es bueno escuchar palabras amables sobre los trabajadores estadounidenses, el ingenio y la prosperidad de parte del líder del país, aunque sea en el ocaso de su mandato. Pero el momento más poderoso, por mucho, fue cuando Obama mostró la profundidad de su afecto por su familia. Hasta para los críticos más acérrimos de Obama, ver al comandante en jefe romper en llanto en el escenario, agradeciendo de corazón y expresando su amor por su esposa y sus amadas hijas, creó una escena que trascendió a la política.

Es una pena que no pueda decirse lo mismo de la presidencia de Obama. Fue un ideólogo en todos los aspectos y nunca tuvo un gesto significativo ante la oposición en ocho años de gobierno.

Obama ciertamente será un personaje histórico y el país seguirá celebrando con toda razón el hito de haber elegido (dos veces) al primer presidente negro. Pero deja tras de sí un gobierno que cuenta con menos confianza del pueblo estadounidense que cuando asumió la presidencia, dos partidos políticos que consideran que sus intereses no tienen absolutamente nada en común y un legado de fanatismo ideológico puro.

El legado de Barack Obama entre sombras y luces

Barack Obama tiene suerte de haber podido dar su versión de los hechos en público, por última vez, antes de que los republicanos tomen el poder. Es probable que se echen atrás muchas de sus decisiones políticas más importantes y que el péndulo de la guerra partidista oscile en contra de sus iniciativas más importantes.

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Los demócratas ciertamente tendrán que pagar por sus faltas, pero para entonces, Obama ya se habrá ido.

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