OPINIÓN: Los problemas de desigualdad se hicieron evidentes para la mayoría

Los cambios que vivimos, especialmente la victoria de Donald Trump, solo puede explicarse leyendo mucha novela.
Cuatro premios Nobel discreparonn de las malas políticas públicas, pero los mejores entre ellos no dan la espalda a la discrepancia entre los modelos de pizarrón y la realidad.
Debate  Cuatro premios Nobel discreparonn de las malas políticas públicas, pero los mejores entre ellos no dan la espalda a la discrepancia entre los modelos de pizarrón y la realidad.  (Foto: AFP)
Alberto Bello /

Nota del editor: Alberto Bello es director Editorial de Negocios de Grupo Expansión. Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad del autor.

(Expansión/Davos) – La economía no es una ciencia exacta. “Lo esperable nunca sucede; lo inesperado siempre”, escribió John Maynard Keynes en 1936, una frase que sirvió el jueves de lema para la reflexión de cuatro premios Nobel economistas en Davos.

El tono fue pesimista pero bañado de “se los dije”. Cada uno en su campo había ya anticipado las consecuencias del mal gobierno multilateral de la globalización, la irracionalidad como principio de conducta de los mercados o el incremento de la desigualdad. “Los economistas somos buenos contando tendencias; no tanto poniéndoles fecha”, comentó uno de ellos.

Participaron Robert Schiller, cosecha Nobel del 2013, gran teórico de las burbujas financieras; Christopher A. Pissarides, 2010, especialista en mercados laborales; Josepth Stiglitz, 2001, genio de la información asimétrica y crítico de Trump sin tapujos; y Angus Deaton, 2015, experto del bienestar.

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Se dedicó un tiempo a considerar el último trabajo de Deaton, el Nobel británico, hijo de familia obrera y autor de El gran escape, un extraordinario libro publicado en México por el Fondo de Cultura Ecómica sobre las victorias sobre la pobreza en el siglo XX y sus derrotas.

En un trabajo más reciente Deaton hizo un análisis las altas tasas de suicidio y adicción a los opiáceos entre los trabajadores blancos estadounidenses. Los nacidos en 1960 quienes, debido al cambio tecnológico y la globalización, verán a la mayoría de sus hijos tener una vida peor a la de sus padres, también conocidos como “votantes de Donald Trump”.

Los economistas discrepan de las malas políticas públicas, pero los mejores entre ellos no dan la espalda a la discrepancia entre los modelos de pizarrón y la realidad.

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Los Nobel tuvieron sus momentos de autocrítica. La economía académica es árida, especializada y en exceso separada de otras disciplinas como la antropología, la sociología o la ciencia política, comentaron. Se rieron del gran trabajo de la psicología en destruir algunos fundamentos de la Economía clásica.

Uno de ellos recordó lo duro de llegar a lograr su plaza en una universidad estadounidense, “lo que no deja tiempo para leer o estudiar nada más”. Y eso que los cambios que vivimos, especialmente la victoria de Trump, solo puede explicarse leyendo mucha novela. “Los economistas necesitamos narrativas”.

El primer fenómeno a explicar es la exuberancia de los mercados ante los episodios de victoria antiliberal en Estados Unidos, Gran Bretaña e Italia. Esos “animal spirits” de los que hablaba Adam Smith, la irracionalidad subyacente en los inversionistas sin la cual no existiría inversión, tiene capturados los mercados.

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En 2017, dijeron, veremos un mayor fortalecimiento de la identidad –las mesas comentaban con preocupación las elecciones de Holanda, Francia y Alemania como fenómenos llenos de incertidumbre. Se comentó la falsedad de los argumentos contra México de Trump.

“México redujo sus aranceles en una proporción de tres a uno para acceder al Nafta”. Alguno de los participantes ridiculizó la propuesta de infraestructura del empresario hotelero (mucho más cara e ineficiente que la que los mismos republicanos criticaron a Obama, basada en alianzas público privadas).

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Las propuestas de cambio analizaron la viabilidad de un salario mínimo universal –no hubo consenso entre quienes pensaron que sí y quienes no.

Para los primeros, la tecnología lo hace posible posible; al fin y al cabo los alemanes son quienes menos horas promedio trabajan en la Unión Europea, frente a los muy chambeadores griegos (un efecto de la mayor inversión en tecnología de los teutones).

Para los segundos, el efecto del trabajo en la autoestima y la dignidad, y los incentivos económicos como fundamento de la productividad, lo hacían cuestionable.

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Preguntados a mano alzada, solo una persona entre 80 asistentes pensó que las políticas de Trump y el brexit traerían prosperidad para la clase media a la que prometen servir. La mayoría advierte un punto de inflexión en la globalización.

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Los cuatro economistas encontraron solo un punto positivo en todo lo que sucedió en 2016: por fin los problemas de la desigualdad se hicieron evidentes para la mayoría. La duda, a horas de la inauguración de Donald Trump, es si ya es demasiado tarde.

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