OPINIÓN: Abrir las fronteras de la identidad, la salida de México ante Trump

Como abogado del discurso inclusivo, México debe seguir la fórmula que hiciera grande a EU: una migración masiva que replantearía la misma idea del país como receptáculo voluntario de culturas.
Anti-Trump  Tras el anuncio de la visita del candidato republicano a México en agosto, hubo muestras de rechazo por parte de la población.  (Foto: Reuters)
Pablo Majluf

Nota del editor: Pablo Majluf es periodista egresado del Tecnológico de Monterrey y maestro en comunicación y cultura por la Universidad de Sydney, Australia. Es coordinador de comunicación digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) y profesor de comunicación y periodismo en el Tecnológico de Monterrey. Puedes seguirlo en Twitter como @pablo_majluf. Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad del autor.

Para Isabella, descendiente de migrantes…

(Expansión) — Se ha dicho que una de las posibles salidas de México frente a Donald Trump es asumir –a los ojos del mundo– el discurso liberal, descartado por su previo portaestandarte. Que el alumno acoja los valores del maestro desertor. La apropiación debe ser primero simbólica: México como abogado del discurso inclusivo. Pero, para ser creíble, en algún momento debe ser consecuente: México como praxis del discurso.

Sin embargo, sabemos que nuestra realidad lo dificulta. Tomemos casi cualquier medida –¿Derechos humanos? ¿Estado de derecho? ¿Seguridad?– y la tarea es ardua. Podemos profesar lo que queramos, pero nadie nos quitará la prueba de predicar con el ejemplo, a menos que decidamos una retórica vacía, hipócrita. Y es ahí donde estamos obligados a ver hacia adentro.

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No obstante, sí hay una puerta que podemos abrir ya, al tiempo que nos volvemos congruentes: la inmigración. Nuestra propia Ellis Island. Esta semana lo proponían Margarita Zavala y Sergio Sarmiento: abrir totalmente las fronteras. Invitar a rusos, chinos, árabes, europeos, indios, latinos, etcétera, de todos colores y sabores (siempre que cumplan los debidos protocolos de seguridad). Tenemos el tamaño, los recursos, la geografía y las instituciones para hacerlo. Apenas exige justificación: así se hizo grande Estados Unidos, y qué mejor para la apropiación discursiva.

Pero busco una justificación más endógena. Una invitación a la migración masiva significaría replantear la misma idea de México, ya no como un perdedor conquistado, de identidad esquizofrénica, sino como un receptáculo voluntario de culturas. Cierto que México ha sido destino envidiable de muchos, y que en momentos luminosos de nuestra historia ha habido excepciones –éxodos español, argentino, judío y libanés, entre otros–, pero como apuntó Sarmiento, hoy apenas 0.8% de nuestra población es extranjera, lo que nos deja lejos de ser un recipiente de migración global. Nuestra propia xenofobia, las ideas seculares del excepcionalismo hispanoamericano, la doctrina antianglosajona, el aislacionismo, la raza cósmica y no un menor número de leyes, han impedido nuestro potencial acogedor (¡y cuánto hemos perdido!)

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Quiere decir que nos debemos reexaminar a nosotros mismos. Reformular los mitos fundacionales de identidad. El extranjero ya no como un extraño enemigo, sino como un cercano amigo. Yace ahí, en la reinvención propia, la bienvenida que le demos a los otros pueblos. No llegarían a explotar económica y racialmente, usando sus previas nacionalidades como distintivo de clase (yo no soy mexicano, soy alemán), sino que se integrarían a un nuevo pueblo, para que sus descendientes sean orgullosamente mexicanos. Melting pot, si usted quiere. Qué mejor antídoto a nuestra división racial.

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La historia es imborrable, pero podemos darle un nuevo significado desde el futuro. Imaginemos una tierra donde el promedio tenga, de un lado, abuelos griegos y españoles, y del otro, árabes y filipinos. Ya no un pueblo cuyo arquetipo de padre es un trasgresor de indígenas vírgenes, ni de madre una traidora; sino las semillas de una generación verdaderamente global, con todo lo que eso implica, incluso la transformación de nuestra fisonomía, lengua, comida y demás folclores.

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Claro que la migración es voluntaria, no se puede forzar: ocurre cuando el destino supera al origen. Pero de nuestro lado no ha habido ni una invitación. Y basta con darse una vuelta al Instituto Nacional de Migración para ver los cientos de miles de anhelosos –de todos los países, incluso los más ricos (pues no solo de pan vive el hombre)– que ven en México una tierra de oportunidades. Por eso, en 2013, el New York Times publicó un reportaje especial titulado México es la nueva tierra de oportunidades para migrantes (For Migrants, New Land of Opportunity is Mexico) sobre cómo el mundo ve en nosotros un refugio; un suelo de libertad, laicidad, diversidad y riqueza. Además, la migración se justifica sola: son los migrantes los que, en el tiempo, y con un plan serio de integración, mejorarían nuestra realidad, no al revés; es decir, los problemas de México no son excusa para postergar la bienvenida.

Mexicanos, que el pasado no sea prólogo, abramos las fronteras, asumamos –en praxis y logos– la libertad. Nada nos fortalecería más para la nueva lucha.

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