OPINIÓN: Mentir le ha funcionado a Donald Trump. ¿Por qué habría de cambiar?

No es raro que en política se escoja qué hechos dar a conocer… pero el presidente de Estados Unidos excede la norma por mucho.
El presidente estadounidense Donald Trump ha confundido a los analistas y a los expertos que tratan de analizarlo, señalan expertos.
Análisis  El presidente estadounidense Donald Trump ha confundido a los analistas y a los expertos que tratan de analizarlo, señalan expertos.  (Foto: AFP/Alex Wong)
MICHAEL D'ANTONIO

Nota del editor: Michael D'Antonio escribió el libro Never Enough: Donald Trump and the Pursuit of Success (St. Martin's Press). Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor

(CNN) — Hay que darle puntos a Donald Trump por su audacia constante. Cuando mientes, distorsionas y haces cómplice a Dios mientras te diriges a los empleados de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (en donde los hechos son la moneda de cambio), tienes que confiar totalmente en tus habilidades.

En los primeros días de su presidencia, Trump ha demostrado que seguirá desatando el caos respecto a los hechos demostrados, incluso mientras tacha cosas de su lista de pendientes políticos.

El lunes 23 de enero repitió la falsa afirmación de que millones de boletas electorales ilegales de inmigrantes indocumentados le impidieron ganar el voto popular en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en noviembre.

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La falsedad más reciente, que los legisladores denunciaron ante CNN y otros medios noticiosos, no tiene base en la realidad y aparentemente se originó en sitios web que promueven teorías de la conspiración.

Sin embargo, al igual que con muchas de las distorsiones que Trump ha hecho circular, la historia del fraude electoral indica que se merece más crédito y reconocimiento del que ha recibido.

A lo largo de su vida, Trump ha insistido en que es más rico de lo que la gente reconoce. Ahora, haber ganado la presidencia no basta. Quiere que el marcador final se ajuste en su favor.

Las quejas y las distorsiones de Trump indican que aun cuando lleve a cabo sus deberes como presidente de Estados Unidos, promoverá concienzudamente su percepción alternativa de la realidad.

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Al día siguiente de su discurso de toma de posesión, Trump negó, en un discurso para los empleados de la CIA, la vasta evidencia fotográfica e insistió en que a su toma de posesión había asistido una multitud "que aparentemente era de un millón o millón y medio de personas".

Luego, reclutó al Todopoderoso para que le apoyara en su mentira y dijo que el cielo había impedido que lloviera durante su discurso "y luego se puso realmente soleado". Llovió todo el tiempo.

Trump dio el discurso de 15 minutos en su primer día en la presidencia, de pie frente al Muro de las Estrellas que conmemora a los agentes de la CIA que murieron en el desempeño de su deber.

Es difícil imaginarse que alguien pueda pararse allí y hablar con tan poco respeto por la exactitud y la verdad. Sin embargo, se trata de Donald Trump, quien no llegó a donde está por ser cuidadoso, preciso y mesurado.

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Donald Trump se volvió un personaje público en Nueva York promoviéndose como magnate inmobiliario exitoso… antes de haber construido un solo desarrollo. Ese primer desarrollo dependía de una mentira que contó al ayuntamiento de Nueva York, de un documento sin firmar y de una afirmación exagerada para reclutar a los hoteles Hyatt como socios. Funcionó.

A ello siguió toda una vida de falsedades grandes y pequeñas; algunas involucraron identidades falsas. La mayoría involucró lo que Trump llama "hipérbole veraz". En esta categoría entra su afirmación de que se suponía que iba a subirse en un helicóptero que se estrelló, que su riqueza es mucho mayor a lo que se ha reportado y que es dueño del edificio Empire State.

Cuando se descubren sus engaños, Trump ataca a quienes verifican la veracidad de sus afirmaciones. En el episodio del Empire State, no se defendió, sino que emprendió la ofensiva y dijo que Selina Scott, una reportera de la televisión británica, era "una periodista de tercera".

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De hecho, a lo largo de su vida, Trump ha desviado las críticas con ataques contra la prensa. Este tema fue uno de los principales elementos de su campaña presidencial: tildó a los periodistas de "escoria", "deshonestos" y "desagradables". Repitió la acusación en la CIA a finales de enero.

Aunque el talento político suele incluir la selección cuidadosa de los hechos y batallas con títeres, Trump excede por mucho la norma y ha confundido a los analistas y a los expertos que tratan de analizarlo.

Durante su campaña, que incluyó muchas afirmaciones engañosas sobre sus oponentes, mucho se escribió y se dijo sobre que podría dar "un giro" para demostrar que puede ser presidencial. Este giro no ha ocurrido y, ahora que está en la presidencia, parece que no tiene la intención de darlo.

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Para entender la razón hay que reconocer los antecedentes de este hombre y la dinámica del mentir y de salirse con la suya.

Sabiendo que el carácter forja el destino, los padres les enseñan a sus hijos a decir la verdad, pero los preescolares descubren invariablemente que no siempre es necesario ser honesto.

En la vida de un preescolar hay pocas cosas más emocionantes que decir una mentira tremenda y que a un adulto le parezca divertido. Más adelante, los niños aprenden a decir mentiras más sofisticadas que tienen más probabilidades de pasar desapercibidas y se dan cuenta de que todos son capaces de engañar.

El ajuste de la adolescencia requiere que hagamos las paces con el hecho de que mentir es parte de la naturaleza humana. La gente suele clasificar los engaños según el daño que causan o, en algunos casos, por el bien que puede lograrse con ellos.

Los economistas y otros estudiosos del fenómeno social han documentado la prevalencia de las mentiras y han demostrado que la gente se siente más cómoda al mentir si sienten que su engaño ayudará a alguien a quien vale la pena ayudar.

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Afortunadamente, es poca la gente que dice mentiras grandes habitualmente. La neurociencia demuestra que la incomodidad que la gente siente cuando miente suele disminuir entre las personas que engañan regularmente.

Cuando Tali Sharot, investigadora del University College de Londres, habló de esto con un escritor de la revista estadounidense New York, dijo: "Después de cierto tiempo, el valor negativo de la mentira (la sensación negativa) deja de estar tan presente".

Claro que a la mayoría nos gustaría que nos consideraran confiables y sabemos que todas las relaciones, tanto las personales como las políticas, dependen de decir la verdad confiablemente. La excepción son quienes descubren que pueden salirse con la suya e incluso beneficiarse al distorsionar los hechos.

Quienes son capaces de los engaños más sofisticados son personas audaces, temerarias e incluso pueden reclutar a otras personas para que les ayuden en el proceso.

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La historia está llena de ejemplos de mentiras (dichas y solapadas) que han tenido resultados escandalosos. El delito y el encubrimiento que condenó la presidencia de Richard Nixon fue un despliegue profuso de los peligros del engaño.

El colapso de las llamadas empresas puntocom (entre ellas Enron y Worldcom) fue consecuencia del desarrollo de mentiras sistémicas.

En la vida de Trump antes de la política podemos ver ejemplos parecidos, entre ellos que insistió en que su director de relaciones públicas afirmó que los índices de audiencia de su programa de televisión The Apprentice habían sido más altos de lo que mostraban los hechos.

Durante las elecciones, su trayectoria fue pésima en lo que respecta a la veracidad. El sitio web apartidista Politifact.com informó que solo el 16% de los cientos de declaraciones de Trump que habían analizado era más que "medias verdades".

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Aunque lo denunciaron por ello, siguió haciéndolo hasta el final de la campaña e incluso después. En el proceso, recurrió a su aparato de campaña para que respaldara cualquier cosa que dijera en mítines, entrevista y debates.

Después de las elecciones, Scottie Nell Hughes, prominente partidaria de Trump, dijo a Diane Rhem, conductora de un programa de radio pública, que "desafortunadamente ya no existen los hechos".

En medio de la controversia que causaron las declaraciones de Trump en la CIA, su secretario de prensa, Sean Spicer, aprovechó su primera presentación ante el cuerpo de prensa de la Casa Blanca para respaldar las afirmaciones del jefe con un discurso lleno de imprecisiones acerca de la toma de posesión (incluso dio cifras exageradas sobre el uso del sistema de transporte público local). Luego, Kellyanne Conway explicó que al contradecir las pruebas a las que todo el mundo tenía acceso, Trump simplemente estaba dando "hechos alternativos".

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La referencia de Conway a los hechos alternativos y la extraña perorata de Spicer provocaron duras críticas que podrían inquietar a quienes no están habituados al estilo de combate a los hechos de Trump.

La siguiente ocasión que se reunió con los reporteros, con quienes tiene que lidiar regularmente, Spicer trató de hacer que lo entendieran… de una forma en la que Trump nunca lo habría hecho.

Dijo: "La narrativa por defecto (de la prensa) siempre es negativa y eso es desmoralizador. Es un poco desmoralizador porque cuando estás allí sentado, miras afuera y te asombra lo sorprendente que es la vista y la cantidad de personas que hay, pero luego enciendes el televisor y ves fotos que comparan esto o aquello".

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Es fácil ser empático con la experiencia de Spicer, pero si se siente desmoralizado es principalmente porque es parte de un equipo al mando de un hombre que nunca ha estado satisfecho con sus logros reales.

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