OPINIÓN: El plan fiscal de Trump, amigable con los multimillonarios

Aunque lo eligieron con la idea de que es un hombre del pueblo, el plan de reforma fiscal del presidente de Estados Unidos deja en claro que está representando a los multimillonarios.
Estrategia  Lo que parece una política legislativa coherente indica que el plan principal de Trump se inspiró en las viejas tácticas de Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes, señalan analistas.  (Foto: EFE)
Edward J. McCaffery

Nota del editor: Edward J. McCaffery es director fiduciario del fondo Robert C. Packard y profesor de Derecho, Economía y Ciencias Políticas en la Universidad del Sur de California. Escribió el libro Fair Not Flat: How to Make the Tax System Better and Simpler. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) — Lo que hemos aprendido sobre las tendencias de Donald Trump en política fiscal es la prueba principal de su presidencia engañosa. Aunque lo eligieron con la idea de que es un hombre del pueblo, el plan de reforma fiscal de Trump deja en claro que está representando a los multimillonarios.

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Lo que parece una política legislativa coherente indica que el plan principal de Trump se inspiró en las viejas tácticas de Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes. Ryan tenía un plan retorcido pero hábil:

  • Uno: abrogar pero no reemplazar del todo a Obamacare;
  • Dos: implementar una reforma fiscal empresarial que contenga un nuevo impuesto de "ajuste fronterizo", también conocido como arancel; y
  • Tres: implementar reducciones generales al impuesto sobre la renta y derogar el impuesto estatal.

A grandes rasgos, esto representaría pérdidas por dos billones de dólares (a lo largo de 10 años) para las clases más bajas; de ellos, 24 millones de personas perderían su seguro de gastos médicos y todos pagarían más por artículos básicos a causa del impuesto de "ajuste fronterizo".

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También representaría ganancias por aproximadamente dos billones de dólares para las clases altas, que se beneficiarían de la derogación de los impuestos de Obamacare, de la reducción de las tasas de impuestos empresariales, de la reducción de las tasas del impuesto sobre la renta y de la eliminación del impuesto estatal.

Pero ¡ay!, el plan principal no funcionó del todo. Resulta que la gente puso atención a los detalles, tales como el de los 24 millones de personas que perderían su seguro de gastos médicos.

Pero no hay de qué preocuparse: ahora, Trump está preparando su plan B, otro truco republicano probado y comprobado para lograr que el país acceda a implementar aún más reducciones fiscales para los ricos. Steven Mnuchin, secretario del Tesoro de Estados Unidos, dijo que el plan fiscal de Trump dependerá del crecimiento económico para pagarse y así podremos avanzar con el tercer paso, que es con el que los multimillonarios obtendrán los verdaderos beneficios. ¡Bienvenida nuevamente, economía mágica!

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Desafortunadamente, la verdadera política fiscal tendría que ser más que un espectáculo de magia al estilo Las Vegas. Hay dos conjuntos de problemas dolorosamente graves que trae consigo el regreso de la brujería a la economía de la oferta.

Primero, es un asunto fiscal riesgoso. La Comisión para un Presupuesto Federal Responsable, órgano apartidista, reportó que en Estados Unidos no ha habido una tasa de crecimiento sostenido del 4% (tasa que pretenden alcanzar los trumpianos optimistas) desde principios de la década de 1960, cuando la población del país era joven y crecía.

Aunque el crecimiento alcanzara ese nivel idealista, las tasas de interés, que siguen en mínimos históricos, ciertamente aumentarían. Esto afectaría por partida doble al gobierno federal porque tendría que financiar más deuda por los recortes fiscales y tendría que hacerlo a tasas de interés mayores.

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Como está la situación, el gobierno federal gasta más en intereses sobre su deuda que en educación, energía y medioambiente, asuntos internacionales y ciencia… en conjunto. Si se incrementaran ambos niveles de deuda y la tasa de interés, el gasto interno discrecional se vería devastadoramente afectado en las próximas décadas.

En segundo lugar, si nos arriesgáramos a endeudarnos más para apostarle al crecimiento, ¿por qué la reducción a los impuestos a los ricos será la prioridad?

Los ricos de por sí ya pagan pocos impuestos o ninguno, como lo sabe bien el mismo Trump. ¿De verdad la eliminación del impuesto estatal es la mejor forma de hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande, de generar más empleos para los estadounidenses? Entonces ¿los herederos de Sheldon Adelson no tendrán que pagar impuestos nunca?

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¿No sería mejor gastar esos billones para los millonarios en, digamos, reducciones a los impuestos a la clase media, inversión en infraestructura y en educación? Tal vez sobre un poco para ciencia, medioambiente y asuntos internacionales.

Donald Trump resultó electo porque prometió que sería un hombre del pueblo, un gobernador de los olvidados. Ahora parece que es él quien ha olvidado. Su plan A para la reforma fiscal era quitarles a los de abajo para darles a los de arriba. Como el pueblo se lo impidió porque resulta que les gusta tener seguro de gastos médicos, Trump recurrió al plan B: quitarle al futuro para darles a los de arriba.

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Esperemos que la gente vuelva a levantarse para impedir el más reciente intento de dar dinero a los multimillonarios. Tal vez, solo tal vez, Trump podría cumplir su promesa de ser una clase nueva de político, uno que trabaje por la clase media estadounidense.

Podría darnos un plan C: una reforma fiscal que, en vez de dar más ayudas a la clase multimillonaria, les pida que compartan más con el resto. Desafortunadamente, es esa reacción sensata a la creciente desigualdad económica y a las inquietudes políticas relacionadas la que suena a vudú en estos días.

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