OPINIÓN: Cuándo llamarle a un dictador… y cuándo pedirle que deje un mensaje

El problema de Corea del Norte es un problema regional y mundial porque se cruzan los intereses de muchos otros países, entre ellos China, Japón, Rusia y más que nada, Corea del Sur.
Trump busca reuniones con líderes polémicos
John Kirby

Nota del editor: John Kirby es analista de seguridad nacional de CNN; es contraalmirante retirado de la Armada estadounidense y fue portavoz de los departamentos de Defensa y Estado durante la presidencia de Obama. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) — Ha sido interesante todo lo que se ha dicho acerca de la relación de Estados Unidos con los dictadores. Donald Trump, presidente de Estados Unidos, llamó la atención sobre este asunto cuando comentó que estaba dispuesto a hablar con los líderes de Filipinas y Corea del Norte.

Es evidente que hay veces en las que un presidente debería reunirse con un dictador o líder con quien tiene profundas diferencias ideológicas, independientemente de lo desagradable que sea.

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Como dijo alguna vez Churchill: "reconocer a una persona no necesariamente es un acto de aprobación. Uno tiene que reconocer muchas cosas y a mucha gente en este mundo de pecado y aflicción aunque no le guste. La razón por la que hay relaciones diplomáticas no es repartir cumplidos, sino asegurar lo que nos conviene".

La pregunta no es si debemos reunirnos o no con un tirano, sino cuándo, cómo y en qué circunstancias.

Franklin Roosevelt se reunió con Joseph Stalin; Dwight Eisenhower invitó a Nikita Krushev a Washington; Richard Nixon estrechó la mano de Mao Zedong. George H. W. Bush negoció con Hugo Chávez y su hijo le dio la bienvenida a la Casa Blanca a Islam Karimov, dictador de Uzbekistán. Barack Obama reanudó las relaciones diplomáticas con el hermano menor de Castro, Raúl.

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Se puede argumentar que las relaciones pueden generar cambios positivos, que ignorar y aislar a un tipo malo solo le sirve como incentivo para seguir portándose mal. De hecho, hay quienes argumentan que esto es exactamente lo que se ha logrado al meter a Kim Jong Un a la congeladora. Si le aplicamos la ley del hielo, él nos pinta un dedo.

Según ellos, las sanciones, la suspensión de relaciones diplomáticas, la diplomacia de cañonero, etc., solo han servido para convencer a Kim de avanzar más agresivamente con su programa de armas nucleares. ¿Por qué no abrir la puerta a la negociación para ver qué diálogo se puede entablar?

"La idea es que si nos mostrábamos corteses o si nos abríamos al diálogo con gobiernos que habían sido hostiles con nosotros en algún momento, de alguna forma dábamos una impresión de debilidad", dijo Obama en 2009. "El pueblo estadounidense no se lo creyó. Y hay una buena razón por la que el pueblo estadounidense no se lo creyó: porque no tiene sentido".

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Obama tenía razón. Pero aquí es donde la cosa se pone complicada. Ahí es en donde funciona tan bien ese enfoque populista que a Trump le encanta adoptar. Ningún dictador es igual a otro, ni lo son los problemas relativos a la seguridad nacional estadounidense.

Kim Jong Un no es Raúl Castro.

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Castro tiene un sistema económico y político en ruinas que necesita desesperadamente inversiones extranjeras y —lo reconozca o no— exposición a valores liberales.

Kim tiene todas esas cosas… y armas nucleares. Además, está desarrollando rápidamente los medios para montarlos en misiles de medio y largo alcance. Salvo por la legitimidad internacional que ansía, en este momento tiene pocos incentivos para negociar.

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Lo que sí tiene es incentivo para ganar la carrera armamentista con el fin de tener la ventaja si hay negociaciones. Tiene la capacidad de llevar la situación a un nivel en el que la supervivencia de su régimen no pueda quedar bajo amenaza.

Si se llevara a cabo una reunión bilateral con Kim en este momento, sin condiciones previas, y se demostrara que hay un compromiso para desnuclearizar la península, lo único que se lograría es envalentonarlo para acelerar su programa. Se legitimaría su brutalidad extrema e implacable contra su propio pueblo. También se restaría legitimidad al proceso de negociaciones que tanto Estados Unidos como sus aliados han intentado preservar por todos los medios.

Debemos recordar que el problema de Corea del Norte es un problema regional y mundial porque se cruzan los intereses de muchos otros países, entre ellos China, Japón, Rusia y más que nada, Corea del Sur.

Si se entablan negociaciones directas con el gobierno norcoreano, sin la participación ni la opinión de Corea del Sur, sería casi seguro que cualquier reconciliación perjudicaría a Corea del Sur y envalentonaría a la del Norte.

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Donald Trump ha hecho bien en subrayar la importante función de China para resolver esta crisis. El camino a Pyongyang pasa por Beijing, sin duda. Pero como señaló también Henry Kissinger, debemos dejarle claro al gobierno norcoreano que el camino a Washington pasa por Seúl.

"La reconciliación de Estados Unidos (o de Europa) con Pyongyang sin que se reconcilien ambas Coreas se lograría con el riesgo de que la postura de Pyongyang respecto a Corea del Sur se endurezca gradualmente, lo que a final de cuentas desmoralizaría al gobierno surcoreano", advirtió Kissinger en 2001. Y eso sigue siendo cierto hoy.

También tenemos a Rodrigo Duterte, el presidente hampón de Filipinas… aliado de Estados Unidos. Se trata de un hombre que ha presumido de sus homicidios, que caviló sobre haberse perdido de la violación de una joven misionera, que llamó hijo de p. a Obama, que amenazó con cancelar la alianza militar con Estados Unidos y que casualmente dirige un operativo antidrogas que, según algunos cálculos, ha provocado el asesinato extrajudicial de unas 7,000 personas.

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¿Mencioné que es aliado de Estados Unidos?

Bueno, pues recibió una llamada de Donald Trump a principios de mayo, que en sí no es algo malo. Hay mucho de qué hablar… pero parece que Trump no aprovechó la oportunidad para manifestar sus dudas sobre la forma en la que Duterte está dirigiendo a su país, violando los derechos humanos de sus ciudadanos y tratando a su mejor aliado, Estados Unidos.

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Cuando le preguntaron sobre la invitación a Reince Priebus, jefe de gabinete de la Casa Blanca, dijo que la llamada fue parte de un esfuerzo de formar una coalición internacional contra Kim Jong Un, el mismo Kim Jong Un con quien el presidente de Estados Unidos aparentemente está dispuesto a negociar.

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Para ser justos, Trump y su secretario de prensa dejaron en claro que este no es el mejor momento para negociar con Kim… aunque no dejaron bien claro cuáles serían las condiciones propicias. Pero es demasiado decir que Filipinas tiene una función vital para presionar más a Corea del Norte.

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Puede ser que sean aliados y puede ser que sea importante para combatir a los grupos terroristas en la región y para reducir las tensiones con China en el mar del sur de China, pero la República de Filipinas no tiene ningún poder diplomático, económico o militar en el noreste de Asia.

Por esa razón es difícil saber exactamente por qué se hizo esta llamada en primer lugar. La única noticia que salió de ella (que aparentemente también fue noticia para el personal del Departamento de Estado que ayudó a programarla) es que Donald Trump le ofreció a Duterte recibirlo en la Casa Blanca.

Hay que repetir que esto se trata del contexto. Es normal que un aliado visite Washington, e incluso es aburrido. Pero hacerle la oferta a este hombre, en este momento en particular, es ponerlo al nivel de un estadista, nivel que no se merece.

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Definitivamente deberíamos hablar con él. Deberíamos hacerlo enérgicamente e incluso agresivamente, ya sea en Manila, en un lugar neutral o en la próxima cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN, por sus siglas en inglés). Pero darle crédito, el visto bueno, al invitarlo a una reunión en la Casa Blanca (la casa del pueblo estadounidense), es denigrar el Estado de derecho y escupir a la cara de miles de filipinos inocentes que han sufrido el azote de Duterte.

Si se le puede creer a Priebus, el haber llamado a Duterte no es, en palabras de Winston Churchill, un esfuerzo por hacerle un cumplido. Pero tampoco es nuestra intención asegurar algo que nos conviene. Según la Casa Blanca, lo que queremos es asegurar aquello a lo que ya deberíamos tener derecho gracias a la alianza: su compromiso recíproco de colaborar con Estados Unidos en contra del verdadero agresor de la región.

Entonces deberíamos empezar por recordarle al presidente Duterte que este tratado no solo depende de la cooperación militar, sino que también su país prometió, en 1951, que reconocería la relación histórica que unió al pueblo filipino con el estadounidense en un "lazo común de empatía e ideales mutuos".

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Hasta que demuestre que está dispuesto y que es capaz de cumplir su compromiso, no deberíamos mancillar esos ideales dándole audiencia a Duterte en la Casa Blanca.

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