OPINIÓN: Venezuela, al borde del abismo

Ante la crisis económica, política y social generalizada en el país sudamericano, el presidente Nicolás Maduro reacciona con mano dura y una alternativa política que es inaceptable y tardía.
¿Hacia dónde va el conflicto en Venezuela, sumida en una espiral de descontento?
Horacio Vives Segl / / Profesor del Departamento Académico de Ciencia Política del ITAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

(Expansión) — Hace no muchos años Venezuela experimentaba importantes tasas de crecimiento, contaba con un liderazgo carismático que implementó un modelo de gobierno —si bien con riesgos señalados desde su temprana aplicación— y tenía una gravitación regional; todo ello sustentado en favorables finanzas petrolizadas. En los últimos años, como en la fábula de Aquiles y la tortuga, el gobierno chavista encabezado por Nicolás Maduro se ha ido acercando asintóticamente al despeñadero, sin que haya caído.

Hoy día, la situación se agrava exponencialmente y los recursos políticos del gobierno son cada vez más ineficaces.

Desplome económico

Por citar solo un indicador del Banco Mundial, la segunda mitad del largo gobierno de Hugo Chávez tuvo en general un desempeño económico descollante. En 2004, Venezuela tuvo un crecimiento récord de 18.3%; entre 2005 y 2008, fue en promedio de 8.6%. El bienio 2009-2010 registró una caída del PIB de 2.4%, para recuperarse de 2011 a 2013 con un crecimiento promedio de 3.7%.

El último año del que se tienen cifras del Banco Mundial, el 2014, la caída del PIB fue de 3.9%. Desde entonces, tanto la caída del PIB como otros indicadores macroeconómicos, dan cuenta del desastre financiero generalizado en Venezuela. El desplome económico coincide con la muerte de Hugo Chávez, en marzo de 2013. A partir de entonces, el anochecer se hizo cada vez más negro para los venezolanos.

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Maduro, incompetente y autoritario

Maduro no es Chávez, ni las condiciones del país son las mismas. Desde que asumió la presidencia de Venezuela hace cuatro años, en abril de 2013, no ha hecho otra cosa que dilapidar el capital político que le heredó el “héroe de la Revolución Bolivariana”. Se encuentra debilitado y cuestionado por la ineficacia, los actos de corrupción y los señalamientos de que en su entorno inmediato se encuentran personajes con presuntos vínculos con narcotraficantes y organizaciones criminales. Puntualmente, su polémico vicepresidente, Tareck El Aissami.

En lo económico, su gobierno ha tomado medidas que han estrangulado a la industria nacional, intervenido empresas extranjeras y dificultado el comercio, de tal manera que ha pauperizado a los venezolanos. En lo político, populista y autoritario, ha sido dictatorial e implacable con la disidencia, avanzando sobre las instituciones venezolanas y polarizando al país. Por ello, ha enfrentado diversos ciclos de movilizaciones y protestas, los más notorios, el de febrero de 2014 —que llevó al encarcelamiento de uno de los principales líderes opositores, Leopoldo López— y el que se desarrolla actualmente, desde principios de abril de 2017.

El choque con el Congreso

Al celebrarse las elecciones legislativas de diciembre de 2015, el chavismo sufrió un duro revés. A partir de enero de 2016, los partidos opositores que integran la Mesa de Unidad Democrática, controlan la Asamblea Nacional (esto es, el Poder Legislativo federal, el congreso unicameral venezolano). Se trata de una de las pocas instituciones que podrían generar un equilibrio y restricciones al poder discrecional de Maduro.

Como era de suponerse, la relación entre ambos poderes ha sido tirante y desde la integración de la legislatura actual, Maduro no ha hecho sino desconocer a la Asamblea Nacional, al grado tal que logró que el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) declarara “en desacato” a la Asamblea Nacional.

Al detonarse el año pasado la iniciativa para la revocación del mandato de Maduro, el presidente echó mano de sus aliados en el Consejo Nacional Electoral (CNE) para boicotear su avance. A pesar de las dificultades legales y los obstáculos políticos que le impusieron a la oposición para la obtención de las firmas de apoyo para el referendo revocatorio, la ciudadanía se organizó hasta donde le fue posible. Actualmente, el proceso de revocación de mandato se encuentra suspendido.

De la misma manera, ante la expectativa fundada del oficialismo de continuar con su debacle electoral, las elecciones regionales (gobernadores y parlamentos estatales) que deberían haberse celebrado en diciembre de 2016, no se han efectuado.

El “golpe” y la Asamblea Constituyente

En ese contexto crítico, ante el pésimo desempeño económico y social del gobierno, Maduro optó por la conocida estrategia del golpe de timón político, detonando una crisis política aún peor para el régimen: el “golpe de Estado” y el llamado a la Asamblea Constituyente.

Con el beneplácito de Maduro, a finales de marzo de este año, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia desconoció a la Asamblea Nacional y asumió las competencias parlamentarias, conjurando el “golpe de Estado”. Para “solucionar” la crisis política, de manera paralela Maduro convocó a la Asamblea Constituyente para modificar la Constitución.

Al día de hoy, no queda claro cómo se elegirán a los constituyentes (se descuenta que serán, en su mayoría, a modo para Maduro y que la oposición enfrenta el dilema que de no participar en el proceso, se podrá constituir una asamblea “soviética”) ni las razones para la convocatoria. Apenas se han mencionado algunas motivaciones generales o dispersas, como “construir la paz verdadera, la defensa de la soberanía nacional para evitar el intervencionismo extranjero o acentuar los valores de la justicia”.

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Eso sí, de avanzar la propuesta, Maduro tendría en el proceso poderes especiales —que en lo inmediato, por ejemplo, lo podrían llevar a cerrar cuestionables contratos petroleros con empresas rusas— y la joya de la corona: postergar la celebración de las elecciones presidenciales de 2018.

Convocatoria a la Constituyente siembra dudas de que Maduro extienda su mandato

Como era de esperarse, a partir de que ocurrieron esos hechos se han presentado desde principios de abril constantes protestas y movilizaciones en todo el país en contra del gobierno. Maduro ha reaccionado de la peor manera: para no enfrentar directamente a las fuerzas armadas con la población civil, ha incrementado y dotado con armamento de infantería ligera a las “milicias bolivarianas”. A los escudos tradicionales, los manifestantes recurrieron en las últimas jornadas de protestas al uso de bombas escatológicas. En cuarenta días, el saldo al día de hoy es de 38 muertos.

En suma. Venezuela tuvo el liderazgo de Chávez, que si bien polarizaba, contaba con una elevada adhesión popular, todo lo contrario a Nicolás Maduro, que tiene un enorme desprestigio popular. Durante el esplendor del gobierno de Chávez, tuvo arcas llenas que dilapidó, aunque a través de programas sociales —las misiones bolivarianas— dispersó ciertos beneficios; por el contrario, las medidas económicas de Maduro, en un escenario de profunda improductividad y escasez, ha pauperizado a la gran mayoría de la población, y en algunos casos, la imposibilidad de acceder a productos de consumo y servicios sociales mínimos, llega a niveles de crisis humanitaria.

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En el ámbito internacional, Chávez era un líder con cierta gravitación sobre varios países y hasta en algunos organismos regionales (ALBA y UNASUR). Hoy los aliados de Maduro son escasos, están debilitados y un bloque de naciones latinoamericanas ha levantado la voz ante el deterioro democrático que vive la nación andina. Muestra de ello fue la presión ante la OEA para aplicar a Venezuela la Carta Democrática, lo que llevó a Caracas a reaccionar iniciando los trámites de salida del organismo hemisférico.

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Maduro sigue enfrentando una oposición tenaz y unida. Y ante la crisis económica, política y social generalizada, Maduro reacciona con mano dura y una alternativa política que es inaceptable y tardía.

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