OPINIÓN: Lo que el escándalo de Uber dice sobre nosotros

Muchas personas creen que los intentos de Uber por desacreditar a una víctima de violación son el procedimiento estándar en todo el mundo.
Interrogantes  ¿Puede existir la seguridad cuando lo que más queremos proteger son las ganancias?, se cuestionan analistas.  (Foto: EFE)
Chaya Babu

Nota del editor: Chaya Babu es escritora y periodista; sus textos se han publicado en Open City, VICE, The Huffington Post, The Wall Street Journal, The Feminist Wire, BuzzFeed, entre otras publicaciones. Fue reportera de India Abroad durante tres años. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

(CNN) — Tal vez porque vivimos en una época en la que ya nada impresiona, al principio no despertó reacción alguna en mí la noticia que dio a conocer el sitio web Recode sobre que un alto ejecutivo de una empresa de 69,000 millones de dólares trató de usar una historia clínica confidencial para desacreditar a una mujer que denunció que la violaron. 

Después de que un conductor de Uber violara a una mujer en Nueva Delhi en 2014, la empresa implementó revisiones de antecedentes más exhaustivos para sus conductores en la ciudad e incrementó la tecnología de seguridad en sus autos. 

Pero ¿acaso los botones de pánico cambian una cultura mundial de violencia sexual profundamente normalizada? ¿Puede existir la seguridad cuando lo que más queremos proteger son las ganancias?

Aquí parece que la verdadera noticia es que despidieron rápidamente al alto ejecutivo una vez que se dio a conocer que dicho ejecutivo dudaba del relato de la mujer y compartió su historia clínica con otros ejecutivos de Uber, entre ellos el director ejecutivo, Travis Kalanick.

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El despido de Eric Alexander, director de operaciones de Uber en la región Asia Pacifico, luego de que se diera a conocer su mala conducta, suscita una letanía de preguntas relacionadas con este caso en particular, otros casos parecidos y el panorama de vergüenza, culpa, el valor de la palabra de una mujer y hasta dónde llegará el sistema usualmente para invalidarla. 

¿La conducta de Alexander y la reacción que provocó (que hasta ahora, según se dice, incluye la salida del vicepresidente sénior, Emil Michael) son indicios de avance en nuestra forma de reaccionar a las agresiones sexuales o prueba de que una empresa está tratando de salvarse ante la opinión pública?

Creo que la respuesta es: las dos cosas.

El gobierno indio prohibió Uber en Nueva Delhi una vez que se dio a conocer la noticia de la agresión. Según el diario estadounidense The New York Times, Alexander le dijo a Kalanick que creía que era un subterfugio de la víctima. Estaba convencido de que las acusaciones eran parte de un plan de Ola, uno de los principales competidores de Uber en Asia, y tenía la intención de aclararlo todo mostrando que la historia personal de la sobreviviente de alguna forma contradecía su relato. Paseó de un lado a otro los documentos durante meses y los compartió con otros altos ejecutivos de Uber, de los cuales ninguno tiene conocimientos médicos.

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Es desafortunado que la verdadera noticia sea el despido de Alexander. Pero como es tan raro que se rindan cuentas en casos de violencia y deshumanización de las mujeres en un sistema que da prioridad al dinero y al poder, la rapidez de la acción podría ser significativa. 

Aunque la razón última de la decisión pueda ser salvar la imagen de Uber (Kalanick condenó públicamente la violación, pero también participó en la examinación clandestina de la historia clínica de la mujer), aparentemente se ve un cambio, aunque sea sutil, en la noción de que el éxito de una empresa corre riesgo cuando no se abordan adecuadamente los casos de agresión y acoso sexual. Debemos recordar que no siempre ha sido así.

En el blog de Susan Fowler (la exingeniera de Uber que desencadenó una investigación en la que se despidió a 20 empleados con su publicación sobre los acosos y la discriminación sexual repetida y descarada que sufrió en la empresa, y que Recursos Humanos ignoró al principio), los lectores han dejado comentarios variados: exigencias de que Fowler publique "pruebas documentadas" de machismo, que el machismo es una "alucinación feminista" o agradecimientos por haber dado a conocer su historia.

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Los comentarios dejan ver lo común que es la clase de conducta que Fowler describe y la impunidad de los acosadores en el mundo empresarial y en otros ámbitos. Lo notable es que a nadie le sorprende. O debería serlo, en mi opinión. Pero cuando el presidente de Estados Unidos reduce a las mujeres a la calidad de objetos, lo que alguna vez impresionó empieza a aburrir.

Tan solo en Silicon Valley han surgido varias acusaciones de agresiones sexuales en años recientes. Joseph Lonsdale, un inversionista que fundó una empresa llamada Formation 8, fue el centro de una demanda que se promovió en su contra en 2015 por violencia física, emocional y sexual sistemática y aterradora. "Este es un intento malicioso de destruirme, lisa y llanamente", escribió Lonsdale en su sitio web; más tarde, la demandante se desistió

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Un año antes, unas cámaras captaron al empresario Gurbaksh Chahal mientras golpeaba y pateaba a su novia 117 veces; aunque lo despidieron de su startup RadiumOne, se reportó que dijo: "las celebridades de los deportes, del entretenimiento y los negocios y los individuos con grandes patrimonios suelen ser blancos potenciales… era cuestión de tiempo para que yo fuera la presa". El juez falló que el video era inadmisible y Chahal aceptó un trato por las acusaciones de lesiones y violencia doméstica.

"Es increíble que en estos tiempos alguien pueda siquiera imaginarse que una víctima legítima de violación sea parte de una conspiración de un rival para perjudicar a Uber", dijo Douglas Wigdor, abogado de la sobreviviente de la violación del Uber en Nueva Delhi. "Tristemente, estas posturas, aunadas al escrutinio de historiales médicos, respaldan la cultura de la violación y tienen que desaparecer".

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Sin embargo, muchas personas creen que los intentos de Uber por desacreditar a una víctima de violación son el procedimiento estándar en todo el mundo. Desde la prueba de virginidad con dos dedos en India hasta el clásico interrogatorio en Estados Unidos sobre lo que llevaba puesto la mujer, cuánto había bebido, si conocía a su presunto violador y más, en este mundo todos estamos obsesionados con demostrar que a menos que una mujer sea la víctima perfecta, no tiene pruebas y por lo tanto, miente. 

Estamos absortos en esta narrativa y una y otra vez queremos que el héroe (el atleta con un futuro prometedor, el ícono de la cultura pop en quien hemos proyectado nuestros ideales de paternidad y moralidad, el grupo de jóvenes que busca divertirse en un autobús) salga indemne. En vez de desafiar esta narrativa, preferimos ver manchada la reputación y la humanidad de las mujeres que se atreven a decir la verdad.

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Hoy me pregunto si así es el arco del universo moral. ¿Somos cada vez más los que tratamos de llevarlo hacia la justicia? La conducta de Alexander y sus colegas fue censurable y si no se le hubiera dado tanta difusión, tal vez habría pasado totalmente desapercibida. Pero tal vez, solo tal vez, el hecho es que la verdadera noticia sea que ahora se espera que la opinión pública condene y desprecie esta clase de conductas.

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