OPINIÓN: ¿Quién es el líder del mundo libre?

Los líderes de los países que conforman el G20 tendrán que aportar más visión y ambición a las negociaciones, independiente de si Estados Unidos coopera o no.
Líderes  Estamos en un parteaguas en el que las potencias emergentes y medianas dieron el paso decisivo hacia un orden mundial globalizado.  (Foto: AFP)
Paul Hockenos

Nota del editor: Paul Hockenos escribió cuatro libros sobre Europa; el más reciente se titula Berlin Calling: A Story of Anarchy, Music, the Wall and the Birth of the New Berlin. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — En cuanto a su redacción, el contenido del comunicado final del G20 fue indefinido y precario: parecería que no valió la pena tanto alboroto y tanto gasto, mucho menos para la saqueada ciudad de Hamburgo, la atribulada sede de la cumbre.

En casi todas las cuestiones, ya sea el comercio o la ayuda para África, las veinte economías más importantes del mundo lograron con trabajos un común denominador muy bajo y alcanzaron resoluciones de poco valor intrínseco.

Es probable que la reunión de Hamburgo no pase a la historia por sus acuerdos fundamentales, sino por haber sido un parteaguas en el que las potencias emergentes y medianas se decidieron a salir de la sombra de Estados Unidos y hacia un orden mundial globalizado.

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El G20 dejó más claro que nunca que ya no hay un solo líder del mundo libre. Esta filosofía distributiva y colectiva es justamente lo que desembocó en la creación del G20 en 1999 con el fin de reflejar las necesidades y los intereses de un mundo variado, no solo de los ricos y los occidentales. De hecho, su razón de ser fue trasladar el poder de las pocas manos del mundo desarrollado a las muchas de todo el mundo, tales como Argentina, Brasil, China, Indonesia, México, Arabia Saudita, Sudáfrica y Turquía. Después de todo, las 20 economías representan el 80% de la economía mundial, dos terceras partes de la población mundial y más del 75% del comercio mundial.

Desde luego, Estados Unidos no ha actuado como la más importante del mundo desde hace algún tiempo, al menos desde las guerras en Iraq y Afganistán de principios de la década del 2000. El poderío, tanto económico como militar, se ha dispersado por el mundo y tiene centros regionales en Europa, Asia y América del Sur.

Aunque Estados Unidos tuviera un presidente con ideas más internacionalistas que Donald Trump, los problemas principales del mundo (el terrorismo, el cambio climático, la migración, la proliferación nuclear) son azotes transfronterizos que exigen respuestas mundiales con medidas aplicables a nivel local.

No obstante, los europeos (entre otros) aparentemente siguen dejando que Washington se haga cargo de los problemas difíciles; se quejan pero no están dispuestos a romper filas. Es cierto que una de las razones es que no han podido reemplazar las protecciones nucleares y las garantías de seguridad estadounidenses con una arquitectura de defensa propia y totalmente funcional. La OTAN sigue siendo la defensora de Europa, Estados Unidos está a cargo y los europeos son los ayudantes que deciden en qué intervención militar participar, como ocurría cuando los alguaciles reclutaban a los vaqueros en el viejo oeste.

Pero actualmente, las condiciones se asemejan a las de la Guerra Fría y son menos sostenibles o adecuadas que nunca, aunque alguna vez hayan sido cómodas.

De hecho, el gobierno de Trump ha sembrado el caos en este statu quo: al principio, antes de su viaje más reciente a Polonia, dudaba de mantener el compromiso estadounidense de ayudar a los otros miembros de la OTAN si lo necesitaban. Es más, las tendencias aislacionistas de Trump, su proteccionismo y, en general, la actitud de "Estados Unidos es primero", ha creado un vacío que exige que alguien más se encargue del comercio, la seguridad, el medioambiente y otros temas mundiales.

En Hamburgo, a pesar de tanta cháchara diplomática insípida, se puso atención brevemente al bosquejo de un nuevo método de toma de decisiones (el mundo no había visto un método como este desde 2015, cuando 195 países se comprometieron a abordar las cuestiones del cambio climático en París).

En la cumbre del G20, Alemania se las arregló para mantener unido a un grupo variado de países, entre ellos Estados Unidos, pero también Rusia y Turquía, cuyas dirigencias autoritarias y políticas egocéntricas no le piden nada a las de Washington. La Rusia de Vladimir Putin y la Turquía de Recep Tayyip Erdogan buscaban pelea con la Unión Europea en temas como los derechos humanos. Sin embargo, Angela Merkel y otros líderes se las arreglaron para poner a todos de acuerdo, salvo en un tema.

No sorprende que la protección internacional al clima haya sido el tema más problemático, ya que Trump se niega a reconsiderar la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Antes de la cumbre, los negociadores alemanes modificaron su ambiciosa agenda sobre protección al clima y quitaron, a instancias de Estados Unidos, la eliminación de la producción de carbón y la terminación de los subsidios a los combustibles fósiles para 2025. Parecía que Alemania quería pulir sus credenciales diplomáticas manteniendo la unidad en todos los temas, aunque el resultado fuera secundario al simbolismo de que todo el mundo estuviera de acuerdo.

Pero el G19 (los 20 menos el gobierno de Trump) avanzaron en el tema del clima y confirmaron el compromiso internacional con los Acuerdos de París, que habían empezado a desbaratarse desde que se firmaron a finales de 2015. De hecho, el consenso logrado en París se habría desintegrado si otros países hubieran aceptado que Estados Unidos se comprometiera con la condición de omitir al carbón y no mencionar el Acuerdo de París, o si la asamblea no hubiera llegado a un consenso y media docena de países o más se hubieran retirado en protesta.

La intransigencia de Washington bien podría haber servido de pretexto para salirse a otros países a los que no les entusiasman las políticas sobre el clima, tales como Turquía o Arabia Saudita. Sin embargo, Merkel y sus seguidores (otros europeos y Canadá, principalmente), lograron agrupar a los rezagados en el último minuto.

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Lo más importante es que Merkel no dio el golpe sola… y no se volverá de repente la nueva líder del mundo occidental, papel que no querría ni podría asumir. Merkel y la Francia de Emmanuel Macron estarían suficientemente satisfechos con sacar a la Unión Europea de la profunda crisis actual. Hay que tener presente que Merkel ha estado trabajando con los socialdemócratas alemanes —sus aliados de izquierda en el gobierno y una fuerza diplomática por derecho propio—, que han participado en todas las negociaciones. Es más, Alemania tiene aliados, como Reino Unido y Francia; actuaron como un colectivo preocupado y comprometido que puso al mundo antes que a sus propios países, labor de equipo loable que contrasta profundamente con el egoísmo del gobierno de Trump y la desintegración que caracteriza a Europa en estos momentos.

Claro que el G19 pudo haber hecho mucho más por el clima… y también en otros ámbitos. Desafortunadamente, no pusieron una fecha para cerrar la última planta eléctrica de carbón. Tampoco hay detalles sobre la "nueva alianza con África" que Merkel propuso.

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Pero a pesar de que son profundamente diferentes, los países del mundo que no son Estados Unidos tienen intereses en común y pueden trabajar juntos. Esto se confirmó en la cumbre de Hamburgo… y por eso es una razón para ser más optimistas respecto a la situación mundial. Pero la próxima vez, los líderes tendrán que aportar más visión y ambición a las negociaciones, independiente de si Estados Unidos coopera o no.

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