OPINIÓN: ¿El fin de Mickey Mouse?

En el último siglo, Estados Unidos ha hecho de su cultura un fenómeno de masas globales, asequible a todos, que difícilmente desaparecerá, aun en un eventual derrumbe militar, opina Pablo Majluf.
Además de calidad cultural, Estados Unidos produce cantidad, pues contrario a lo que sucede en otros países, es negocio para muchos y deleite para la mayoría.
Cultura estadounidense  Además de calidad cultural, Estados Unidos produce cantidad, pues contrario a lo que sucede en otros países, es negocio para muchos y deleite para la mayoría.  (Foto: iStock)
Pablo Majluf

Nota del editor: Pablo Majluf es periodista egresado del Tecnológico de Monterrey y maestro en comunicación y cultura por la Universidad de Sydney, Australia. Es coordinador de comunicación digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) y profesor de comunicación y periodismo en el Tecnológico de Monterrey. Es autor del libro ¡Cállate chachalaca! Los enemigos del debate en México, editorial Colofón. Puedes seguirlo en Twitter como @pablo_majluf. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(Expansión) — Ahora que, bajo las riendas de Trump, está en boca la posible –que no inminente– decadencia geopolítica del imperio estadounidense, surge la pregunta de si el declive puede ser también cultural; si, además de perder el control de los mares y cielos, el incipiente siglo augura el fin de Hollywood, McDonald’s y Mickey Mouse (por pecar de reduccionista).

Casi todo el siglo XX fue de Estados Unidos. Más en lo cultural que lo militar, porque mientras que la primera supremacía comenzó en los 20’s, la segunda se concretó hasta los 40’s, y no sin rival –la infame cortina de hierro. Cierto que Estados Unidos participó en la Primera Guerra Mundial, pero más como relevo de la decadente Inglaterra. De modo que su verdadera dominación militar vino hasta la Segunda Guerra Mundial, tras reconstruir Europa de un lado, y apropiarse del Pacífico del otro. Pero para ese entonces, su inmensa maquinaria cultural llevaba ya dos décadas sin paralelo.

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De William Randolph Hearst al Gran Gatsby, y de Chaplin (que era inglés pero floreció en EU) a Disney, ya se había cimentado, hacía mucho, su pilar: la fusión de los medios, las artes, la ciencia y los negocios.

El gran éxito de la cultura estadounidense residió en esa conjugación. Las artes para producir contenido, la ciencia para mejorar las formas, los medios para difundir, y los negocios para cobrar. Amalgama genial. Productora desde luego de esperpentos como Britney Spears, Armageddon y Trump (como estrella de televisión), pero también de maravillas como Edward Hopper, Marilyn Monroe y Scorsese. Como dijera alguna vez Tarantino, “tan solo el 1% de la buena producción hollywoodense justifica la existencia del 99% de basura restante”. Lo mismo puede decirse de la pintura, la literatura, la música y la televisión.

Pero sin caer en juicios morales o estéticos, ningún imperio había logrado esa ecuación, que en el fondo yace en el corazón del capitalismo y la libertad. Los otros imperios culturales, de una forma u otra, habían ejercido su influencia por imposición. No digamos ya la España imperial. Las dos grandes potencias de la Modernidad –Francia e Inglaterra– exportaron su cultura, la primera más que la segunda, desde el Estado, como una espada nacionalista.

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Al interior, la cultura no solo estaba institucionalizada, sino que no era secular o civil, y aunque había artistas independientes, siempre estaban vinculados a, o tenían la venia de, la élite (aristocracia primero, burguesía después). Y, hacia fuera, en sus dominios, la cultura era impuesta.

En Estados Unidos menos. Sí, su departamento de Defensa también firma contratos con Hollywood para recordarle al mundo cómo Tom Cruise lo salva de la extinción con un avión F-15. Y tampoco se nos olvida el macartismo, perseguidor de tantos artistas disidentes. El propio C. Wright Mills identificó a la industria cultural estadounidense como uno de los cuatro ángulos de la “élite del poder” (junto con el ejército, la política y los negocios). Pero siempre existió, a veces más, a veces menos, la libertad para que la mencionada alineación –medios, arte, negocios y ciencia– se tradujera en una poderosísima fuerza creativa. En pocas palabras, más que del Estado o de la élite, como en Europa los siglos previos (y aún hoy), la cultura en Estados Unidos siempre ha gozado de la libre empresa.

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Por eso no hay forma de competirle. Es la tesis del periodista francés Frederic Martell en Cultura Mainstream, su estudio sobre el predominio global de la cultura estadounidense. Si bien la poca injerencia de las élites de ese país vulgarizó su cultura, también la hizo un fenómeno de masas globales, asequible a todos.

Además de calidad cultural, Estados Unidos produce cantidad, pues contrario a lo que sucede en otros países, es negocio para muchos y deleite para la mayoría. Mickey Mouse vende más, emplea más, es más accesible y gusta más (a mí no) que Rembrandt, pero no lo sustituye, pues en la lógica estadounidense todo cabe.

A esa democratización se suma que Estados Unidos sea el país más diverso en la historia, “cuya gran variedad de razas y creencias”, cito a Antonio Adsuar, “le permite generar productos audiovisuales y escritos globales, con referencias y guiños a todas las culturas del mundo”. Es decir, en Estados Unidos se producen contenidos ad hoc a Italia, Japón, China, México y hasta… Francia (pero eso nunca se lo diga usted a un francés).

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Así, si la hegemonía cultural estadounidense no es resultado de su poderío militar sino de su espíritu liberal, aceptada en el mundo más por accesibilidad e inclusión que por imposición, es improbable que, aun en un eventual derrumbe militar, nuestras televisiones se llenen (como algunos vaticinan) de series chinas y nuestros centros comerciales de restaurantes rusos, a menos que, claro, en su caída, Estados Unidos constriña su propia libertad y cese su producción, pues no quepa duda que en el mundo hay aspirantes imperiales que sí impondrían su cultura, pena que nos regresaría en el tiempo un par de siglos.

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