Ana Méndez es una de las estudiantes mexicanas que hoy cursa inglés en el campus de EF Nueva York. Viene de San José, Guanajuato, y llegó a Estados Unidos para estudiar un programa de nueve meses, después de sentir que en las escuelas de México nunca logró aprender el idioma.
Tiene 20 años y sus papás, comerciantes de ganado, invirtieron alrededor de 400,000 pesos para que pudiera entrar al programa. Además, le envían cerca de 10,000 pesos semanales para sus gastos personales. Luego de cuatro meses en el campus, ya pasó de un nivel básico a B1.2, considerado intermedio avanzado.
Su historia refleja un reto estructural de aprendizaje en México. Aunque el país comparte frontera con Estados Unidos y mantiene una de las relaciones comerciales más importantes del mundo el dominio del inglés sigue siendo bajo. El más reciente EF English Proficiency Index ubicó a México en el lugar 103 de 123 países evaluados y como el país con peor nivel de inglés en América Latina.
Álvaro González director general de EF México atribuye parte del problema al modelo educativo. “En México no existe una inmersión real del inglés. Está presente en educación básica pero si alguien quiere aprenderlo bien tiene que pagar una escuela privada”, explica. A ello suma una falla de origen en la enseñanza. “Muchos maestros de inglés no son pedagogos y muchos pedagogos no dominan el idioma”.
Ese rezago estructural añade también responde a la falta de exposición cotidiana. A diferencia de otros países donde el inglés está integrado al entretenimiento, los medios o el trabajo, en México su uso suele limitarse al salón de clases. Esa brecha es la que EF busca cubrir con experiencias presenciales intensivas en el extranjero.
Además de Nueva York, EF opera campus y escuelas de idiomas en ciudades como Londres, Oxford, Manchester, Dublín, París, Roma, Barcelona, Berlín, Tokio, Sídney y Vancouver. Algunas sedes permiten combinar estudios con esquemas vinculados a permisos laborales y otras funcionan exclusivamente bajo visas de estudiante, dependiendo del destino y la duración del programa. La oferta incluye desde cursos cortos de verano hasta programas intensivos que pueden extenderse entre dos y 52 semanas.
La amplitud geográfica también forma parte de la estrategia comercial. En un entorno donde las apps reducen el costo de aprender vocabulario o practicar conversaciones, las escuelas presenciales buscan monetizar algo más difícil de digitalizar. La posibilidad de estudiar, viajar, hacer contactos internacionales y consumir una experiencia cultural completa.
El campus también refleja cómo se segmenta hoy el mercado. El perfil del estudiante mexicano por ejemplo combina dos extremos. Jóvenes que están por ingresar a la universidad y buscan elevar su nivel de inglés y profesionistas que lo ven como una herramienta para escalar en el mercado laboral, acceder a un MBA o construir una carrera internacional.