Antes del año 2000, el país sudamericano llegó a extraer más de 3 millones de barriles diarios. En los años más críticos del colapso, la producción se desplomó hasta niveles de 500,000 o 600,000 barriles por día, reflejo del deterioro operativo y financiero de su sector energético.
El debilitamiento de Petróleos de Venezuela (PDVSA) es resultado de una combinación de factores: desinversión, mala gestión, pérdida de talento técnico, infraestructura obsoleta y sanciones internacionales que han restringido la exportación formal de su crudo.
Durante los años noventa, la industria venezolana vivió su último gran auge gracias a la apertura al capital extranjero. Empresas estadounidenses como ExxonMobil y ConocoPhillips desarrollaron proyectos que elevaron la producción a niveles históricos.
Ese esquema cambió radicalmente en 2007, cuando el gobierno de Hugo Chávez expropió los principales proyectos petroleros. Las compañías se negaron a ceder el control total al Estado, abandonaron el país y promovieron arbitrajes internacionales que, aunque fallados a su favor, siguen sin resolverse plenamente en términos de pago.
Chevron es la única empresa internacional que mantiene operaciones relevantes en Venezuela, bajo un modelo en el que se le paga con parte de la producción. Ese esquema refleja tanto la falta de liquidez del país como la fragilidad de su aparato petrolero.
El interés de Estados Unidos no es menor. Donald Trump ha señalado públicamente su intención de que empresas estadounidenses inviertan miles de millones de dólares para rescatar la industria petrolera venezolana y elevar su producción.
"Nuestras grandes compañías petroleras estadounidenses, las más grandes del mundo, invertirán miles de millones de dólares para reparar la infraestructura petrolera, que está en muy mal estado, y comenzar a generar ingresos para el país”, declaró Trump.
El papel de Estados Unidos
Estados Unidos es hoy el mayor productor de petróleo del mundo, por delante de Arabia Saudita y Rusia. Sin embargo, en términos de reservas ocupa apenas el noveno lugar, con 74,400 millones de barriles, una brecha significativa frente al potencial venezolano.
Aun con su liderazgo productivo, Estados Unidos sigue importando crudo, principalmente de Canadá y México. Un acceso estable al petróleo venezolano modificaría esa ecuación y ampliaría su margen de influencia geopolítica.
De concretarse una recuperación sostenida de la producción venezolana bajo influencia estadounidense, el impacto iría más allá del comercio bilateral. La Organización de Países Exportadores de Petróleo y sus Aliados (OPEP+) perdería capacidad para influir en los precios mediante recortes de producción.
Una mayor oferta global también presionaría los precios a la baja, lo que limitaría nuevas inversiones en exploración y desarrollo en distintas regiones del mundo.
¿Qué hay con México?
México observa este escenario desde una posición distinta. El país atraviesa una etapa de ajuste tras el declive del yacimiento Cantarell, que llegó a aportar hasta 2 millones de barriles diarios dentro de una producción nacional que alcanzó los 3 millones.
La reforma energética de 2013 y las Rondas Petroleras buscaron compensar esa caída con inversión privada. Sin embargo, los descubrimientos realizados no fueron suficientes para sustituir el volumen perdido.
Además, el esquema de rondas fue cancelado en 2018, bajo la administración de Andrés Manuel López Obrador, con el argumento de rescatar a Pemex y fortalecer la autosuficiencia energética en combustibles.
Reducir las exportaciones de crudo y destinar más petróleo a las refinerías nacionales tuvo efectos en los ingresos. Aunque el petróleo sigue siendo relevante para las finanzas públicas, la menor producción y la caída de exportaciones han limitado la disponibilidad de recursos para inversión y mantenimiento.
México produce alrededor de 1.4 millones de barriles diarios de crudo, o 1.6 millones si se incluyen los condensados. Poco más de 500,000 barriles se exportan, siendo Estados Unidos el principal destino.
Esa relación comercial mantiene al crudo mexicano como un insumo relevante para las refinerías estadounidenses, aunque no exento de retos. A principios de 2025, por ejemplo, compradores estadounidenses reclamaron por la presencia de agua y sales minerales en algunos cargamentos de Pemex, al considerar que esos niveles incumplían especificaciones de calidad y afectaban los procesos de refinación.
Aunque el gobierno mexicano y Pemex señalaron que se trató de un fenómeno normal y coyuntural, con mecanismos técnicos para su tratamiento, el episodio dejó al descubierto un riesgo reputacional en el principal mercado de exportación de México.
Aunque el petróleo venezolano —al igual que el mexicano— es extrapesado y no presenta una diferencia significativa de precio, los contratos en Venezuela podrían resultar más atractivos y con volúmenes de recuperación más elevados.
"Parte de la responsabilidad de ser menos atractivos vendría inicialmente de la política energética de México, antes que de los acontecimientos externos. Lo que México tendría que hacer es admitir que se equivocó y modificar la Ley del Sector de Hidrocarburos”, dijo Gonzalo Monroy, socio director de la consultora GMEC.
¿Cuál es el riesgo real?
Pese al ruido político, los especialistas coinciden en que no habrá efectos inmediatos. La industria petrolera no toma decisiones de inversión sin un marco legal claro, estabilidad política y precios que justifiquen proyectos de largo plazo.
Óscar Ocampo, director de desarrollo económico del IMCO, advirtió en entrevista que el cambio en Venezuela tomará tiempo. “Creo que ahorita no se ve tan atractivo, esperar una ola de inversiones y un auge petrolero de Venezuela no lo veo en este momento, va a tomar tiempo. La infraestructura de Venezuela es obsoleta y por eso no veo en el corto plazo un auge en la producción, ni siquiera en las inversiones”.
El escenario en el que Venezuela deje a México fuera de la jugada sigue siendo complejo y podría tomar varios años. Inicialmente, se requeriría mucho más que la sola captura de Maduro: Estados Unidos tendría que asumir un control total sobre Venezuela, incluyendo su gobierno, sus poderes y la toma de decisiones, para garantizar a las empresas estadounidenses las condiciones necesarias para invertir miles de millones de dólares.
Finalmente, para Monroy, si México mantiene la trayectoria actual de su producción, estaría cerca de alcanzar apenas un millón de barriles diarios hacia finales de 2030. Con un mayor procesamiento de crudo en las refinerías nacionales, el país prácticamente saldría del mercado de exportaciones de petróleo, abriendo así una oportunidad relevante para Venezuela.
Pero mientras no exista certeza jurídica, un nuevo equilibrio político y condiciones económicas favorables, el crudo venezolano seguirá siendo una promesa lejana para Estados Unidos. En ese lapso, el petróleo mexicano seguirá siendo una alternativa para las refinerías estadounidenses, aunque bajo presión por volumen, calidad e ingresos fiscales.