Para las compañías mexicanas que exportan alimentos y bebidas hacia Estados Unidos y Canadá, reducir esos costos se traduce en un acierto frente a cambios en las condiciones comerciales. La meta es llegar a la próxima etapa de la revisión con una estructura de costos más eficiente y con mayor margen para absorber presiones sin trasladarlas directamente al consumidor.
Humberto Calzada, economista en jefe para Rankia Latam, coincide en que este periodo debe utilizarse para revisar variables que pueden determinar la competitividad de las empresas. “Las empresas deberían aprovechar estos meses para revisar temas de costos, proveedores, rutas logísticas, contenido regional, entre otros”, señala Calzada.
Esta inspección de las operaciones es una especie de viaje en caso de que la revisión del T-MEC pudiera elevar las exigencias para las compañías que tienen cadenas productivas integradas entre México y Estados Unidos.
“Estados Unidos buscará fortalecer el contenido producido en Norteamérica y reducir su dependencia de insumos provenientes de China. En ese escenario, la eficiencia que las empresas consigan ahora puede convertirse en un colchón frente a reglas comerciales más estrictas”, dice Calzada.
Para Julián Fernández, especialista en el sector de alimentos y bebidas, la revisión del T-MEC no necesariamente provocará una ruptura generalizada de las cadenas de suministro. El impacto, explica, será más desigual y dependerá del grado de integración local de cada empresa. Las compañías con una mayor participación de proveedores e insumos mexicanos tendrían más margen para enfrentar eventuales cambios, mientras que aquellas que dependen de materias primas, empaques, maquinaria, ingredientes especializados o componentes provenientes de fuera de Norteamérica tendrán que revisar con mayor detalle su estructura de abastecimiento.
“Yo no esperaría una ruptura generalizada de las cadenas de suministro que hoy en día existen derivadas de la revisión del T-MEC, principalmente porque muchas empresas tienen una integración importante con proveedores e insumos locales”, señala Fernández. Sin embargo, advierte que sí es probable una reorganización de las cadenas productivas, particularmente entre las empresas con mayor dependencia de insumos provenientes de terceros países.
El cambio puede llevar a las compañías a revisar no solo cuánto pagan por sus insumos, sino también de dónde provienen. Fernández señala que el fortalecimiento de las cadenas regionales y la reducción de la dependencia de proveedores fuera de Norteamérica obligarán a las empresas a revisar costos logísticos, capacidad de sus proveedores, trazabilidad, certificaciones y documentación de origen. Para las compañías mexicanas de alimentos y bebidas que ya utilizan predominantemente insumos nacionales, añade, una mayor regionalización incluso podría convertirse en una ventaja competitiva al abrir espacio para sustituir importaciones y aumentar la demanda de proveedores locales.
La reorganización también puede convertirse en una oportunidad para México dentro de la cadena agroalimentaria de Norteamérica. “Las empresas que logren construir estas cadenas de suministro más cortas, dentro de la región, que estén diversificadas, trazables y regionalmente integradas, estarán mejor posicionadas frente a posibles cambios comerciales”, apunta Fernández. Desde esta perspectiva, la revisión del T-MEC no solo representa un riesgo para las empresas exportadoras, sino también un incentivo para fortalecer proveedores nacionales, atraer inversión y aumentar la participación de México en las cadenas regionales.