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De enemigo de Ford a salvador de Chrysler: el proyecto que Henry Ford II rechazó y rescató a su rival de la quiebra

Ford despidió a los hombres detrás de una idea que Chrysler retomó en plena crisis y convirtió en una de sus mayores apuestas.
Ilustración editorial de Lee Iacocca y Hal Sperlich frente a instalaciones de Chrysler, con una Plymouth Voyager blanca a la izquierda y un Dodge Aries blanco a la derecha.
El Dodge Aries llegó al mercado en 1981 y la Plymouth Voyager en 1984. Ambos vehículos fueron piezas clave en la recuperación financiera de Chrysler durante la década de 1980. (Expansión|MetaAI)

A finales de los años setenta, Henry Ford II había despedido de su compañía a dos ejecutivos que terminarían trabajando para uno de sus principales rivales. Hal Sperlich salió primero; después fue despedido Lee Iacocca , quien acabó al frente de una Chrysler que se acercaba a la quiebra.

Con ellos también viajaron ideas que Ford había decidido no desarrollar. Una de esas propuestas terminaría convertida en la minivan, pero antes Iacocca y su equipo tendrían que resolver un problema mucho más urgente: encontrar la forma de mantener viva a Chrysler.

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Henry Ford II despidió a los hombres detrás de la minivan


Henry Ford II sentado junto al mítico Mustang 1964 que logró catapultar a la marca en el segmento deportivo.
Henry Ford II encabezó la compañía que llevaba el apellido de su familia, mientras Lee Iacocca llegó a la presidencia de Ford en 1970, después de ascender desde el área de ventas. (ford.mx)

Hal Sperlich llevaba años defendiendo dentro de Ford la posibilidad de desarrollar un vehículo familiar más compacto y práctico que las grandes camionetas de la época. La propuesta anticipaba el concepto que después se conocería como minivan, pero no consiguió avanzar dentro de la compañía.

La relación de Sperlich con Henry Ford II terminó por romperse y en 1976 fue despedido. Su salida no significó que la idea desapareciera. Chrysler lo incorporó y le dio espacio para continuar trabajando en proyectos que su antiguo empleador había dejado de lado.

Dos años después ocurrió algo todavía más importante. Lee Iacocca, uno de los ejecutivos más conocidos de Ford y antiguo aliado profesional de Sperlich, fue despedido en 1978 por Henry Ford II. La ruptura convirtió a quien había desarrollado buena parte de su carrera dentro de Ford en un ejecutivo disponible para sus competidores.

Iacocca terminó llegando a Chrysler y comenzó a rodearse de personas con las que ya había trabajado. El movimiento trasladó algo más valioso que nombres entre compañías: también llevó conocimientos, proyectos y una manera de desarrollar automóviles que Ford había decidido abandonar.

El historiador Dimitry Anastakis, en un análisis publicado en Business and Economic History , reconstruye este movimiento de ejecutivos e ideas entre ambas automotrices como una pieza central para entender lo que ocurriría después.

Chrysler tenía 4,000 millones de dólares en deuda

Iacocca no llegó a una compañía preparada para experimentar con nuevos vehículos. Para 1979, Chrysler atravesaba una crisis que amenazaba su supervivencia.

Ese año registró pérdidas de alrededor de 1,200 millones de dólares, acumulaba aproximadamente 4,000 millones de dólares en deuda y tenía unos 80,000 automóviles sin vender. El problema había dejado de limitarse a las cuentas de la empresa: alrededor de 400,000 empleos podían verse afectados si la automotriz desaparecía.

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Conseguir dinero tampoco era sencillo. El rescate de Chrysler provocó una discusión política y económica sobre si el gobierno debía respaldar a una empresa privada en problemas. Economistas como Milton Friedman se opusieron a la intervención, mientras que Thomas Murphy también figuró entre las voces contrarias al apoyo.

Iacocca y su equipo tuvieron entonces que negociar mientras reducían el tamaño de la compañía. El director financiero Gerry Greenwald participó en una operación que exigió acuerdos con acreedores y la participación de 442 bancos. Chrysler también cerró instalaciones, entre ellas la histórica planta Dodge Main, como parte de las condiciones necesarias para seguir operando.

La ayuda le dio tiempo a la empresa, pero no resolvía el problema por sí sola. Chrysler necesitaba vender automóviles capaces de generar suficiente dinero para sostener la recuperación.

El K-Car hizo el trabajo urgente de salvar a Chrysler

Dodge Aries blanco de la década de 1980, exhibido en una sala oscura bajo una luz cenital que ilumina su carrocería y se refleja sobre el piso brillante.
(Expansión|MetaAI)

Antes de que la minivan llegara a las calles, otro proyecto impulsado por el equipo de Sperlich resultó decisivo: el K-Car que se traduciría en modelos como el Dodge Aries y el Plymouth Reliant

Su importancia está en una diferencia fundamental para entender esta historia. Aunque la minivan se convertiría después en uno de los grandes símbolos de la recuperación de Chrysler, fueron los automóviles derivados del programa K los que proporcionaron el impulso comercial que la empresa necesitaba cuando todavía luchaba por sobrevivir.

La estrategia permitió ofrecer vehículos más pequeños y eficientes en un momento en que Chrysler necesitaba reducir costos y recuperar compradores. El desempeño de esos productos fue suficiente para cambiar las finanzas de la compañía y cumplir antes de tiempo con las obligaciones adquiridas durante el rescate.

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Chrysler terminó pagando el préstamo siete años antes de lo previsto. Para entonces, la amenaza inmediata de quiebra había comenzado a quedar atrás y el equipo encabezado por Iacocca tenía margen para recuperar una idea que llevaba años esperando.

Ford rechazó la minivan y Chrysler la convirtió en Caravan y Voyager

Logotipo de Ford en un letrero elevado, sostenido por dos columnas blancas, con un cielo azul despejado de fondo.
fredrocko (Getty Images)

La oportunidad llegó en 1984. Chrysler llevó finalmente al mercado el concepto que Sperlich había defendido años antes y que Ford no había querido desarrollar.

El proyecto tomó forma en la Dodge Caravan y la Plymouth Voyager, dos vehículos que combinaban el espacio de una camioneta familiar con dimensiones y manejo más cercanos a los de un automóvil. La propuesta abrió una nueva etapa para Chrysler y convirtió a la minivan en una categoría propia dentro del mercado.

Para la compañía, el lanzamiento fue algo más que otro modelo exitoso. El K-Car había realizado la tarea urgente de estabilizar las cuentas; la minivan terminó de demostrar que el equipo reunido por Iacocca podía convertir en negocio algunas de las ideas que su antiguo empleador había descartado.

Caravan y Voyager se mantendrían ligadas durante décadas al concepto de minivan y se convertirían también en nombres familiares para los consumidores mexicanos.

La ironía cerró así años después. Henry Ford II había despedido a Sperlich en 1976 y a Iacocca en 1978; Chrysler recibió a ambos, sobrevivió a su peor crisis y terminó llevando al mercado el proyecto que Ford había dejado pasar. La minivan no fue por sí sola la que evitó la quiebra (esa tarea inmediata recayó en el K-Car), pero sí fue la apuesta que convirtió aquella recuperación financiera en una de las revanchas empresariales más recordadas de la industria automotriz.

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