Y esto no es exclusivo de los estadios. En el sector financiero también hay ejemplos. En junio de 2019, BBVA eliminó el apellido Bancomer para unificar su marca a nivel global y quedarse solo como BBVA, una jugada que buscaba simplificar su identidad y alinearla en todos los mercados donde opera.
El movimiento tenía sentido desde la estrategia, pero implicaba soltar un nombre con décadas de historia en México. Bancomer no era nada más una marca, era la forma en la que millones de personas se referían al banco en su vida diaria. Por eso, aunque el cambio se comunicó de forma masiva y se implementó en sucursales, tarjetas y canales digitales, la adopción no fue en seguida.
Durante mucho tiempo, e incluso ahora, el nombre convive en la conversación, siendo BBVA en lo oficial, pero Bancomer en lo cotidiano. Lo mismo ocurre con los estadios; cambiar el nombre es una decisión que se ejecuta rápido; sin embargo, cambiar el hábito toma mucho más tiempo.
A sabiendas de eso, Banamex mejor volvió a sus raíces. Después de años con la identidad de Citibanamex, recuperó su nombre original para fortalecer su arraigo en México. David Cano, director creativo de Interbrand, agencia a cargo del cambio, reconoció que el proceso implicó encontrar un equilibrio entre evolución y respeto al legado del banco.
"El principal reto fue intentar hacer algo que respetase la envergadura de la marca. Hay una presión cuando dices que es un emblema. Como siempre en estos proyectos, lo más difícil es buscar el alineamiento interno. El equipo de marca ha sido un apoyo tremendo, pero el proceso de decisión fue muy complejo. No diría difícil, pero sí un reto", comentó.
En marketing, el impacto de un rebranding trasciende lo visual. Según Andrés Gutiérrez, CEO de Digitas México, el 72% de los consumidores reconoce que el diseño de una marca influye en su decisión de compra, y el 50% evita empresas, cuyo rediseño considera poco auténtico. Por lo tanto, las marcas que evolucionan sin perder su esencia son las que perduran a lo largo del tiempo.