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Banorte renombró al Estadio Azteca, pero el público lo sigue llamando igual

El caso del Estadio Banorte reabre un problema común en el branding. Las marcas pueden cambiar rápido, pero el hábito de las personas tarda años o simplemente no cambia.
mié 01 abril 2026 02:35 PM
Banorte renombró al Estadio Azteca, pero el público lo sigue llamando igual
Estadio Azteca, ahora Estadio Banorte, reabrió sus puertas rumbo al Mundial 2026 con una imagen renovada y una historia que sigue pesando más que cualquier cambio de nombre. (Foto: Héctor Vivas/Getty Images)

La lista sigue creciendo. Cada vez más marcas cambian su identidad visual para seguir vigentes en un mercado donde la digitalización avanza y la competencia exige evolucionar. Pero mientras unas logran transiciones que fortalecen su vínculo con los consumidores, otras enfrentan resistencias que terminan afectando su posicionamiento.

Ese desfase entre lo que la marca decide y lo que la gente adopta se volvió evidente tras la reinauguración del Estadio Azteca, ahora nombrado Estadio Banorte. A pesar del anuncio y la inversión detrás del cambio, en la conversación cotidiana y en redes sociales el recinto sigue siendo el Azteca.

El cambio de nombre del recinto pone en evidencia un punto que las marcas suelen subestimar, y es que cambiar el nombre o la identidad no garantiza que el público lo acepte o incorpore de inmediato. Cuando existe un arraigo cultural fuerte, el hábito pesa más que la estrategia.

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En el caso del Estadio Azteca, éste no es solo un estadio. Es donde se jugaron dos finales del Mundial, donde estuvo Maradona, y un sitio que han visitado generaciones enteras. Por eso el cambio de nombre no se siente como una evolución, sino como algo impuesto.

Banorte pagó alrededor de 2,100 millones de pesos para poner su nombre durante más de una década, como parte de la modernización rumbo al Mundial de 2026, esto es, una apuesta por visibilidad en uno de los espacios más icónicos del país.

El reto no es anunciarlo, es que la gente lo adopte y no es una tarea sencilla considerando que el propio nombre del lugar no será estable, ya que durante el Mundial, por reglas de la FIFA, no se podrá usar la marca del banco y el recinto será llamado Estadio Ciudad de México. El nombre, entonces, cambiará según el contexto, pero el hábito de la gente no. Y ahí es donde el rebranding se topa con la realidad.

Si se observa fuera del territorio nacional, en otros países ha pasado lo mismo. El Staples Center en Los Ángeles cambió a Crypto.com Arena y aún así muchos siguen llamándolo Staples. El estadio del Bayern Múnich pasó a llamarse Allianz Arena por patrocinio, pero ese cambio sí logró adoptarse porque nació junto con el recinto.

En Londres, el Emirates Stadium del Arsenal reemplazó al histórico Highbury, aunque por años los aficionados siguieron usando el nombre anterior. En España, el Wanda Metropolitano del Atlético de Madrid terminó regresando a un nombre más neutral tras el fin del patrocinio.

La experiencia y la historia pone en evidencia que el nombre comercial puede cambiar de un día a otro, pero el nombre que usa la gente tarda años y a veces nunca lo hace.

“Un rebranding no es solo un cambio de logo o nombre, es un replanteamiento estratégico que redefine el valor que la marca aporta a la sociedad. Sin una razón justificada, rediseñar una marca puede ser un riesgo innecesario que confunda a los consumidores en lugar de fortalecer su presencia”, advierte Rodrigo Díez, managing director de Picnic​.

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Y esto no es exclusivo de los estadios. En el sector financiero también hay ejemplos. En junio de 2019, BBVA eliminó el apellido Bancomer para unificar su marca a nivel global y quedarse solo como BBVA, una jugada que buscaba simplificar su identidad y alinearla en todos los mercados donde opera.

El movimiento tenía sentido desde la estrategia, pero implicaba soltar un nombre con décadas de historia en México. Bancomer no era nada más una marca, era la forma en la que millones de personas se referían al banco en su vida diaria. Por eso, aunque el cambio se comunicó de forma masiva y se implementó en sucursales, tarjetas y canales digitales, la adopción no fue en seguida.

Durante mucho tiempo, e incluso ahora, el nombre convive en la conversación, siendo BBVA en lo oficial, pero Bancomer en lo cotidiano. Lo mismo ocurre con los estadios; cambiar el nombre es una decisión que se ejecuta rápido; sin embargo, cambiar el hábito toma mucho más tiempo.

A sabiendas de eso, Banamex mejor volvió a sus raíces. Después de años con la identidad de Citibanamex, recuperó su nombre original para fortalecer su arraigo en México. David Cano, director creativo de Interbrand, agencia a cargo del cambio, reconoció que el proceso implicó encontrar un equilibrio entre evolución y respeto al legado del banco.

"El principal reto fue intentar hacer algo que respetase la envergadura de la marca. Hay una presión cuando dices que es un emblema. Como siempre en estos proyectos, lo más difícil es buscar el alineamiento interno. El equipo de marca ha sido un apoyo tremendo, pero el proceso de decisión fue muy complejo. No diría difícil, pero sí un reto", comentó.

En marketing, el impacto de un rebranding trasciende lo visual. Según Andrés Gutiérrez, CEO de Digitas México, el 72% de los consumidores reconoce que el diseño de una marca influye en su decisión de compra, y el 50% evita empresas, cuyo rediseño considera poco auténtico. Por lo tanto, las marcas que evolucionan sin perder su esencia son las que perduran a lo largo del tiempo.

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