En Jerusalén, las celebraciones litúrgicas en la basílica del Santo Sepulcro, edificada sobre el lugar donde, según la tradición, tuvo lugar la resurrección de Jesús, se celebraron a puerta cerrada debido a las restricciones de seguridad desde el desencadenamiento de la guerra con Irán, el 28 de febrero.
El domingo la policía israelí controlaba el acceso a los escasos fieles autorizados a acercarse.
"Es muy difícil para todos nosotros, porque es nuestra fiesta (...) Es realmente muy duro querer rezar, venir aquí y no encontrar nada. Todo está cerrado", lamentó con lágrimas en los ojos Christina Toderas, de 44 años, llegada de Rumanía.
"El silencio es casi absoluto, solo turbado a lo lejos por los estragos que la guerra continúa causando en esta tierra santa y desgarrada", declaró el sábado el patriarca latino de Jerusalén, el cardenal Pierbattista Pizzaballa.
El domingo pasado la policía israelí le prohibió entrar en la basílica, un incidente que provocó una protesta internacional.
En Líbano, donde las localidades de mayoría cristiana del sur están atrapadas en los combates desde hace un mes entre Israel y el movimiento proiraní Hezbolá, los fieles mantiene la esperanza a pesar de todo, y la mayoría se niega a huir.
En Debel, cerca de la frontera israelí, los habitantes prepararon la Pascua mientras resonaba sin descanso los bombardeos alrededor del pueblo, ahora casi totalmente aislado del mundo y dependiente de la ayuda humanitaria.
"La situación es trágica", confió el sábado a la AFP un responsable de la ciudad, Joseph Attieh. "La gente está aterrorizada".
En Dubái, en Emiratos Árabes Unidos, las misas están suspendidas desde el viernes y hasta nuevo aviso "por las directrices del Gobierno".
Y en Damasco se limitaron al interior de las iglesias, después de tensiones en una ciudad cristiana del centro de Siria.