También asegura que el mercado estadounidense ha sido, hasta ahora, el terreno más fértil para vender suscripciones de apps de consumo, mientras que América Latina y España representan la siguiente frontera de expansión. Prayer Lock cobra 40 dólares al año o 9.99 dólares por semana, no ofrece prueba gratis y, aun así, su fundador afirma que la aplicación ya genera más de 300,000 dólares anuales.
La monetización, dice, se apalanca sobre una máquina de contenido que comenzó de forma rudimentaria, con videos grabados por su esposa, y después se profesionalizó con creadores y una operación intensiva en herramientas de IA.
Barón admite que una de las formas de atraer la atención de su público es a través de redes sociales, donde contrata a creadores de contenido religioso para que puedan hablar de su app y de esa forma segmenta perfiles y prueba mensajes.
“Si eres un influencer, digamos un creador con unas 20,000 seguidores, estamos buscando que tu contenido sea uniforme, que no estés posteando cualquier cosa, que ayer posteaste un ‘get ready with me’ y mañana contenido cristiano y luego de belleza”, señala Barón a la hora de preguntarle sobre cómo buscar perfiles para difundir su emprendimiento.
En América Latina, donde la secularización nunca avanzó con la misma linealidad que en Europa occidental, esa formalización puede tener consecuencias de negocio y de cultura.
La región ofrece una mezcla singular de población joven, religiosidad todavía extendida, polarización identitaria y altísima dependencia del smartphone. Ahí caben desde comunidades de oración por WhatsApp hasta aplicaciones devocionales por suscripción, pasando por influencers que combinan consejo moral y una estética de creador nativo de TikTok.