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El accidente que mató a la URSS y revivió el orgullo ucraniano: Chernobyl cumple 40 años

El peor accidente nuclear de la historia dejó heridas que se manifiestan en el conflicto actual entre Rusia y Ucrania, que se encuentra en un punto muerto.
sáb 25 abril 2026 07:55 AM
Un empleado pasa por el Nuevo Confinamiento Seguro (NSC), cubriendo el cuarto reactor destruido en la Planta de Energía Nuclear de Chernobyl el 23 de abril de 2026.
La explosión del reactor 4 de Chernobyl arrojó nubes radiactivas equivalentes a 500 bombas nucleares como las arrojadas contra Hiroshima en 1945, que contaminaron a todo el hemisferio Occidental. (FOTO: SERGEI SUPINSKY/AFP)

La madrugada del 26 de abril de 1986 comenzó la peor catástrofe nuclear de la historia, y con ello la caída de la Unión Soviética. Cuatro décadas más tarde, las heridas de Chernobyl aún se sienten en Ucrania y Rusia, países que formaban parte de la Unión Soviética y que llevan más de cuatro años en guerra.

Para Ucrania, el desastre nuclear de Chernobyl, ocurrido en su territorio, es el recordatorio de que Rusia es un país distinto en el que no pueden confiar. En cambio, para Moscú, el legado es ambiguo, pues es una muestra del fracaso del modelo soviético, aunque desde el Kremlin se intenta suavizar esta lectura.

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El inicio del fin para la Unión Soviética

El accidente nuclear de la planta de Chernobyl, considerado la peor catástrofe nuclear de la historia, fue un factor determinante para la caída de la Unión Soviética, que se concretaría cinco años después.

El desastre nuclear funcionó como un ejemplo de la crisis de legitimidad estatal que ya arrastraba la URSS, explica Armando García, coordinador del Programa de Estudios Europeos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, en entrevista con Expansión.

Esto se muestra en tres niveles, de acuerdo con García, que eran el ocultamiento de la información, el anquilosamiento burocrático y la hipercentralización del poder en Moscú, un rasgo de los regímenes autoritarios.

La explosión del reactor 4 de Chernobyl arrojó nubes radiactivas equivalentes a 500 bombas nucleares como las arrojadas contra Hiroshima en 1945, que contaminaron a todo el hemisferio Occidental.

A pesar de la magnitud del incidente, el Partido Comunista buscó ocultar la información y controlar la narrativa. Sin embargo, mientras al interior de las fronteras soviéticas el silencio sobre lo sucedido en Chernobyl era norma, el tema fue abordado en abundancia por la prensa occidental y llegó a oídos de los ciudadanos de la URSS.

Ante la presión de la prensa internacional, Mijaíl Gorbachov se vio obligado a acelerar la implementación de la Glasnost, una política de apertura que había sido lanzada en 1985.

Esta mayor transparencia sirvió como el caldo de cultivo de mayores manifestaciones antigubernamentales al interior.

Chernobyl mostró que el sistema era incapaz de proteger a sus propios ciudadanos, marcando el inicio del fin del bloque soviético apenas seis años después de la explosión.

“La catástrofe demostró básicamente que las autoridades soviéticas querían encubrir esa catástrofe. Mostró también la incapacidad, las deficiencias en el manejo de la central nuclear y después en el manejo de la catástrofe”, asegura Beata Wojna, doctora y profesora de Relaciones Internacionales del Tec de Monterrey, Campus Ciudad de México.

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El despertar del nacionalismo en Ucrania

Aunque Rusia, Bielorrusia y casi todos los países de Europa resultaron afectados por el accidente nuclear, Ucrania, el hogar de Chernobyl, fue el más afectado.

“Los ucranianos se sintieron más afectados por esa catástrofe y en ese contexto, obviamente por esa política de las autoridades soviéticas de encubrir la catástrofe. Eran también ellos los que pues tuvieron que atenderla de manera directa, pues decenas de miles de personas que después estuvieron involucradas directamente en la construcción del sarcófago”, la estructura que cubrió hasta 2016 los restos del reactor 4 de Chernobyl.

La hipercentralización del régimen soviético en Moscú entorpeció la respuesta a la catástrofe, que nunca fue nombrada como tal por las autoridades.

Esto, en la Unión Soviética “se llamó la nomenclatura. Todo tenía que estar pasando por las instancias del Partido Comunista, por las instancias del gobierno, no se podía saltar las instrucciones y las instrucciones tenían que venir de Moscú justamente”, indica García.

Esto generó en los ucranianos un duro resentimiento contra las autoridades soviéticas y contra lo ruso.

El académico de la UNAM explica que desde la década de 1940 se vivió una etapa de rusificación de la URSS, a pesar de que muchas de las repúblicas que la conformaban no eran rusas.

Esto dio paso al "econacionalismo", donde la preocupación por el desastre ambiental se transformó en demandas de autonomía e independencia, bajo la premisa de que "los rusos no se preocupaban por ellos”.

“En Ucrania existió esta idea simbólica de ‘no nos tratan igual, entonces no somos lo mismo’ y por lo tanto se refleja en el referéndum de 1991, en términos de la independencia. Esta idea de que nosotros los ucranianos tenemos que preocuparnos por nosotros, porque los rusos no lo hacen”, dice García.

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Ese sentimiento de ver al ruso como el otro se refleja en el conflicto que sostienen ambos países desde la invasión de febrero de 2022. Si en la década de 1980 Rusia era peligrosa por ocultar la radiación, hoy lo es porque amenaza la existencia misma de la nación ucraniana.

Un legado complicado para Rusia

Si para la Ucrania actual, Chernobyl es un símbolo de tragedia humana y un recordatorio del colapso del sistema soviético, para la Rusia de Vladimir Putin representa un "recuerdo amargo" que evidencia las fallas del imperio que él intenta revivir.

“En un recuerdo amargo y no les gusta mucho a la Federación Rusa pensar en lo que ocurrió hace 40 años porque fue, podríamos decir de alguna manera, una antesala de la caída de la Unión Soviética”, dice la profesora del Tec de Monterrey.

En la Rusia actual, Chernobyl es tratado de forma ambigua, pues es reinterpretado simplemente como un fracaso técnico o un evento excepcional. Esto evita cuestionar la viabilidad de los regímenes autoritarios e hipercentralizados, una característica que Putin comparte con el antiguo sistema soviético.

Putin intenta proyectar una imagen de continuidad de la grandeza rusa, desde el imperio zarista hasta la URSS, utilizando hitos como el programa espacial Sputnik para validar su poder actual.

Chernobyl contradice este discurso de "superioridad técnica" frente a Occidente, por lo que el Kremlin prefiere centrar la narrativa oficial únicamente en el sacrificio heroico de los liquidadores y no en las fallas del Estado.

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