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OPINIÓN: ¿Qué incentivo tiene el ala tradicional del PRI para respaldar a Meade?

Quien haya hecho campañas en México entiende que ninguna estrategia de tierra puede tener éxito sin la anuencia del correspondiente gobernador, apunta Marco A. Morales.

Nota del editor: Marco A. Morales es Investigador Afiliado al Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Su cuenta de Twitter es @marco_morales . Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor.

(Expansión) – La llegada de Enrique Peña Nieto a la presidencia obligó a desempolvar los viejos diccionarios del dialecto priista, los manuales de su viejo protocolo, y los tratados de simbología política tradicional.

Durante casi seis años, presenciamos ese juego sofisticadísimo de señales públicas y privadas entre priistas que podría parecer un circo de anacronismos para los menos entendidos. Esas “tradiciones” priistas han continuado operando hasta el final del sexenio. Si las filtraciones son ciertas, los anuncios que individualmente hizo el Presidente Peña Nieto a cada uno de los “tapados” sobre su futuro político confirman la resiliencia de la tradición política priista.

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Si se confirman las expectativas, José Antonio Meade será confirmado por el PRI como su candidato a la presidencia en cuestión de días. En el camino, deja damnificadas las aspiraciones presidenciales de Luis Videgaray, Miguel Ángel Osorio, y Aurelio Nuño, por citar a los más visibles.

Sin embargo, la verdadera pugna durante este sexenio fue siempre entre el ala tradicional del PRI (“los dinos”) y el relevo generacional, en la pugna anticipada que encarnaban Miguel Ángel Osorio y Luis Videgaray, respectivamente. Meade, obviamente, se identifica más claramente con este segundo grupo. La pregunta más importante en este momento es, pues: ¿qué incentivos tiene el ala tradicional del PRI para respaldar la candidatura de Meade?

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Si estuviésemos en los 90s, la respuesta sería sencilla: todos en el PRI se alinean para respaldar al candidato porque será el único que repartirá cargos y encargos. Todo esto, porque el PRI tenía garantizada la presidencia en cada elección. Por esa misma razón, el candidato del PRI se convertía en el personaje más poderoso en el país al momento de ser nombrado.

Las elecciones de 2000 y la victoria de Vicente Fox cambiaron esa condición. El candidato del PRI, desde ese momento, no tiene garantizada la presidencia. La arquetípica unidad priista se desmoronó de tajo, y les tomó algunos años llegar a un nuevo equilibrio interno: el poder real del PRI son ahora sus gobernadores, que controlan presupuestos y posiciones.

nullEl PRI es “nuevo” no porque se haya reformado y haya decidido atender a las aspiraciones ciudadanas en lugar de las aspiraciones políticas de sus miembros. El PRI es “nuevo” porque el verdadero poder reside ahora en los gobernadores. Ese balance de poder no se había visto en México con tanta claridad.

Ahí el genio de la trayectoria de Meade: por fortuna o por estrategia, desde 2011 ha estado en la posición clave desde las Secretarías de Hacienda (SHCP) y de Desarrollo Social (SEDESOL) para acumular favores y relaciones con los gobernadores de todos los estados y de todos los partidos. Presumiblemente, una estrategia similar a la que el entonces presidente Salinas fraguara para Luis Donaldo Colosio.

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En estas condiciones, los gobernadores del PRI – independientemente de grupo al que pertenezcan – respaldarían la candidatura de Meade si le deben suficientes favores, y si creen que un presidente Meade garantizaría que sigan recibiendo esos favores para mantener sus feudos estatales de poder.

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La elección de julio se perfila, pues, entre Meade y López Obrador, en una confrontación en tierra por la movilización – o inmovilización – de votos. Quien haya hecho campañas en México entiende que ninguna estrategia de tierra puede tener éxito sin la anuencia del correspondiente gobernador. La pregunta que solo unos cuantos podrán responder es ¿cuántos gobernadores creen que podrán ganar más con un presidente López Obrador? Después de todo, Meade y López Obrador provienen de la misma tradición política priista.

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