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OPINIÓN: La triste realidad de la rehabilitación de la CDMX

Las lecciones de los sismos de 1985 parecen olvidadas, no existe la cultura de la prevención y se ha tratado de vender el espejismo de la resiliencia, opina José Antonio López.

Nota del editor: José Antonio López Meza es Ingeniero Civil, experto en Ingeniería Estructural y Sísmica. Es Ingeniero de Proyecto en Euro Estudios S.A. de C.V y profesor de la Facultad de Ingeniería de la UNAM. Es miembro de la Sociedad Mexicana de Ingeniería Sísmica. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(Expansión) – Se ha cumplido un año del último sismo importante que afectó a la Ciudad de México, el del 19 de septiembre de 7.1. En estos meses la dinámica de la CDMX ha cambiado y se respira un aire de preocupación, incertidumbre, miedo y mucha impotencia en la población. Desde esa fecha se ha activado la alerta sísmica en diferentes ocasiones, lo que ha acrecentado la histeria de la población, mucha de la cual vivió la terrible experiencia de los sismos de 1985 y recordó lo que es la fragilidad ante la fuerza de la naturaleza; otro tanto aconteció por vez primera un evento sísmico y lo que implica vivir en la gran Ciudad de México.

Antes que todo es importante recordar a las víctimas del sismo de hace 1 año, y también a todos los voluntarios, rescatistas, ingenieros, que dieron todo lo que estuvo en sus manos por ayudar a sus semejantes, mi más profundo respeto y gratitud.

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Pero analicemos las deficiencias y rezagos en la Ciudad de México desde el pasado 19 de septiembre.

Como Ingeniero Civil experto en Estructuras viví el sismo desde la trinchera de mi área: inspeccionando y evaluando la integridad de múltiples edificios. En este tema hubo mucha participación del gremio de ingenieros y arquitectos. Debo decir que la respuesta no fue la adecuada, las brigadas fueron insuficientes, hicieron falta especialistas en Estructuras, existieron muchos deseos de ayudar, pero se notó la carencia de conocimientos y un objetivo claro: dar una respuesta rápida y precisa a la población acerca de sus inmuebles, si podían permanecer o salir de ellos.

Por tanto, se generaron muchas cédulas de evaluación post-sísmica que no trascendieron y se les dio peso a las evaluaciones hechas por DRO, muchas de las cuales fueron erróneas, incompletas y en las cuales se pudo apreciar de inmediato un nulo conocimiento del comportamiento sísmico de las edificaciones.

Aquí puedo mencionar que la Ciudad y el país necesitan más Ingenieros Estructuristas, y que los Ingenieros Civiles se actualicen técnicamente, aquí sugiero la formación de un Grupo de Evaluación Sísmica para que la Ciudad cuente con un número fijo de voluntarios debidamente capacitados para salir a las calles a inspeccionar edificios tan pronto vuelva a temblar.

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A las dependencias gubernamentales les corresponde verificar el nivel técnico de los DRO y CSE, ya que en ellos se ha cargado la total responsabilidad en las tareas de la mal llamada Reconstrucción de la Ciudad.

El 1 de diciembre de 2017 se presentó La Ley de Reconstrucción, una ley que para su formulación excluyó el sentir de los damnificados y que de manera muy ambigua pretendía dar solución al desastre. Los días 4 y 17 del mismo mes se publicaron la Norma de Rehabilitación Sísmica para edificios de concreto dañados por el sismo del 19 de septiembre de 2017 y la actualización de las Normas Técnicas Complementarias del Reglamento de Construcciones.

Mi sentir al respecto es que son normas avanzadas para las cuales muchos de los profesionales no están listos para su aplicación, esto al ver los múltiples proyectos de Rehabilitación Sísmica para edificios con daño estructural grave; veo aplicación de análisis sísmicos estáticos, un mal empleo de los factores de comportamiento sísmico, incomprensión del término de hiperestaticidad, desconocimiento del nivel de daño estructural y capacidad remanente, pérdida de rigidez y resistencia, entre otros conceptos (sin entrar en las necesidades de análisis no lineales, esenciales para estimar la respuesta de una estructura dañada).

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Algo preocupante: se está despreciando la revisión de la cimentación incluso en edificios con desplome y asentamientos visibles, la capacidad de carga del suelo y las acciones sísmicas en los cajones de cimentación y/o pilotes, por lo que se pretende “reforzar” una estructura sin garantizar su estabilidad ante un futuro sismo intenso.

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Muchos de los proyectos que se están ejecutando en la ciudad están carentes de técnica y no cumplen con las Normas vigentes en la Ciudad de México, por tanto no garantizan la seguridad para sus propietarios. Sin embargo, muchos ya llevan revisión y firma de DRO y CSE, los cuales, en mi opinón, son muy arrojados; o bien, aún no dimensionan el nivel de responsabilidad que cae sobre ellos.

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Respecto a este punto, el Instituto para la Seguridad de las Construcciones (ISC) ha fungido como un ente receptor de documentación para los trámites de pago de proyectos de rehabilitación, y no revisor de la seguridad estructural, ya que dentro de los requisitos en el largo laberinto burócrata al que han estado abandonados los damnificados está la copia fotostática del libro de actas donde cada condómino votó por algún ingeniero proyectista, su DRO o bien CSE, en la cual entiendo, el ISC puede excluirse de responsabilidad alguna si algún edificio supuestamente rehabilitado llega a presentar una nueva falla ante otro evento sísmico.

Importante mencionar que la gran mayoría de los proyectos de rehabilitación se han ejecutado partiendo de una cédula de evaluación post-sísmica rápida, documento que para nada representa un dictamen estructural como se ha manejado en los trámites para los damnificados.

Respecto a la Norma de Rehabilitación Sísmica, hay un vacío que ha sido aprovechado por muchos supuestos especialistas y consiste en la definición misma de Rehabilitación: “Proceso de intervención estructural para recuperar las condiciones originales (reparación) o para mejorar el comportamiento de elementos y sistemas estructurales para que la edificación cumpla con los requisitos contra colapso y de limitación de daños establecidos en el Reglamento”; aquí podemos leer dos vertientes: la primera es regresar a un edificio dañado a su resistencia correspondiente al reglamento de diseño empleado en su momento, o algún otro (no el vigente); y la segunda, cumplir el reglamento de construcciones vigente 2017. La diferencia es enorme y se traduce en estructuras que podrían no soportar una nueva sacudida, o bien, en proyectos de rehabilitación incosteables.

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Repito, la responsabilidad depositada en los DRO y CSE es enorme y prácticamente están abandonados sin un sustento legal que los ampare; insisto en que deben ser más precavidos y apoyarse en otros especialistas, hacer equipo y prevenir, ya que en esta Ciudad la responsabilidad tal parece no recaer en el proyectista ni en el constructor.

Para los damnificados las respuestas son escasas, ellos deben confiar en los profesionales que contratan sin saber que pueden estar invirtiendo en proyectos vacíos de técnica que no restituirán siquiera la capacidad estructural de su edificio antes del 19S. El tiempo corre y muchos edificios están en un peligro inminente, así como los edificios colindantes, es aquí cuando nos damos cuenta que no existe la reconstrucción, ni se ha hecho algo por la Resiliencia de la Ciudad. Demoler edificios no es el único camino para buscar aminorar el riesgo.

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Exhorto a la población, especialmente a aquella que habita y es propietaria de construcciones previas a 1985, ubicadas en colonias con suelo blando o transición, tales como la Roma, Doctores, Narvarte, Centro, Obrera, Condesa, Hipódromo, Portales, Del Valle, entre otras, que establezcan un plan de protección y prevención, y empiecen poco a poco a verificar la seguridad estructural de su edificio apoyado en algún especialista en Ingeniería Estructural con maestría o doctorado, que mediante un estudio completo pueda determinar el nivel de riesgo en el que se encuentra y brinde las medidas de mitigación del daño ante eventos sísmicos futuros.

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Estamos a tiempo de prevenir, por tanto, debemos identificar edificaciones previas a 1985, con planta baja débil, en la cual hay ausencia de muros en planta baja usada como estacionamiento, forma irregular en planta, con huecos importantes, geometrías irregulares, ubicación de manzana en esquina, con hundimientos y desplome, sin separación con los edificios colindantes y sobre todo cuando estos son de una altura diferente, así como edificios de más de 5 niveles en zonas de suelo blando, ubicar si algún vecino ha hecho modificaciones a la estructura principales, ya sea tirando muros o cambiando el uso de su departamento.

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La falta de expedientes, planos, memorias de cálculo en las Delegaciones es otro problema que ha dificultado la rehabilitación correcta de edificios, así como la búsqueda responsables en las fallas y colapsos. Dentro de los planes internos de protección que cada edificio debe instaurar, está generar sus propios planos y croquis de sus inmuebles, tener un censo de los habitantes, números de emergencia y sobre todo, con la ayuda de un especialista en Estructuras, ubicar las zonas potencialmente seguras para resguardarse en caso de un sismo.

El 19 de septiembre de 2017 nos dio una gran lección: situarnos en la realidad y mostrarnos que no se ha avanzado en la práctica de la ingeniería, ni se cuenta con la capacidad de respuesta tanto de la autoridad como de la misma población y de los ingenieros; peor aún, las lecciones de los sismos de 1985 parecen olvidadas, no existe la cultura de la prevención y se ha tratado de vender el espejismo de la resiliencia cuando a 1 año de tan lamentable evento, no existe siquiera un censo correcto de los daños y de la población afectada.

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Mucho hay por hacer, de nosotros mismos depende nuestra seguridad.

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