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OPINIÓN: Agricultura, el nuevo aliado contra el cambio climático

Suelos y plantas son inigualables como sumideros de carbono, capaces de capturar un tercio de las gases necesarios para evitar un aumento en la temperatura del planeta, señala Juan Pablo Mayorga.

Nota del editor: Juan Mayorga es periodista especializado en asuntos ambientales, principalmente cambio climático, transición energética y desarrollo urbano sustentable. Es maestro en Public Management y GeoGovernance por la Universidad de Potsdam, Alemania, colaborador de medios nacionales e internacionales. Síguelo en Twitter como @JuanPMayorga . Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(Expansión) — El combate al cambio climático está teniendo un protagonista inusual, que nada tiene que ver con paneles solares, autoseléctricos o baterías más eficientes; uno que había permanecido largamente ignorado: la producción de alimentos.

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Durante la Cumbre Global de Acción Climática, realizada en San Francisco a mediados de septiembre, la agricultura a nivel global fue materia de análisis en distintos foros, ya que los grandes actores de la acción climática parecen haberse convencido (algunos, apenas descubierto) que los suelos y plantas son inigualables como sumideros de carbono, con la capacidad de capturar un tercio de las gases necesarios para evitar un aumento en la temperatura del planeta más allá de los 1.5 o 2 grados tolerados en el Acuerdo de París.

Para entender esto, hay que volver a la química básica: La biósfera terrestre almacena alrededor de 1,900 gigatoneladas de carbono. En cada organismo vivo hay átomos de este elemento que conforman su estructura y función celular, por esto resulta un elemento esencial para la vida. El mismo cuerpo humano, en un individuo de 70 kilos, contiene unos 16 kilos de carbono. De esta manera, cuando las plantas y animales son sometidos a los procesos físico-químicos del sector agropecuario (desde la quema de la vegetación hasta los excrementos del ganado) se libera a la atmósfera el carbono que, de otro modo, hubiera quedado contenido. Elciclo del carbono, nos decían en la escuela.

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La cadena de producción de alimentos es responsable de la emisión anual de 12 gigatoneladas de CO2 (cada tonelada equivale a mil millones de toneladas métricas o a la suma de la masa de todos los mamíferos en el mundo), lo cual representa alrededor del 22.5% de todo el CO2 emitido por los seres humanos, según un reporte reciente del Centro de Resiliencia de Estocolmo. A eso hay que sumarle otro 5% de las emisiones totales de CO2, causado por la agricultura para productos no alimentarios y por la deforestación.

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“(La agricultura y la producción alimentaria) representan un cuarto de las emisiones globales y nadie realmente se ha preocupado por esto”, resumía en San Francisco Tim Groser, exministro de comercio y asuntos climáticos de Nueva Zelandia, y uno de los hombres vivos con mayor experiencia en las implicaciones de la agricultura en las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo. “Es importante analizar la razón”, añadía el exdiplomático.

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Groser presidió en San Francisco una mesa de alto nivel a la que acudieron directivos de think tanks, organizaciones multinacionales y de base. Las conclusiones fueron sórdidas aunque limitadas, sin embargo son parte de una serie de conversaciones que comienzan a cuestionar el boquete agrícola que cuela gases a borbotones, mientras los tecnócratas del norte global se limitan a hablar de los combustibles fósiles.

La conversación es particularmente relevante para toda América Latina, dado el volumen y la importancia que la agricultura (incluida a menudo en la categoría “producción de materias primas”) juega para la región. Para países como Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Paraguay y Haití, la agricultura representa entre el 23 y el 40% de su PIB, y aún para países con economías más desarrolladas como Brasil, Uruguay, Perú, Ecuador y República Dominicana, el sector aporta entre el 13 y el 17% de la economía (CEPAL). No es ninguna casualidad entonces, que países como Uruguay hayan estado entre los primeros en pedir acción climática en el campo, que significa casi el 70% de las emisiones totales de CO2 en este país sudamericano, según recuerda Tim Groser.

México no es una historia muy distinta. Aunque su economía se ha diversificado más que la de sus vecinos latinoamericanos, la apuesta gubernamental por las agroexportaciones ha aumentado la presencia de este sector en la economía. En mayo pasado, el país alcanzó el mayor saldo positivo de su balanza comercial agroalimentaria en 24 años, al registrar un superávit de 3,987 millones de dólares, informaron SAGARPA y el Banco de México.

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Aunque este balance económico da para echar las campanas al vuelo –al menos así lo entiende el gobierno federal--, las cifras no incluyen las externalidades ambientales del modelo, por lo tanto no está claro el potencial de mitigación ambiental que nos estamos perdiendo en las prisas por exportar alimentos. Lo que sabemos es que del total de las emisiones nacionales, 10% se originan en los sistemas de producción pecuaria y 5% por las actividades agrícolas (Inventario Nacional de Emisiones) y que después de siglos de explotación, 59% de los suelos del país representan una degradación severa o extrema.

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Si el mundo se propusiera aumentar la proporción de carbono en el suelo –algo viable mediante inversiones en técnicas simples de agroecología, agroforestería, agriculturade conservación o manejo integral del paisaje— en .4% al año o 4 por cada 1000 partes de los suelos agrícolas y forestales, podríamos detener la acumulación de CO2 en la atmósfera, según la iniciativa internacional 4 por 1000 , lanzada en paralelo al Acuerdo de París. La medida no solo ayudaría a detener el calentamiento global, sino también fortalecería la seguridad alimentaria global en un momento en que la producción de alimentos debe crecer como nunca para alimentar a 10 mil millones de personas en 2050.

En una entrevista reciente que realicé a Víctor Villalobos, el propuesto como secretario de Agricultura para el próximo gobierno federal coincidía con el diagnóstico y exhortaba a abordar la agricultura como una palanca contra el cambio climático y la conservación ambiental.

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“Tenemos serios problemas del agua y un proceso de erosión de los suelos bastante marcado. Hemos abusado del uso de los agroquímicos, entonces tenemos que pensar en voltear la brújula 180 grados y en tener una agricultura mucho más eficiente respetando las condiciones agroecológicas y agroclimáticas del país”, explicó Villalobos. “Tenemos prácticas muy sencillas como rotación de cultivos, asociación con leguminosas, bajar el porte de la milpa, las densidades de población, el uso de fertilizantes orgánicos. Hay tantas cosas que hoy día están disponibles para estas prácticas agrícolas”, añadió.

Mientras se ponderan las acciones, el reloj sigue avanzando. Si queremos cumplir los objetivos de París y evitar un aumento catastrófico de la temperatura global, debemos frenar las emisiones globales en 2020 e inmediatamente empezar un descenso pronunciado de las mismas. No podremos lograrlo sin tomar en cuenta el potencial de la agricultura y la producción alimentaria.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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