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Nuestras Historias

OPINIÓN: Dolor a gasolina, la crisis llegó

Por muchos años la gasolina en México con pocas variaciones fue barata y abundante; eso lo pudo hacer el gobierno mientras ganaba votos y, a la vez, perdía dinero, señala Miriam Grunstein.

Nota del editor: Miriam Grunstein es profesora e investigadora de la Universidad Panamericana. Es académica asociada al Centro México de Rice University, coordinadora del programa de Capacitación al Gobierno Federal en materia de Hidrocarburos que imparte la Universidad de Texas en Austin y socia fundadora de Brilliant Energy Consulting. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autora.

(Expansión) – Hace algunos años, un geólogo de una gran petrolera internacional comentó que la gente va a permitir y aceptar una apertura comercial de los energéticos cuando sienta “el dolor.” Él se refería al dolor de la escasez, a la temida, y hoy apenas sentida, “crisis energética.”

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Entiéndase la última como un apretón inclemente en la oferta de lo que más necesitamos pero que menos valoramos: electricidad y combustibles. Es hora de entender que estos energéticos, que hemos dado por garantizados, tienen un costo alto, no solo en la producción, sino también en la logística.

El ejemplo más reciente es la promesa del presidente Andrés Manuel López Obrador de que con la construcción mágica de la refinería en Dos Bocas desaparecerán de forma igualmente prodigiosa las preocupaciones de precio y suministro cuando no hay información que justifique un costo competitivo ni se sabe cómo la hará llegar desde Tabasco hasta los centros de consumo. Esos, en la mente del presidente, tal vez sean temas secundarios. Para los políticos todo se arregla con solo decir "bibidibabidibú".

¿Por qué hay desabasto de gasolina en la CDMX?
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Pero no es así. Y es aún más importante tomar en cuenta que el presidente nos tiene hablando de lo que él quiere: del robo y la corrupción, que no del mercado. Según él, si no hay gasolina es porque hay ladrones y corruptos y no porque aún tenemos un solo proveedor estatal que ha manejado con criterios políticos o recaudatorios el suministro de combustibles, pero jamás según un esquema comercial.

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Para ser claros, la decadencia de nuestro Sistema Nacional de Refinación es consecuencia de que estamos pagando por una idea muy errónea de que la gasolina es un “derecho” o una “prestación” social que debe ser provista por el estado cueste lo que cueste y con pérdidas. Y como la gasolina no es percibida como un bien que no está en el comercio, que deviene de una actividad lucrativa, pues Pemex no solo ha permitido que se la roben, sino que ha tenido funcionarios que, al ser partícipes de este mercado ilícito, compiten de forma espeluznantemente desleal contra el mismo.

Una empresa privada no toleraría que sus mismos funcionarios se robaran el producto, no tanto por un tema ético, sino por uno comercial. Y es que las empresas cuyo ánimo es lucrar tienen accionistas a los que deben rendir cuentas. Pemex y sus funcionarios pasan de nosotros porque puede.

Es odioso aprovechar esta coyuntura angustiante para hablar a favor de los mercados pero, como sea, lo haremos. Si el presidente atribuye todos los males a la reforma energética, es igualmente válido verlos como indicios que ella es necesaria. ¿Por qué no hay gasolina en México? ¿Por qué si la hay se la roban? Aunque el fenómeno es muy complejo, se puede resumir, si bien de manera no exhaustiva, por lo menos en pocas y simples palabras: porque los gobiernos de todos los colores no han sabido ni manejar ni cuidar el negocio.

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Por muchos años la gasolina en México con pocas variaciones fue barata y abundante. Eso lo pudo hacer el gobierno mientras ganaba votos y, a la vez, perdía dinero. Hasta el sexenio de Calderón la ecuación costo-beneficio favoreció la popularidad política contra la hacienda pública.

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Se cobró más dinero, no para reinvertir en Pemex, sino para sostener un gobierno caro y malo, nuestros gobiernos caros y malos. Por muchas décadas, la lógica de los que manejan a Pemex –muy particularmente la Secretaría de Hacienda—ha sido la siguiente: no hay que invertir en refinación porque es una coladera de dinero, por ineficiencia y corrupción. Entonces, en lugar de eliminar la ineficiencia y la corrupción, dejaron que la refinación en México se cayera a pedazos.

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Hoy vivimos las consecuencias de la visión muy errónea de una estela muy larga de gobiernos que no han visto el suministro de gasolinas, no como una prestación política, ni para fondear lo público, sino como un buen negocio, digno de ser defendido con las garras del dueño más celoso de su patrimonio.

“Lo que es de todos no es de nadie.” Así decía un profesor de economía muy básica de la Escuela Libre de Derecho. Y sí, a veces los enunciados más simplistas son los que verdades contienen. La óptica de que es inmoral ver el suministro de gasolina como un negocio nos ha dejado sin ella. Los únicos que la han visto como un gran negocio son sus ladrones. Mayor ironía, imposible.

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