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Nuestras Historias

Forjando un mundo seguro para todos

Es grave cuando alguien cree que las personas están en el derecho de no simpatizar con la comunidad LGBT+, opina Jorge Guevara.
jue 08 agosto 2019 12:00 PM
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Elementos de la policía desfilaron en la Marcha del Orgullo Gay en Nueva York.

(Expansión) - Haber tenido la oportunidad de visitar Nueva York el fin de semana que se celebró el World Pride 2019 fue una experiencia única e inigualable que estoy seguro atesoraré muchos años por delante. Y es que más allá del ambiente festivo que imperó durante esos días en Manhattan fueron las emociones y los sentimientos que rodearon mi experiencia de celebración por los 50 años de Stonewall lo que me llevó a muchas reflexiones acerca del antes y después de aquellos acontecimientos históricos.

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En lo personal puedo decir que viví dos momentos que considero los más significativos de esos días: encontrarme con la plaza del Rockefeller Center llena de banderas del orgullo gay reemplazando por unos días a las tradicionales de todos los países (una imagen que años atrás hubiera considerado imposible), y ver desfilar entre cientos de contingentes a la policía de esa ciudad. Sí, esa misma que cinco décadas atrás trató de reprimir a los clientes del icónico bar pero que se encontró por vez primera con la resistencia de la comunidad gay.

Un mes después de la celebración, ¿qué sigue? ¿terminó nuestra labor? ¿Se trataba de festejar y ya? Pues no.

Hace unos días me tocó asistir a una reunión de representantes de empresas que comparten experiencias y aprendizajes acerca de la diversidad y la inclusión. Entre muchas de las cosas que ahí se discutieron hubo un comentario que resonó por algunos días en mi cabeza hasta que logré descifrar por qué me molestó tanto. Fue algo así como: “…también debemos entender que quienes no simpaticen con la comunidad LGBT+ están en su derecho y debemos respetarlos. Eso es también diversidad”. ¿Es esto cierto? ¿Eso forma parte de la diversidad? En mi opinión, no.

¿Se imaginan? ¿qué creen que vaya a pasar cuando esa persona que se siente con el derecho de no respetar ni aceptar las diferencias de los demás llegue a una posición de poder, ya sea en el gobierno, en la empresa, en la comunidad o en cualquier otra organización? Estamos aquí hablando de que alguien a quien se le deje pasar con su intolerancia el día de mañana puede ser el gobernante que detenga los derechos de las minorías y en un caso extremo hasta decida perseguirlas.

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Estamos hablando del líder en el trabajo que emprenderá cacerías de brujas o creará ambientes hostiles para los empleados con los que no concuerde; o el padre o la madre que instruya a sus hijos en contra de otros niños que provienen de familias no tradicionales, o aún peor, que le diga a sus propios hijos que prefiere verlos muertos antes que gays o lesbianas.

Estoy seguro de que ese será el momento en el que quienes hoy defienden que eso también es diversidad desearán haber pensado y actuado diferente.

No, la diversidad, la tolerancia, el respeto y los derechos de cada ser humano son valores no negociables, y todas las personas que nos identificamos con una minoría o con alguna característica distinta a lo que en algún tiempo se acuñó bajo el constructo social de “normal” tenemos la responsabilidad de mantenernos incansablemente educando a otros, eso sí con respeto y tolerancia, acerca de la imperante necesidad de forjar un mundo seguro para todos. Un mundo que desde el inicio de los tiempos es diverso pero que se rehúsa a ser completamente inclusivo.

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Aceptar que la diversidad también está compuesta por la intolerancia hacia la comunidad LGBT+ proviene de una forma de pensar lamentable, que se basa en sentimientos de culpa y se forja desde una posición de ciudadano de segunda.

Es como dar la razón acerca de que pertenecer a la comunidad LGBT+ es una opción que tomamos, un camino que escogemos y no una característica con la que nacemos. Decir que merecemos no ser aceptados por todas las personas es un pensamiento erróneo que permea de una manera tan sutil que ni siquiera es identificado por todos los que han han vivido bajo identidades estigmatizadas, y que, sin quererlo, ayudan a consolidar las mismas ideas que dicen estar combatiendo.

A un mes de la celebración, la mayoría de las banderas del orgullo gay se han ido a descansar por un tiempo, pero eso no significa que también guardemos con éstas los esfuerzos para erradicar el odio, las creencias y los mitos que siguen siendo aceptados sin racional alguno. La labor debe continuar en todos los aspectos de influencia de nuestras vidas, en nuestros trabajos, entre nuestros amigos y con las familias, para asegurar que cuando vuelva a llegar junio, la fiesta pueda continuar.

LGBT: avances y retrocesos | #QueAlguienMeExplique

Nota del editor: Jorge Guevara es Vicepresidente de Comunicación para América Latina de American Express y activista en contra del estigma y la discriminación hacia todo tipo de minorías. Puedes contactarlo en jorge.guevara@aexp.com. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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