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COP26, entre la espada (cambio climático) y la pared (economía)

La industria no es el único sector que contribuye de forma significativa al calentamiento global, de hecho, básicamente cualquier actividad humana, señala Ángel Huerta.
vie 12 noviembre 2021 12:00 AM

(Expansión) - Tras terminar la Cumbre del G20, la atención internacional volteó a la 26ª Conferencia de las Naciones Unidad sobre el Cambio Climático, también llamada COP26, que se celebra en la ciudad de Glaslow, en Escocia (esta columna se escribió durante la cumbre).

Si bien durante los últimos años, el calentamiento global, la pérdida de la biodiversidad, y en general los temas relacionados a problemas medioambientales, han cobrado mucha relevancia, la edición de esta conferencia ha sido particularmente importante por la gravedad de algunos de esos problemas.

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Se espera que se discutan propuestas y que se alcancen acuerdos y compromisos internacionales, entre diferentes sectores para mitigar el cambio climático, en especial sobre la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero que, según la opinión de los científicos, es la principal causa humana detrás del calentamiento.

Para ponerlo en perspectiva, la Agencia Internacional de Energía estima que durante 2021 las emisiones globales de CO2 registrarían su segundo incremento más elevado desde que se tiene registro.

Aquí se encuentra el primer gran obstáculo. Pese a que muchas economías están experimentando una terciarización (mayor preponderancia de los servicios en la actividad económica), el motor de muchas de ellas, China e India entre ellas, sigue siendo la industria, sector que requiere mucha energía para operar y, por lo tanto, uno de los que más contamina.

Pese al progreso de energías menos contaminantes, la energía sigue siendo insuficiente para las exigencias del ritmo de producción y consumo mundial, por lo que reemplazarlas, unas por otras tajantemente, resulta prácticamente imposible en los próximos 10 años.

Pero la industria no es el único sector que contribuye de forma significativa al calentamiento global, de hecho, básicamente cualquier actividad humana, contribuye de una u otra forma.

El sector servicios, especialmente el transporte, tanto de pasajeros como de mercancías, también depende del consumo de energía fósil para operar. En cuanto al sector primario, las emisiones provienen de la producción de carne y la ganadería, y su impacto medioambiental se potencia con los monocultivos y la deforestación deliberada para crear nuevos espacios cultivables.

En fin, ejemplos del impacto ambiental que tienen las actividades humanas de producción y consumo hay muchos, y a primera vista la solución parece ser obvia: si no prohibir, al menos limitar estas actividades. Pero no es así de sencillo.

El dilema es el siguiente: la urgencia del cambio climático exige que se limite la emisión de gases de efecto invernadero provenientes de esas actividades, pero a su vez, la economía mundial, que recién se recupera de los estragos de la pandemia, necesita de un ritmo acelerado de producción para satisfacer la demanda dinámica de una población en constante crecimiento, la cual necesita de energía contaminante, ya que por el momento es imposible de reemplazar con otro tipo de energías.

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Si se opta en darle prioridad a la emergencia climática, que es el propósito de la COP26, no bastará con sólo una acción, sino un conjunto de ellas y de forma simultánea. De entre todas las esferas de la actividad humana donde se deben tomar dichas medidas destacan dos en particular, por ser las principales fuentes de contaminación y por ser económicamente más desafiantes: la energía y el transporte.

Otro obstáculo que frena las voluntades políticas para alcanzar acuerdos es que los beneficios del combate al cambio climático son visibles a muy largo plazo: las inversiones que se hagan hoy, en paneles solares, por ejemplo, tardarían mucho tiempo en reemplazar la matriz energética mundial.

Además, la economía global está tan especializada, y todos sus participantes están tan entrelazados, que es imposible imponer restricciones a un sector sin que se afecten otros más. Por ejemplo, si se elevan los precios al carbono a los máximos posibles, ese impuesto a los productores contagiaría los costos de otras industrias y, a su vez, también se encarecerían muchos productos de consumo final. Este es un ejemplo de ineficiencia en términos de Pareto.

En cualquier caso, se deben tomar medidas, a pesar de lo difícil que puedan llegar a ser, pues la inacción y el statu quo tendrían consecuencias aún peores, tanto para el medio ambiente como para la economía. Al final, si se postergan esas medidas hoy por lo difícil que puedan llegar a ser -y por evitar el costo económico-, mañana, las consecuencias y los costos económicos podrían ser peores.

Nota del editor: Ángel Huerta es analista económico de Grupo Financiero Bx+. Es economista y aprendiz de matemático. Le gustan los tacos, la música clásica, y las discusiones académicas sobre crecimiento económico y desarrollo social. Tuitea, luego existe en @aiihmonzalvo . Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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