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La pandemia que no se ve

Es poco lo que sabemos sobre las enfermedades mentales o emocionales y también es muy poco lo que se hace para atenderlas, considera Jimena Cándano.
mar 22 febrero 2022 12:00 AM
La salud mental en hombres es un tema que tendemos a descuidar. Esto tiene que cambiar.
Las personas sabemos tan poco sobre las enfermedades mentales que solemos tardar mucho tiempo en buscar apoyo, considera Jimena Cándano.

(Expansión) - En La historia sin fin de Michael Ende, “la nada” va destruyendo Fantasía porque la humanidad ya no sueña ni imagina, y aunque existen varias interpretaciones del texto, en esta ocasión me gustaría asemejar “la nada” a la pandemia de salud mental. Estas enfermedades que existen pero no queremos ver, las que nos roban los sueños, la imaginación, la paz, la felicidad y, sin duda, la salud física.

Hablemos de esta nube que no se ve a simple vista pero poco a poco va destruyendo a millones de personas. Esta “nada” que gobiernos y sociedades hemos dejado que crezca sin quererla afrontar y ha llegado incluso a niveles que será difícil dar marcha atrás.

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Es poco lo que sabemos sobre las enfermedades mentales o emocionales y también es muy poco lo que se hace para atenderlas. Sobre todo, son poco reconocidas y en muchos casos estigmatizadas. Es más frecuente escuchar sobre una gripe, que decir abiertamente que una persona está en tratamiento por depresión o esquizofrenia.

Y aunque hemos avanzado en la aceptación de estos padecimientos durante las últimas décadas, aún falta mucho para poder ayudar completamente a quienes los padecen.

Como en todos los casos, existe un amplio espectro de enfermedades de salud mental; algunas que requieren terapia y otras donde el diagnóstico psiquiátrico y médico son indispensables. Pero en general, las personas sabemos tan poco al respecto que solemos tardar mucho tiempo en buscar apoyo y para las situaciones más complejas obtener recursos que ayuden a atenderse a tiempo.

Por ende, es importante señalar que si hubiera más información sobre la detección temprana de estas enfermedades podrían reducirse sus efectos y daños de forma considerable en la sociedad, pues las mejoras aplican tanto para la persona como para quienes la rodean.

Lamentablemente, la salud mental no ha sido considerada una prioridad en nuestro país. A nivel nacional, las autoridades de salud pública tienen en abandono la procuración de estas enfermedades. Y si desde antes el escenario era crítico, por la contingencia sanitaria de COVID-19 se complicó aún más esta situación, sin embargo también ha servido para visibilizar esta problemática.

Por ejemplo, en el artículo publicado en “The Lancet Regional Health” titulado “Fortalecimiento de las respuestas de salud mental al COVID-19 en las Américas: análisis y recomendaciones de políticas de salud” por Amy Tausch, Renato Oliveira, Carmen Martínez, Anselm JM Hennis, Jarbas Barbosa y Claudina Cayetano se mencionó que una de cada cuatro personas en todo el mundo experimentará una condición de salud mental en su vida a causa de la pandemia.

Pero, aún peor, es saber que debido a esto más de tres millones de personas al año morirán como resultado del consumo nocivo de alcohol y al menos casi un millón perderán la vida por suicidio. De este tamaño es el problema a nivel mundial que se está enfrentando.

Aunque eso no es todo, dado que también se estimó en ese artículo que para el año 2030, la salud mental le costará a la economía mundial un aproximado de 16 billones de dólares.

Eso sin contar además los daños neurológicos que la misma infección por COVID-19 generó en las personas que han dado positivo. Pues en el mismo estudio se sugiere que las personas infectadas y en recuperación están experimentando un mayor número de problemas de salud mental.

Inclusive, en personas sin antecedentes psiquiátricos previos, un diagnóstico de COVID-19 se asoció con una mayor incidencia de un primer diagnóstico psiquiátrico en los siguientes 14 a 90 días, en comparación con otros seis eventos de salud. Cabe mencionar que las tasas de incidencia fueron más altas para los trastornos de ansiedad, insomnio y demencia.

También, la incidencia estimada de un diagnóstico neurológico o psiquiátrico en los siguientes seis meses después de la infección por COVID-19 fue del 33.62%, siendo el 12.84% los que recibieron su primer diagnóstico de este tipo.

Entonces, ¿qué está sucediendo con la salud mental de las personas en pandemia? Este estado de crisis en el que vivimos, con cierres generalizados en varios países, los cuales se sabe que ya ocasionan problemas de ansiedad y depresión y están provocando un alza en el consumo de alcohol, drogas y la incitación a pensamientos suicidas.

 

En fin, una larga lista de trastornos que se han incrementado a partir de vivir en un estado constante de emergencia, con un alto aislamiento donde millones de personas han perdido su trabajo, negocios, ingresos y lo más importante a sus familiares.

Es importante indicar justo aquí que, probablemente, uno de los principales efectos secundarios del COVID-19 en al menos un tercio de la población infectada serán los problemas de salud mental, aumentando la cifra de personas bajo estas condiciones.

Pero más allá de considerar a la salud mental como una prioridad, pensemos que se lo debemos a las millones de personas que han sufrido en silencio alguno de estos padecimientos, sin dejar de tomar en cuenta a los que se van sumando y poder ofrecer ayuda profesional para tratarlas como se debe. Porque sin duda, esta pandemia invisible se prevé para los próximos años, y es probable que genere una de las mayores discapacidades.

Así que tenemos una deuda histórica como sociedad para visibilizar estos síntomas y apoyar a las personas que las sufren. En tanto que el gobierno también propicie la creación de políticas públicas y en materia de salud que atiendan y resuelvan el problema. Tomemos reflexión que “la nada” nos está ganando y estamos en una carrera contra el tiempo que no nos podemos dar el lujo de perder.

Nota del editor: Jimena Cándano estudió la licenciatura de Derecho en la Universidad Iberoamericana. Obtuvo el grado de Maestría en Administración Pública con enfoque en Desarrollo Comunitario y Transformación Social en la Universidad de Nueva York. Actualmente es la Directora Ejecutiva de la Fundación Reintegra. Síguela en Twitter y en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

 
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