El panorama monetario internacional no puede ser más complejo, y al tiempo interesante. Se han venido conformando situaciones que ya habrían emergido en el pasado, pero nunca, más de dos de ellas al mismo tiempo. Ahora veremos espectaculares lances monetarios desde los órganos de gobierno de los bancos centrales. Es cierto que, dada la inconmensurable ignorancia de López Obrador en materia financiera, éste jamás entendió que la artificial fortaleza del peso se tradujo en una constante pérdida de competitividad en las exportaciones, y, por tanto, en afectación al aparato productivo. Creció el sector por eficiencia de los empresarios, no por eficiencia del gobierno o del marco legal, sino a pesar de éste.
Tampoco el tabasqueño pudo advertir que la oferta de dólares fue distorsionada por un torrente incontrolable de divisas procedentes del norte, cuyo origen es aún incierto. Fue, además, incapaz de advertir que la política de pleno empleo promovida ya hace varios años, desde Washington, fue la efectiva impulsora de un “peso fuerte”, habiendo adoptado el gobierno de tal potencia aquella estrategia que Japón empleara en el siglo pasado. La debilidad en el tipo, como ariete comercial.
No lo digo ahora, hace ya años señale que la Fed había encontrado en las remesas un regulador del tipo de cambio, que permitía no sólo el controlar un factor determinante de la paridad (dado que es bien sabido que se trata de nuestro principal ingreso) sino que, también, permite al vecino brindar, suspender, o de plano suprimir, condiciones de viabilidad financiera a todo un país, teniendo así, un poderoso instrumento de dominación, casi imperial, a partir de fondos que no salen del tesoro. Para el regulador financiero, siempre será mejor que ese dinero sospechoso salga del país, y no ensucie los balances propios. La estrategia ha sido implementada de manera magistral.
El número de empleos ha venido aumentando allá, desde que se adoptó el modelo que encarece la importación, al tiempo de favorecer el entorno de recuperación de la inversión local en la industria y el comercio, sin embargo, el proceso ha sido lento e insuficiente. Por ello Trump ha decidido meterle velocidad al tema.
Resulta irrelevante si el TLC o T-MEC están bien, o mal escritos, lo importante es que la situación de la economía americana es incompatible con la apertura comercial, por lo que sólo se ha estado alargando la agonía de tales acuerdos. Escuchar a los autonombrados expertos, quienes estuvieron circunstancialmente involucrados en la confección de tales instrumentos, es inútil. Por un tiempo, la apertura se aplazará. El mundo cíclicamente regresó al proteccionismo. No será por la vía de la apertura como se beneficiará los intereses mexicanos, el giro que ha dado el mundo demanda nuevos esquemas de integración y de complementariedad. Tenemos que aceptarlo, los aranceles llegarán, y no será el consumidor americano el que los pague, o no al menos completos. Es sólo cuestión tiempo, esa variable determinará que sea el exportador quien asuma el costo. Aplazar la colocación de bienes y servicios no es opción, se exporta o se exporta.
Los anuncios por venir seguramente presionarán el tipo de cambio, lo cual seguirá siendo contrarrestado con cargo a la RAI. Aún tienen canicas, y piensan que es suficiente el enriquecer a los especuladores para evitar un ajuste brusco en el tipo de cambio. En realidad, la Junta de Gobierno del Banco de México sólo alarga la subida al siguiente escalón. Es claro ya que Trump tiene el sartén por el mango, pero se engolosina arrancando concesiones gradualmente, lo que hará hasta donde la ingenua postura de los gobiernos de México y Canadá lo permita.
El objetivo de tipo se fija allá, y no acá, pero lo que ya resulta inmanejable es la tasa de interés, la cual seguirán bajando por razones políticas, cuando todo mundo sabe que los recursos prestables son cada día más escasos, y urgentes. La inflación está imparable, y muy deficientemente medida, siendo producto del uso de malabares conceptuales que no hacen sino ocultar el que hace rato alcanzó el nivel de dos dígitos. El ciudadano promedio lamentablemente no puede pagar en caja con estadísticas y huecos anuncios oficiales. Poco a poco, la falta de credibilidad hará que la medición oficial sea sustituida por otros indicadores confeccionados por el sector privado. Como siempre, los de abajo, están pagando el más injusto de los impuestos.
Ya son muchos tiburones del sector, los que saben que Omar Mejía hizo su Gymboree financiero en el año 2021, esto es, que se trata de un recién egresado en la materia, que cuenta apenas con un par de años de experiencia efectiva en asuntos monetarios. Imagínese, hace dos años era el alumno, no el maestro. Llegó a aprender, no a marcar el derrotero, pero no hay quien, por sus fueros, tome la batuta. El personaje, en lugar de andar haciendo lobbying con los especialistas de la fuente, debería advertir que los agregados monetarios ya no son lo que eran hace 10 años, y que las criptomonedas, así como otros sucedáneos del efectivo están modificando sustancialmente la base, así como que estamos a la deriva en materia de la valuación de ésta. La ciega lealtad, y la fijación de una política monetaria eficiente, son incompatibles.
En tanto, es evidente que la guerra monetaria hace rato comenzó. Ésta nunca se declara, ni mucho menos se negocia. Son abundantes y bien diseñados los ataques monetarios de los BRICS en contra del dólar, recordando aquellos que ocurrieron en 1970, cuando, dolosamente, se reclamó el valor en especie del dólar, sí, Mejía aún no había nacido. En su momento, Nixon apagó el incendio abandonando el patrón oro, así como desconociendo los acuerdos de Bretton Woods. El mercado del oro es materia de observación obligada, ya que ha venido cobrando relevancia su demanda, pero ahora, la defensa de la estabilidad de la moneda, que no su paridad, será defendida con medidas metamonetarias.